3. Nuria trae café
El veintinueve de diciembre Nuria empieza a las ocho y doce, como todos los días, con la puntualidad de quien lleva un turno de guardia sin que nadie le pague las horas.
Contesto lo justo. Que he dormido seis horas, que es más de lo que he dormido y menos de lo que ella querría, en el punto donde deja de insistir. Que sí, que las mariposas están en casa, donde van a estar siempre.
No empieces sin mí. Lo leo dos veces, no sé por qué.
Nuria administra mis horas como yo administro las de un cuerpo: por tramos, con margen, sin dejar un hueco sin vigilar.
Aprendió a hacerlo conmigo, en las guardias, cuando yo le enseñaba que un cadáver se lee por tramos y no de un vistazo, que la prisa es el error del aficionado; ahora usa lo que le enseñé para leerme a mí, y no sé si darle las gracias o quitarle las herramientas.
Le contesto que vale. Es más fácil decirle que vale y luego empezar sin ella, que es lo que hago, porque para las doce ya llevo tres horas con la séptima abierta y una lista de lo que le falta.
Hubo un tiempo en que la que llegaba tarde era ella.
Nuria entró en el Instituto de becaria hace doce años, con veintiuno, incapaz de mirar un cuerpo más de tres segundos sin apartar la cara.
La puse a contar larvas conmigo porque contar larvas cura eso, obliga a mirar hasta que el cuerpo deja de ser un horror y pasa a ser un dato, y a los seis meses miraba como miro yo, y al año era mejor que la mayoría de los que llevaban veinte.
La formé entera. Le enseñé todo lo que sé, que era mucho, y ahora ella es la que va a las casas y yo la que se queda en casa, y de todo lo que le enseñé lo único que sigue usando conmigo es la paciencia.
La paciencia con la que se maneja a algo que no quiere ser manejado.
Llega a las doce y diez con dos vasos de cartón y una carpeta bajo el brazo.
Trae el abrigo con una pelusa de hilo verde en la manga, de las jaulas del Instituto, de las suyas; Nuria también cría, se lo enseñé yo, aunque las suyas son de laboratorio, para las prácticas y las demostraciones, y las mías no.
Deja el café en la mesa, en el único hueco que no ocupan las carpetas, y antes de quitarse el abrigo mira la cocina.
No lo disimula bien. Mira si hay un plato usado, una sartén, una miga.
Algo que demuestre que he comido. La cocina no le da nada, y algo se le tensa en la mandíbula, un gesto pequeño que le conozco desde que era becaria y le salían mal las cosas.
—No he comido —le digo, para ahorrarle el rodeo.
—Anda que no —dice, y saca de la carpeta un táper que no había anunciado, porque anunciarlo me habría dado tiempo a decir que no.
Tortilla, todavía tibia, hecha esta mañana antes de las ocho, antes del primer mensaje, lo que quiere decir que decidió traérmela antes incluso de preguntarme si había comido.
La deja delante con un tenedor de plástico—.
Dos bocados y te dejo en paz. Uno por cada mariposa, va.
Como dos bocados. Es más fácil comer dos bocados que discutir por qué no.
Ella se sienta enfrente, con su café, y me mira comer con una atención que en otra persona sería incómoda y en Nuria es sólo Nuria.
Tiene ojeras de auditoría, de días cerrando cajas que no quiere cerrar, sellando con cinta expedientes que se sabe de memoria, mandando al archivo a gente a la que ya nadie va a volver a leer.
Treinta y tres años y la cara de alguien que carga con más de una vida.
Con la suya, que no le veo, porque nunca me habla de la suya; con la mía, que le pesa; y con una tercera que no nombra ninguna de las dos y que está en esta casa aunque no se vea, detrás de una puerta, como un mueble más.
—¿Qué me traes para la 0812? —pregunto.
—Come.
—Ya he comido.
Suelta el aire por la nariz, que es lo más parecido a rendirse que hace, y abre la carpeta.
Antropología, otra vez, con más detalle: el mismo cráneo infantil desde ángulos nuevos, medidas de los huesos largos que quedan, la estimación de la estatura, el mapa de lo que la fauna se llevó.
La ficha odontológica de la niña, ese diagrama de dientes de leche con sus casillas, la que en su día se cruzó con todas las denuncias abiertas y no encajó con ninguna.
Y un listado nuevo: menores desaparecidas en la comunidad y en las limítrofes, de 2019 a 2023, cruzadas por edad y por franja temporal, veintitantos nombres, cada uno una madre en algún sitio.
Es lo que necesito para ponerle nombre. Es lo que necesito, y Nuria lo sabe, porque Nuria siempre sabe lo que necesito antes de que se lo pida, que es la definición de haberme conocido demasiado bien durante demasiado tiempo.
—No prometas nada con esto —dice—. Es un listado, no un milagro.
Y son familias, Vera. Cada nombre de esos es una casa donde alguien no ha vuelto a poner la mesa igual.
Si sale algo, algo de verdad, se lo damos a Vidal y que lo lleve él por su cauce, ¿eh?
Tú no llamas a ninguna de esas madres. Tú no llamas a nadie.
—Yo no llamo a nadie.
—Vera.
—Que no llamo.
Me mira un segundo de más. Después baja la vista al listado y me lo empuja el resto del camino sobre la mesa, y con eso me lo da, aunque una parte de ella preferiría no dármelo.
Las dos cosas a la vez. Es su especialidad, darme lo que le pido temiendo dármelo, y llevo meses viéndola hacer ese gesto —empujar hacia mí un sobre, una carpeta, un listado, con la mano y con la duda al mismo tiempo— sin preguntarme por qué una mujer que me quiere me alimenta con tanto miedo lo que le pido.
Le hablo de la séptima. De que es la única sin terminar, la única sin lo suyo, y de que un hombre así vuelve a terminar lo que deja a medias, y de que el dieciséis es de Vidal pero el calendario es de él.
Nuria escucha. No dice que sí ni dice que no.
No entra. Cuando termino, coge mi vaso de café, comprueba que sigue caliente y me lo acerca, como si lo que yo acabara de decir fuera una manera de tener frío.
—Bébete el café —dice.
Eso es todo lo que dice de la séptima. Y me doy cuenta, sin darle importancia, de que Nuria nunca me lleva la contraria en esto y tampoco me sigue nunca del todo.
Se queda en el borde, con una precisión que no es casual, porque Nuria no hace nada por casualidad; contradecir mi caso me alteraría, seguírmelo lo haría más real, y ella ha encontrado el único sitio donde no hace ninguna de las dos cosas, ese borde estrecho desde el que se sostiene a alguien sin empujarlo ni hacia dentro ni hacia fuera.
Me trae los archivos, me trae la tortilla, me acerca el café, y del asesino no dice una palabra en ningún sentido.
La primera vez que lo pienso lo pienso así, de pasada, y lo dejo pasar: será que no es lo suyo, será que le da miedo, será que está cansada. Bebo el café.
Antes de irse va a saludar a las mariposas. Siempre lo hace. Entra en el cuarto pequeño, en la luz blanca, y se queda un momento delante de las jaulas con las manos en la espalda, como en un museo.
—Dos hembras y tres capullos —dice, en voz baja, más para ella que para mí.
Las cuenta. No es la primera vez que la oigo contarlas.
Dos hembras, tres capullos, lo mismo que anoche, lo mismo que ayer.
Le gusta saber cuántas hay; siempre le ha gustado el orden, por eso fue buena en esto, porque el orden es la mitad del oficio.
Comprueba el higrómetro con un dedo, como haría yo —le enseñé a hacerlo así, con el dorso del dedo, no con la yema—, y ajusta un grado la manta térmica del terrario sin preguntarme, con la confianza de quien conoce estas jaulas casi tanto como las suyas.
—No te las lleves a la calle con este frío —dice, todavía de espaldas—. Se te mueren en nada.
—No tengo por qué llevármelas a la calle.
—Ya. Digo por si acaso. —Se vuelve, y en la cara se le arma algo que empieza como sonrisa y se queda a la mitad, cansado—. Prométeme que se quedan en casa.
—Se quedan en casa, Nuria.
—Vale. —Y se le va parte del peso de los hombros, un poco, como si acabara de guardar algo bajo llave.
Apaga la luz del pasillo al salir del cuarto, para que la suya sea la única, sin que yo se lo diga.
Se acuerda de todo. Se acuerda incluso de las cosas de las que yo no me acuerdo de acordarme, y hay noches en que pienso que si Nuria dejara de acordarse por mí durante una semana, esta casa se apagaría entera y yo con ella.
En la puerta se pone el abrigo con la pelusa verde en la manga.
Recoge los dos vasos vacíos para tirarlos ella, para no dejarme ni esa tarea.
Y entonces se queda un segundo en el umbral con la boca a medio abrir, con una frase puesta en algún sitio que no llega a decir.
La conozco lo suficiente para saber cuándo Nuria tiene algo dentro; se lo vi las primeras veces sobre un cuerpo, cuando algo le removía y se lo tragaba para seguir trabajando.
No lo suelta. Lo que sale, al final, es:
—Descansa hoy, ¿vale? De verdad. Mañana, si eso, sigues.
—Mañana sigo —le digo.
Me mira una vez más, esa mirada que hace inventario de la casa entera —la cocina sin migas, el cuarto de la luz blanca, la puerta que no abro y por delante de la que también ella pasa sin tocarla, con el mismo cuidado con que yo paso— y se va.
Está cansada. Trabaja demasiado. Cierra la auditoría con una mano y me sostiene a mí con la otra, y no sé cuál de las dos cosas le pesa más, y no se lo pregunto, porque a Nuria no se le pregunta por lo que carga; se le deja cargar, que es lo único que la deja seguir de pie a ella.
Vuelvo a la mesa. Al listado. A las columnas de nombres de niñas que un día faltaron y que alguien, en algún sitio, todavía echa de menos.
Veintitantos nombres, veintitantas edades, veintitantas fechas del día en que una madre dijo no está .
Los leo despacio, uno por uno, buscando una de dos años, buscando la mía entre las de todas.
Empiezo por arriba. Alguna de estas es la mía.