5. Cría
A las once de la noche del treinta y uno la ciudad se pone a hacer ruido, y yo me voy con las únicas de esta casa que nunca lo hacen.
Cierro la puerta del cuarto pequeño y el ruido se queda fuera, amortiguado: los petardos sueltos, un villancico tarde en una terraza, la televisión del vecino con el volumen de quien va a estar solo también esta noche y no quiere que se le note.
Somos dos, en este rellano, los que esta noche fingimos hacia dentro que no estamos solos: él con la tele alta, yo con las polillas.
Aquí dentro sólo hay una luz, blanca y fría, la que dejo encendida siempre.
Las polillas van hacia la luz. Si sólo hay una, van hacia esa, y se quedan quietas debajo, como si rezaran a lo único que entienden.
Las tengo desde hace años. Desde antes. Empezó con una caja de capullos que me trajo un colega de un congreso, envueltos en algodón, de contrabando amable, y yo, que me pasaba el día leyendo lo que la muerte hace con la carne, me encontré de pronto con nueve capullos vivos sobre la mesa de la cocina y una razón para levantarme a mirar si había pasado algo bueno durante la noche.
Salió la primera y me pareció imposible que algo así naciera de un caso de trabajo, de un favor de pasillo.
La crié, y la siguiente, y la siguiente.
Entonces era una rareza simpática que contaba en las cenas, y a la gente le parecía bonito que la forense de los bichos de la muerte criara también los de la belleza, como si las dos cosas se compensaran.
Ya no voy a cenas. Pero las polillas siguen, porque una afición no sabe que las cosas han cambiado; sólo sabe que hay que darle de comer, y a mí me viene bien, estos años, tener algo en la casa que dependa de que yo me levante.
Empiezo por lo de siempre, que hoy no es lo de siempre.
En el suelo de la jaula grande hay una hembra muerta.
La que salió primero, hace unos días. Está entera, sin un desperfecto, las alas todavía verdes, las colas largas intactas, los cuatro ocelos mirando el techo de rejilla.
No se murió de nada. Se murió de terminar.
Una Actias luna adulta nace sin boca —esto la gente no se lo cree cuando se lo cuento—: el aparato bucal reducido a un vestigio, sin trompa, sin nada con que comer ni beber.
No está hecha para durar. Sale del capullo ya con la cuenta empezada, con toda la comida que va a tener en la vida almacenada de oruga, gramo a gramo, en las semanas en que sí comía; y con esa despensa cerrada le bastan unos días para lo único que le queda por hacer, que es encontrar a un macho, poner, y apagarse.
Todo lo que tiene que hacer lo hace con las alas y con un olor que suelta al aire para que el macho la encuentre a un kilómetro en la oscuridad.
Ésta lo soltó tres noches. No vino nadie; en el ciclo forzado que yo llevo ahora no me coincidió ningún macho, y ella esperó a un macho que no existía, soltando su olor a un cuarto cerrado, y se murió virgen y llena de huevos que no valen.
Cumplió lo que pudo cumplir. La levanto con las pinzas planas, por el tórax, sin tocarle la escama, y la dejo en la caja de cristal donde guardo a las que se van.
No las tiro. Guardarlas es parte del oficio, y además no sabría dónde se tira una cosa así.
La otra hembra sigue viva, agarrada a la gasa con las seis patas, pero se le nota que le quedan horas.
Bate una vez, despacio, y para. Bate otra.
Le acerco un algodón húmedo por si quiere, aunque sé que no puede: no es hambre lo que la mata, es diseño.
La miro batir. Es lo más bonito que hay en esta casa y está construido para morirse en una semana, y las dos cosas son la misma cosa, y esa es justo la parte que la gente de las cenas no entendía: que la belleza y el poco tiempo no es que vayan juntos, es que son lo mismo mirado de dos maneras.
En el otro cristal, bajo la segunda lámpara, están las que engaño.
Ahí tengo unas cuantas orugas fuera de temporada, en su tercer y cuarto estadio, gordas y verdes sobre unas ramas de nogal que les traigo y les renuevo, porque a la luna le gusta el nogal, y el abedul, y el liquidámbar, y en diciembre no hay hoja de ninguno de los tres, así que las tengo en macetas bajo la luz, forzadas también ellas, un bosque falso de mayo dentro de una casa de enero.
No deberían existir en diciembre. En diciembre no hay orugas de luna en ningún sitio del mundo: el ciclo se cierra en otoño y lo que queda espera en un capullo, enterrado en la hojarasca, a que la tierra vuelva a calentarse y le diga que ya.
Pero yo tengo luz y tengo mando sobre la luz.
Alargo las horas de día con un temporizador, subo el calor un par de grados, y ellas se lo creen.
Comen como en mayo, mudan como en mayo, hilan cuando les toca hilar aunque fuera esté helando y el año se esté acabando al otro lado de la pared.
Se las engaña con una facilidad que da miedo.
Basta con darles una estación que no es la suya y no dudan de ella ni un momento; comen la luz que les pongo delante y no se preguntan de dónde viene ni por qué en el mundo real, al otro lado del cristal, no hay nada de lo que esa luz promete.
A nadie le apetece dudar de la luz que tiene delante. Ni a una oruga ni a nadie.
Reviso las ramas, retiro dos hojas que empiezan a secarse, humedezco con el pulverizador.
Hay tres capullos de invierno en la rejilla de arriba, los de verdad, los que sí esperan a su tiempo, y no los toco: a esos les dejo su calendario.
Los otros, los forzados, van a cuenta mía.
Sé más o menos cuándo van a salir porque el cuándo lo decido yo: cuento los días desde la última muda, vigilo el color del capullo, que se oscurece cuando la de dentro está lista, y con un grado más o un grado menos adelanto o freno la salida como quien afina un reloj.
En esta casa no controlo el cuándo de casi nada. El de ellas, sí.
No pienso más allá de eso. No hace falta.
Hago lo que hago cada vez con una que se muere: le hago una foto.
A la hembra viva, a la que le quedan horas.
Saco el móvil, ajusto para que la luz blanca no la queme de reflejo, y disparo.
Las guardo todas. Tengo años de esto, una hilera larguísima de polillas verdes contra fondos oscuros, cada una con su día y su hora al pie, porque a una foto sin hora, para mí, le falta lo esencial; y de vez en cuando las miro en fila y es como pasar un cementerio muy ordenado, muy mío, cada lápida con su fecha, cada verde un poco distinto del anterior aunque de lejos parezcan la misma polilla repetida ochenta veces.
No es la misma. Ninguna es la misma. Eso también lo aprende quien cría: que lo que se repite nunca es idéntico, que hay que mirar de cerca para ver dónde está la diferencia, y que la diferencia siempre está.
Y esta noche, no sé por qué —quizá porque es la última del año y el año pide cuentas—, deslizo hacia atrás.
Meses. Muchos meses. La fila corre hacia arriba, verde tras verde, invierno tras verano tras invierno, y de pronto hay una foto que no es como las otras.
No es de noche. No es contra un fondo oscuro.
Es una polilla a plena luz de una mañana, sobre algo claro, con el sol de verdad entrando de lado.
Cierro la foto antes de leer la fecha.
Lo hago rápido, con el pulgar, con el mismo tirón con que se retira la mano de algo que está demasiado caliente, y el dorso de la derecha me tira al hacerlo, esa piel pálida que se estira raro.
Bloqueo el móvil. Lo dejo con la pantalla apagada sobre la balda, boca arriba, para no verlo iluminarse si entra algo, y me vuelvo a las orugas, que no piden nada más que hojas y a las que puedo mirar sin que me tire nada.
Fuera, la ciudad sube de volumen.
Faltan minutos para las doce. Lo sé por el ruido, no por reloj: los petardos se juntan, alguien prueba los cohetes antes de tiempo, la televisión del vecino ha pasado de villancico a esa voz de locutor que cuenta el país entero como si fuéramos una sola persona esperando lo mismo.
En algún cajón tengo las uvas de otro año, sin abrir, doce en un vasito de plástico con tapa, compradas por costumbre y guardadas por lo mismo.
No las busco. Hubo Nocheviejas de doce uvas en esta casa, de televisor encendido y de dos copas y de una tercera cosa que no era una copa, más pequeña, que ya dormía a esta hora; pero esas Nocheviejas están en el mismo sitio que la foto, detrás de la misma puerta, y esta noche no abro ninguna de las dos.
Me quedo en el cuarto de la luz. Es el mejor sitio de la casa para que un año se convierta en otro: aquí no cambia nada, aquí siempre es la misma estación inventada.
La hembra viva bate una última vez, muy despacio, y se queda con las alas a medio cerrar, sin terminar de cerrarlas. Espero. No vuelve a batir.
Las campanadas llegan por la pared, doce golpes de bronce que no son para mí, y entre golpe y golpe la ciudad estalla al otro lado del cristal, cohetes y gritos y coches con el claxon, toda esa gente celebrando que el tiempo sigue pasando, que es lo único que hace el tiempo.
Aquí dentro no estalla nada. Aquí hay una luz blanca, tres capullos que esperan su primavera de verdad, unas cuantas orugas que se creen en mayo, dos hembras muertas en su caja de cristal y yo, que soy la única de la habitación que sabe en qué estación estamos de verdad y aun así elijo quedarme en la inventada.
Espero a que la ciudad se canse. Tarda.
Cuando por fin baja el ruido, cojo la bitácora del estante, la abro por la primera hoja del cuaderno nuevo y escribo la fecha nueva con el bolígrafo que uso sólo para ellas. Debajo, lo que hay:
1 de enero. Tres capullos. Ninguna hembra. Las forzadas, bien.
Apago la segunda lámpara, la de las que engaño, para que descansen del mayo que les invento. La otra la dejo encendida, como siempre.
Y salgo del cuarto sin mirar el móvil, que sigue boca arriba en la balda, apagado, con una mañana de sol guardada dentro que no pienso abrir.