Todo lo que florece en la muerte 1. Séptima #2
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1. Séptima #2

Y me llevo dos dedos a la muñeca izquierda sin darme cuenta de que lo hago, hasta que ya lo estoy haciendo. Ochenta y ocho. Bien. No es nada.

Me levanto a por agua. La casa está a oscuras salvo el cono de la lámpara sobre la mesa, y hago el camino de siempre hasta la cocina, que pasa por delante de la puerta que no abro.

No la abro. Es de esas cosas que uno decide una vez y ya no vuelve a decidir; simplemente el brazo no se levanta hacia el pomo, igual que no se mete la mano en el fuego.

El dorso de la mano derecha me tira un poco al pasar, esa piel pálida que se estira raro con el frío.

No la miro. Hay una geografía de esta casa que recorro sin encender la luz y sin mirar del todo: la puerta a la izquierda, tres pasos, la baldosa que baila, el quicio de la cocina.

Bebo el agua de pie, en la cocina, mirando el reflejo negro de la ventana, mi propia silueta recortada contra la noche y detrás, difuminada, la casa entera reflejada al revés, con su puerta cerrada también reflejada, también sin abrirse. Vuelvo.

Antes de sentarme abro, un momento, la puerta del cuarto pequeño, el que sí abro.

Ahí hay luz. Una luz suave, de un blanco lunar, que dejo encendida las veinticuatro horas porque ellas la necesitan.

Es el cuarto que fue trastero y ahora es de ellas: dos mesas, las jaulas de gasa, el terrario grande con su manta térmica, las cajas de eclosión, los botes de hojas.

Huele a vegetal machacado y a un fondo dulzón de escamas.

En las jaulas, contra la gasa, hay tres capullos de invierno y dos hembras recién salidas que abren y cierran las alas muy despacio, como quien respira.

No comen. No pueden: nacen sin boca, con el aparato bucal reducido a nada, hechas sólo para durar unos días, encontrarse y morir.

Todo lo que tienen que hacer lo hacen con esas alas, y lo hacen bien, y se apagan.

Compruebo la temperatura del terrario —veintiuno— y el higrómetro, retiro una hoja que empieza a secarse, y apago la luz general del pasillo para que la suya sea la única.

Van hacia la luz. Siempre van hacia la única luz que haya; es lo primero que aprende quien las cría, que no hay que darles dos, que con dos se vuelven locas, que a una polilla se la gobierna dándole una sola cosa hacia la que ir.

Cierro esa puerta con cuidado y vuelvo a la mesa. Al séptimo expediente. A la niña de dos años sin nombre a la que le falta lo suyo, y al zapato rojo del pie derecho, número veintiuno, que sigo sin poder dejar de ver aunque he cerrado la carpeta por esa página.

El móvil se ilumina a la una menos cuarto. Nuria.

¿Estás despierta? No hace falta que contestes. Solo dime que has comido algo hoy.

Escribo que sí, que he comido. Es mentira administrativa, del tamaño exacto que la deja tranquila.

La verdad es que hoy he comido una manzana y medio yogur y no me acuerdo de más, pero la verdad no cabe en un mensaje que pretende dejar dormir a alguien, y Nuria quiere dormir, o quiere querer dormir, que no es lo mismo.

Tarda en aparecer el segundo mensaje, el tiempo justo para que yo sepa que lo está pensando, que lo escribe y lo borra y lo vuelve a escribir.

El sobre que te dejé. ¿Lo has abierto ya o lo has guardado como te dije?

Miro las ciento cuarenta páginas abiertas sobre la mesa, las seis carpetas en fila, la libreta con el bolígrafo encima, los guantes de látex arrugados como dos manos vacías.

Lo he guardado —escribo—. Mañana.

Bien —responde—. No lo abras de noche, Vera. De noche no.

No pregunto por qué de noche no. Con Nuria hay preguntas que no se hacen porque la respuesta la conozco: se preocupa, le parece que de noche estas cosas pesan más, cree que si administra bien las horas administrará bien el daño.

Reparte mi vida en tramos como se reparte la medicación de un enfermo, una dosis por la mañana, otra al mediodía, nada de noche, y lo hace con la seguridad de quien ha aprendido, en carne propia, lo que cuesta llegar tarde a algo por un minuto.

La dejo cuidar. Es su manera de estar en paz, y yo no soy quién para quitarle a nadie lo poco que lo deja en paz.

Le escribo que duerma, que mañana hablamos, que gracias.

Ella manda un corazón, que es su manera de cerrar la puerta con llave por fuera, convencida de que me deja a salvo dentro.

Dejo el móvil boca abajo.

La unidad de Vidal cierra el dieciséis de enero.

Es un plazo administrativo, una auditoría, cajas que se sellan y expedientes que vuelven al archivo general, donde ya no los mira nadie porque el archivo general es el sitio al que van las cosas para dejar de ser miradas.

Después del dieciséis, estos siete dejan de existir salvo como una referencia en un índice.

Amelia vuelve a ser un ahogamiento de hace nueve años.

Concha, un corazón que se paró en septiembre.

Rubén, una noche de febrero con la mínima en seis bajo cero.

La niña sin nombre vuelve a ser hojarasca, y el zapato rojo vuelve a una bolsa de pruebas con una etiqueta, y nadie volverá a fotografiar la flor de plástico con una regla numerada al lado, que es lo más parecido a un entierro que va a tener.

Diecinueve días.

No es mucho para terminar lo que él dejó a medias.

Aunque, si lo pienso bien, y lo pienso, el plazo no es mío contra el archivo.

El plazo es de él. Un hombre metódico tiene un calendario, y su calendario no lo dicta la auditoría de Vidal.

Lo dicta algo suyo, una fecha que le importa a él y que yo todavía no conozco.

Lo sabré. Es lo que hago: cojo lo que un cuerpo calla y lo convierto en una hora, y a un hombre que deja mariposas también se le puede leer la hora si uno mira las suficientes veces.

Ordeno las páginas. Devuelvo las seis carpetas a su caja, en orden, y dejo fuera sólo la séptima, abierta por la fotografía del talud, la hojarasca, la pequeña geometría pálida debajo. La miro hasta que deja de ser una fotografía y vuelve a ser una pregunta.

Apago la lámpara.

En la oscuridad, la casa hace los ruidos de siempre.

La caldera al arrancar. Un coche lejos, en la autovía, que sube y baja y se apaga.

Y otra cosa, más cerca, más blanda: un golpeteo leve contra un cristal, en algún punto que no localizo, como si algo con alas quisiera entrar, o salir.

Una de las hembras, pienso, contra la gasa de la jaula.

Será eso. Es siempre eso, aunque la gasa no es un cristal y una mariposa contra la gasa no suena así, no suena a vidrio, y esta noche prefiero no seguir ese pensamiento hasta el final, porque el final del pensamiento no está en el cuarto de la luz blanca sino en otro sitio, y a ese sitio no voy.

Me llevo dos dedos a la muñeca en la oscuridad y no miro el número. Lo dejo estar.

Mañana le pongo nombre.