2. La firma
Para ponerle nombre a la séptima primero tengo que entender la firma, y la firma la entiendo mejor en la tercera. Así que el veintiocho de diciembre, por la mañana, no saco a la niña sin nombre. Saco a Concha.
Me acuerdo de la de Concha. Uno no se acuerda de todas; se acuerda de algunas, sin elegir cuáles, y de Concha me acuerdo entera.
Fue un martes. Me llamaron a media mañana; había un aviso de la Policía Local, una vecina que se había quejado del olor en el rellano y de que la señora de la planta baja no recogía el correo desde hacía una semana.
Cuando llegué, la comitiva judicial ya estaba, el forense de guardia, dos de la científica, el olor saliendo por la puerta entornada hasta el portal.
El olor, primero, que es lo que uno recuerda de esas casas aunque no quiera: dulce y espeso, un olor que se mete en la ropa y en el pelo y que no se va con una ducha, que hay que dormir para que se vaya.
Me puse el mono, las calzas, la mascarilla que no sirve para el olor porque el olor no lo para nada, y entré.
Una planta baja de las de antes: la persiana medio bajada, la luz de septiembre entrando en franjas por las lamas, el polvo suspendido en las franjas.
Concha en el sillón orejero, junto a la ventana, con la cabeza caída hacia el lado del corazón, como si en el último momento hubiera querido apoyarla en algo y no hubiera encontrado nada.
La casa contaba su semana sin ella mejor que ningún testigo.
En la mesa del recibidor, siete días de correo: propaganda, un recibo, la revista de la parroquia.
En la cocina, dos cartones de leche abiertos, uno agrio y otro peor.
El pastillero de los días de la semana, ese de compartimentos, con las casillas del miércoles en adelante llenas —la del martes vacía, la del miércoles llena—, y eso, el pastillero, me dio la fecha antes que los insectos: dejó de tomarse las pastillas un miércoles.
Los insectos, después, dijeron lo mismo.
Hice lo que hago. Antes de tocar nada, conté.
Levanté con la pinza las larvas mayores de tres puntos del cuerpo, las metí en alcohol en sus viales, etiqueté cada vial con mi letra — C.
vicina, L3, dorsal , ese fue el del pecho—, aparté una muestra viva para criarla y confirmar la especie.
La segunda generación de moscardas ya había empezado; las larvas iban por el tercer estadio, gordas, las mayores pasando de los diecisiete milímetros.
Pedí al observatorio la temperatura media de aquella semana de septiembre, la crucé con la tabla de desarrollo de la vicina, resté.
Seis días de colonización. La muerte caía el diecinueve, el día siguiente al de la panadería, donde compró media barra el dieciocho por la tarde.
La panadera fue la última persona que le habló a Concha Vilar. Media barra.
Nadie la echó de menos en seis días. Eso también lo escribí, en el margen del borrador, con lápiz: nadie la buscó en seis días .
Y luego lo borré, porque en un informe no caben esas cosas, porque un informe da una hora y no da una opinión sobre el mundo, y el mundo que deja morir a una mujer en un sillón y tarda seis días en olerla no es asunto de la entomología forense.
Lo borré bien, pasé el dedo por encima para que no quedara la marca del lápiz.
Pero yo lo había escrito, y lo que una escribe una vez no se borra del todo aunque se borre del papel.
Aquella tarde volví a casa y me duché dos veces y aun así cené con el olor puesto. Aquella tarde todavía tenía una casa a la que volver que era una casa, y no esto. Pero eso es otra cosa, y a esa cosa no voy.
Muerte natural. Un corazón de ochenta y un años que se para un miércoles por la tarde mientras su dueña mira la calle. No hay nada más limpio. No hay nada más suyo.
Por eso la eligió.
Un corazón que se para no deja preguntas.
Es la coartada perfecta, y él lo sabe: no necesita hacer nada, sólo encontrar a alguien que ya se está muriendo por dentro y estar ahí cuando ocurre, para colocarla bien.
No la mató. Nunca mata, en el sentido en que un juez entiende matar; sólo estuvo, y esperó, y a lo que quedó le dio una forma que no daba miedo.
Y Concha estaba bien colocada. Los brazos no caídos de cualquier manera, sino sobre el regazo.
La cabeza hacia la ventana, hacia la luz.
Y en la almohada que alguien le había puesto en el respaldo, para que la nuca no se venciera, la Actias luna con las alas abiertas, verde contra el paño blanco, orientada al norte como todas.
La dejó así para que la encontráramos. No para esconderla: para entregárnosla.
Un cuerpo que lleva seis días solo y aun así conserva la dignidad de estar bien sentado y coronado.
Es su forma de decir que él sí estuvo, que a él no se le pasan seis días, que hubo alguien que no la dejó ser sólo un olor en un rellano.
Es la firma perfeccionada. En Amelia todavía era torpe; en Concha ya es él del todo.
Paso las fotografías del expediente. Las oficiales, las que hizo la científica aquella mañana de septiembre, numeradas, con su regla y su cartelito. El sillón. La ventana. El pastillero. El plano de detalle de la almohada blanca contra la madera oscura del respaldo.
Me detengo en esa. La almohada.
El informe no la menciona. En la relación de indicios no consta ningún lepidóptero, ni ala ni exuvia, igual que en la séptima.
La comitiva no lo apuntó. Yo no lo apunté.
Repaso mi propio informe entomológico de 2018 línea por línea, mi letra de entonces, y no hay una sola palabra sobre una mariposa; hay moscas, hay grados-hora, hay una data limpia, y ni una mariposa.
No es raro. En 2018 nadie miraba una polilla en una casa como se mira un dato.
Una mariposa entra por una ventana en septiembre y se posa donde le da la gana y se muere, y nadie la levanta con pinzas ni la fotografía con testigo métrico.
Yo tampoco, entonces. Yo contaba moscas.
Las moscas dan la hora; una mariposa no data nada, no coloniza, no sirve para nada que quepa en un informe.
Aprendí a mirarla después. Aprendí a mirarla cuando entendí que precisamente por eso —porque no sirve para nada forense— sólo puede estar ahí por una razón que no es forense.
Él lo sabía antes que yo. Puso la firma donde sabía que nadie la buscaría, en el único sitio de una escena donde una entomóloga aparta la vista.
Me llevo dos dedos a la muñeca. Noventa y dos. Bajo por la nariz a ochenta y cuatro. Es la casa, que está a diecisiete y no a dieciocho; corrijo la calefacción y sigo.
Nuria llama a mediodía. No escribe: llama, que es su manera de comprobar que respiro, porque un mensaje se puede contestar con una mano y una mentira y una voz no.
—¿Qué haces? —dice.
—Reviso a Concha.
Silencio breve, del tamaño de una decisión.
—Quedamos en que la séptima —dice, con cuidado, como quien recoloca un objeto delicado sin que se note que lo recoloca—. La 0812. La de Vidal.
—Para la séptima necesito la tercera.
—Ya. —La oigo respirar. La oigo también, de fondo, el eco de un pasillo, gente, el Instituto; me llama desde el trabajo, en un descanso que no se está tomando—. Vera, ¿has salido hoy de casa?
—Voy a salir.
—No es verdad.
No es verdad. Miro las carpetas en fila, la de Concha abierta por la almohada, la libreta con el bolígrafo encima, y le digo que esta tarde bajo a por pan, que necesito pan de todas formas.
Le doy una tarea concreta, de esas que la dejan tranquila: comprar pan, salir a la calle, comportarme como alguien que descansa.
Ella se queda con eso, porque necesita quedarse con algo para poder colgar y volver a su trabajo sin la cabeza en mi casa.
Antes de colgar me dice que no lea a Concha de noche, que la de Concha es de las que pesan, y yo le digo que no, que sólo de día, y las dos sabemos que le miento y las dos hacemos como que no.
Cuelgo. Vuelvo a la almohada blanca.
Concha murió sola y tardaron seis días en buscarla.
Esa es la parte que el informe no dice porque no cabe, la que borré con lápiz.
Un corazón que se para no es lo peor que le pasó a Concha Vilar.
Lo peor es que el mundo siguió seis días sin notar el hueco: la panadera le guardó la media barra dos días y luego dejó de guardársela, la parroquia le mandó la revista, el cartero le metió el recibo, y ninguno de ellos, que la vieron faltar, entendió que faltar es a veces la única noticia que da alguien de que se ha muerto.
Por eso él la coronó. Por eso, cuando la encontramos, lo primero no fue el olor ni la cabeza vencida: fue la mariposa. Alguien había estado. Alguien la había mirado. A su manera espantosa, alguien se ocupó de que no estuviera del todo sola.
Lo entiendo. Es todo lo que le concedo, y se lo concedo entero: lo entiendo.
Cierro la carpeta de Concha. Devuelvo la tercera a su sitio en la caja y saco, por fin, la séptima.
La niña de dos años sin nombre, sin mariposa, sin nadie que tardara seis días en echarla de menos porque nadie sabe todavía que falta.
Concha, al menos, tenía una panadera. La séptima no tiene ni eso; la séptima estuvo dos años en un talud y el mundo no notó ningún hueco, porque para notar un hueco hace falta que alguien haya estado antes en ese sitio, y de la séptima nadie sabe si estuvo.
A esa no la coronó. A esa la dejó sin terminar.
Voy a terminar lo que él empezó. Voy a ponerle el nombre y voy a ponerle lo suyo.
Cojo el bolígrafo. Fuera, en la calle, es de día y hay gente comprando pan, y aquí dentro son las tres de la tarde y no oigo ningún aleteo, y eso también lo anoto, sin saber por qué lo anoto: hoy, nada .