Todo lo que florece en la muerte 4. El inspector no cree en asesinos
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4. El inspector no cree en asesinos

La Unidad de Revisión ocupa la tercera planta de un edificio que antes fue de Tráfico, y todavía huele a eso, a expediente de multa y a café de máquina.

La crearon hace año y medio con un nombre largo y un presupuesto corto: revisar los expedientes que en su día se cerraron con dudas, las muertes ambiguas, las que un juez firmó con la mano floja porque no había forma de firmarlas con la mano firme.

Le dieron a Vidal cuatro mesas, un becario que ya se fue, y una fecha de caducidad.

Es una unidad hecha para cerrarse; nació con la orden de morir, como casi todo lo que de verdad importa en una administración.

No es el Instituto. Aquí no me conoce nadie, y por eso puedo venir; en el Instituto tendría que cruzar pasillos donde la gente sabe quién era yo y baja la voz cuando paso, donde alguien diría «pobre Vera» en cuanto doblara la esquina.

Aquí sólo soy la señora de los casos viejos que viene a ver a Vidal.

Vidal me recibe de pie, entre cajas. Hay cajas por todas partes, de cartón beige, apiladas hasta la altura del hombro, cada una con una pegatina y una fecha y un código, y en cada código un muerto que dejó de ser una pregunta para volver a ser un número.

Está vaciando estanterías. Cierra la Unidad el dieciséis y no quiere dejar nada a medias para la auditoría, me dice, mientras retira una silla de encima de un montón de carpetas y me la ofrece con las dos manos, como si la silla también fuera un expediente que hay que entregar en orden.

—Siéntese, doctora. Perdone el desorden. Estamos de mudanza al olvido.

Tiene cincuenta y ocho años y la cara de alguien a quien ya no le queda nada por descubrir sobre la gente.

Se mueve despacio, no por torpeza sino por economía, como quien ha aprendido que casi ninguna prisa merece la pena.

Lo leo mientras se sienta, porque leo a la gente igual que leo a los muertos, sin poder apagarlo: manos grandes de haber trabajado con ellas antes de trabajar con papeles, una alianza en un dedo que ya no cierra del todo sobre el nudillo, la mesa despejada de un hombre que no lleva trabajo a casa porque en casa no hay nadie que le pregunte por él.

Me sirve un café de la máquina sin preguntar si lo quiero, me lo pone delante, se sienta al otro lado de la mesa y junta las manos.

Espera. Es de los que dejan hablar primero al otro, para ver cuánto se gasta.

Me gasto poco. Le pongo delante lo que traigo: las seis, en orden, y la séptima aparte.

La pauta. La Actias luna con las alas abiertas, orientada al norte, en cada una de las seis primeras.

El cuidado con que están colocados los cuerpos: los brazos recogidos, la cara despejada, siempre algo que dice que alguien estuvo.

Le enseño a Concha en su sillón y a Rubén en su cajero y al chico al pie del acantilado, y le explico que no es un tipo de víctima, que no hay patrón de edad ni de sexo ni de barrio, que el patrón es otro: elige a los que se iban a morir solos, a los que nadie iba a coronar, y llega antes que la soledad.

La séptima sin terminar, sin nombre, sin lo suyo.

El calendario que no es el suyo, el dieciséis, sino el de él, que todavía no conozco pero conoceré.

Vidal escucha entero. No me interrumpe, no toma notas, no asiente.

Deja que termine, que me gaste del todo, y sólo cuando me he gastado coge dos de las carpetas —la de Concha y la de Iván, no al azar, las coge por el número, sabe cuál es cuál— y las abre sobre la mesa.

Pasa hojas con el índice, sin leer, buscando algo que ya sabe que no va a encontrar.

—A ver si la sigo —dice—. Esta mariposa suya.

—Da la vuelta a una hoja, y otra—. En el expediente de la señora Vilar no la encuentro.

Ni en el del chico. Miro el acta, miro los indicios, miro las fotos de la comitiva.

No hay ninguna mariposa. —Levanta la vista, sin dureza, casi con pena—.

La mariposa está en sus folios, doctora. En los míos, no.

—Porque la comitiva no la buscó. Una polilla en una escena no se levanta con pinzas; se la lleva la limpieza. Yo aprendí a mirar lo que los demás tiran.

—Puede ser. —Cierra las carpetas—. Puede ser que usted vea lo que los demás tiran.

O puede ser que las cosas que unen a estos siete estén todas del mismo lado de la mesa.

—Se toca el pecho con dos dedos, muy suave, señalándose a sí mismo, y luego me señala a mí con el mismo gesto—.

En el expediente no hay hilo que los cosa.

El hilo lo pone usted. En veintiocho años no he visto nunca un guante que se cosiera solo.

Lo dice sin subir el tono, como quien comenta el tiempo, y antes de que yo conteste ya ha cambiado de sitio: se levanta, va a una de las cajas, saca una botella de agua y me pregunta si prefiero agua al café de la máquina, que es infame, dice, que él ya no lo bebe, que lo pone para las visitas por educación.

Y así, con la botella en la mano, deja la frase donde la ha soltado, sin recogerla, sin defenderla.

No discute conmigo. Ha dicho lo que tenía que decir y ha pasado a otra cosa, como si mi teoría no mereciera pelea, sólo constancia.

Es un hombre limitado. Lo pienso sin rencor.

Es de los que necesitan que el hilo esté escrito en el papel para creer que existe, y los mejores no somos así: nosotros vemos el hilo antes de que nadie lo escriba, y por eso a veces nos toca esperar años a que el mundo nos alcance.

Vidal no va a alcanzarme. No pasa nada. No lo necesito para terminar la séptima; sólo necesito los papeles, y los papeles son suyos hasta el dieciséis.

—Usted lleva veintiocho años —le digo, porque quiero saber contra qué juego— y no cree que ninguno de estos siete tenga a nadie detrás.

—No es que no lo crea. Es que lo he visto demasiadas veces al revés.

—Se apoya en una caja—. La gente necesita un culpable, doctora, como necesita comer.

Un accidente no se puede odiar. Una placa de hielo no se puede meter en la cárcel.

Un corazón que se para un martes no le pide cuentas a nadie, y hay dolores que no se aguantan si no tienen a quién pedírselas.

Así que la cabeza, que es piadosa a su manera, fabrica a quién.

He visto a padres inventarse un asesino antes que aceptar un descuido.

He visto a viudas jurar que hubo mano donde sólo hubo mala suerte.

No los desprecio. Los entiendo. Yo también enterré lo mío queriendo que alguien tuviera la culpa, y no la tenía nadie, y eso fue lo peor: que no la tenía nadie.

No dice qué enterró. No le pregunto. Pero por un momento la lástima que le he visto para mí cambia de dueño, y entiendo que Vidal es amable conmigo no a pesar de no creerme, sino porque no me cree y aun así sabe de dónde viene la que inventa culpables. Lo aparto. Yo no invento nada. Yo leo.

—¿Fue la doctora Belmonte quien le pidió que me dejara mirar los expedientes? —pregunto.

—Fue —dice, y por un momento parece más viejo—.

Me dijo que era usted la mejor entomóloga forense que había pisado este país.

Que había datado muertes que nadie sabía datar, que la habían llamado de fuera, que un juez le debía una condena y otro una absolución.

Lo primero me consta; lo he comprobado, porque un servidor no deja entrar a cualquiera a sus cajas.

Que le vendría bien tener la cabeza ocupada…

—Deja la botella en la mesa, delante de mí, sin insistir en que beba—. Eso ya es asunto de ustedes dos.

Hay algo en cómo lo dice. Una consideración que no le he pedido.

La gente, cuando sabe lo que fui, hace una de dos cosas: baja la voz, o me habla más alto de la cuenta, como a un enfermo.

Vidal no hace ninguna. Me habla como a una colega a la que se respeta y a la que, por alguna razón que no explica, se le tiene lástima.

No me gusta esa lástima. La aparto también.

—Deme hasta el dieciséis —le digo—. Con los originales.

—Los originales no salen de aquí. Puede venir a verlos las veces que quiera hasta que selle la última caja.

—Se apoya en el borde de la mesa—. No la voy a ayudar, doctora.

Que quede claro para que luego no haya malentendidos.

Pero tampoco la voy a echar. Si a usted trabajar en esto le hace bien, por mí puede sentarse ahí hasta el quince por la noche.

El dieciséis se acabó. Todo esto —abarca las cajas con la mano— vuelve al archivo, y a los muertos hay que dejarlos descansar en algún momento, aunque a los vivos nos cueste.

Recojo mis carpetas. Me pongo de pie. Él me acompaña a la puerta con esa lentitud suya, esquivando cajas, y en el umbral, cuando ya me voy, hace la cosa que hacen los que creen que uno no los va a oír porque ya está de espaldas: dice, para él más que para mí, con una voz distinta, más baja:

—Siete niñas y viejos y desgraciados que se murieron cada uno a su manera, y alguien necesita que sea uno solo el que los mató. —Una pausa—. Qué cosa, la cabeza.

No me vuelvo. Bajo las escaleras con las siete bajo el brazo.

En el rellano de la segunda planta, a través del cristal de la puerta de la Unidad, lo veo coger el teléfono fijo de la mesa y marcar, despacio, un número que se sabe de memoria, sin mirar la agenda.

No oigo a quién llama ni qué dice. Estará avisando de una caja, de una firma, de cualquiera de las mil cosas que un hombre así tiene que firmar antes del dieciséis.

Salgo a la calle. Hace el frío seco de finales de diciembre, y en la acera la gente lleva bolsas de rebajas anticipadas y prisa de fin de año, y a ninguno se le ocurre que en una tercera planta a su espalda hay siete cajas esperando volver al olvido, ni que una de ellas tiene dentro un zapato rojo del número veintiuno.

Camino hasta el coche. Antes de arrancar, apunto en la libreta lo único que me llevo de la reunión, y no es nada de lo que Vidal ha dicho: apunto que a Iván, el del acantilado, aún no le he mirado bien la data, y que la data del que cae siempre miente un poco.

Guardo la libreta. Arranco. En la tercera planta, a mi espalda, un hombre que no cree en asesinos sigue hablando por teléfono con alguien que no soy yo.