Todo lo que florece en la muerte
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1. Séptima
El expediente número siete llega en un sobre marrón el veintisiete de diciembre, y lo abro a las once y cuarenta de la noche, cuando la casa ya está a la temperatura a la que trabajo mejor.
Dieciocho grados. Por debajo de eso me distraigo; por encima, me duermo.
Lo sé porque lo he medido, con el termómetro digital que tengo pegado con cinta a la pata de la mesa, tres inviernos de datos apuntados en la contraportada de una libreta, la clase de cosa que uno mide cuando ya no le quedan otras que valga la pena medir.
El sobre no lleva remite. No hace falta.
Los trae Nuria, siempre marrones, siempre sin membrete, cerrados con la solapa metida por dentro en vez de pegada, porque los pega con saliva y a Nuria le da reparo dejar su saliva en las cosas que me da a mí.
Los deja en el buzón, o me los sube, o me los cuela en la bolsa de la compra cuando cree que no la veo.
Ciento cuarenta páginas impresas en la fotocopiadora del Instituto, con la banda gris del tóner que se acaba en el margen izquierdo.
Los saca del archivo ella misma, de expedientes que ya nadie va a reclamar, y me los imprime, y me los trae, y llama a eso mantenerme la cabeza viva.
No es exactamente eso lo que hace. Pero las dos hemos decidido llamarlo así, y llevamos tres años llamándolo así, y a estas alturas cambiarle el nombre sería más trabajo del que ninguna de las dos quiere hacer.
Este sobre no debería estar en mi mesa. Tengo cuarenta y dos años y llevo tres de baja.
Oficialmente no leo cuerpos. Oficialmente descanso, hago las cosas que Fenoll apunta en su cuaderno con letra pequeña, duermo ocho horas y como tres veces.
Antes leía cuerpos de verdad, los de la mesa de acero, no los de una fotocopia; era la que llamaban cuando la data de una muerte no cuadraba, cuando un juez necesitaba una hora y nadie más se atrevía a darla.
Iba a las casas. Firmaba informes que cerraban historias.
Ahora firmo un papel cada quince días para que Fenoll certifique que sigo sin poder volver, y leo, de noche, sobres marrones que no existen para nadie más que para Nuria y para mí.
Nuria me quiere y por eso me los trae, porque a la gente a la que quieres le das lo que te pide, aunque sea veneno.
No es veneno. Es trabajo. Es lo único que me sostiene de pie y ella lo sabe mejor que Fenoll, que cobra por saberlo y aun así no lo sabe.
Me pongo los guantes para no marcar las fotografías. Dos chasquidos de látex, uno por mano; es el sonido con el que empiezo. Nunca he sabido leer nada con las manos desnudas; el látex es la frontera entre yo y lo que miro, y sin esa frontera la cabeza se me va a sitios que no sirven para datar.
Saco las fotografías primero. Siempre las fotografías primero, antes que el texto, porque el texto de otro ya viene interpretado y una imagen todavía no ha decidido lo que significa.
Restos esqueléticos. Hallados en 2023 en un talud, a cuatro metros de una pista forestal, tapados por hojarasca y por dos temporadas.
Los descubrió un hombre que buscaba níscalos, con el mango de la navaja, sin querer.
En las fotografías de campo se ve la ladera en pendiente, la pista de tierra arriba, y abajo la geometría pálida entre las hojas mojadas, ya desordenada: dos inviernos y la fauna del monte reparten un cuerpo pequeño como reparten cualquier cosa, sin prisa y sin respeto, y a la antropóloga que levantó los restos le faltaban huesos cuando terminó de peinar la hojarasca, los pequeños, los de las manos, los que se lleva un córvido o un jabalí y no devuelve.
Una niña, dicen. Con cautela. La cautela es correcta, porque un esqueleto de dos años no dice fácil si fue niño o niña; a esa edad la pelvis aún no ha decidido lo que va a ser, y el sexo, que en un adulto se lee en el hueso como en un mapa, en una criatura es casi todo conjetura.
Lo dicen por otra cosa. Entre los restos apareció un zapato.
Uno solo, del pie derecho, de cuero rojo cuarteado, número veintiuno, con una hebilla pequeña y una flor de plástico cosida en el empeine.
Un zapato de niña. La antropóloga lo fotografía con testigo métrico al lado, como se fotografía todo, y la regla numerada junto a la flor de plástico es la imagen más obscena de las ciento cuarenta páginas, más que los huesos, porque los huesos ya no son de nadie y el zapato todavía es de alguien.
La edad la calculan por lo que sí queda.
Por la fusión de las epífisis, que a los dos años apenas ha empezado y deja las cabezas de los huesos largos sueltas como piezas de un juego que nadie ha terminado de montar.
Y por la dentición: los dientes de leche salen con un calendario tan fiel que se les puede pedir la hora, y estos dicen alrededor de veintiséis meses, dos años y dos meses, con un margen de un lado y de otro.
Dos años. Poco más. Lo escribo en la libreta y por un momento el bolígrafo se me queda quieto sobre la palabra, sin motivo, y lo vuelvo a mover.
No hay causa. La casilla dice indeterminada , que es la manera educada que tiene un forense de escribir me rindo .
Con un esqueleto expuesto dos años no se saca una causa salvo que el hueso la lleve escrita —una fractura, un plomo, algo—, y este no lleva nada.
Ni fractura, ni marca de hoja, ni orificio.
Sólo tiempo, hojarasca, y la fauna que reparte.
Un cuerpo pequeño que llegó a un talud y no dijo cómo.
Coloco las seis carpetas anteriores en línea sobre la mesa, en orden de fecha, como llevo colocándolas desde hace meses.
Amelia. Rubén. Concha. Iván. Marisol. Elena.
Los he leído tantas veces que ya no leo: reconozco.
Sé en qué página de la de Concha está la fotografía de la almohada.
Sé que el acta de Iván tiene una errata en el kilómetro del acantilado que nadie corrigió nunca.
Sé que a Marisol la sacaron del coche a las seis y diez de la mañana de un catorce de enero, con la calzada helada, y que nadie miró dos veces porque una placa de hielo explica un coche contra un quitamiedos sin pedir permiso a nadie.
Seis carpetas, seis maneras de morirse que el sistema archivó con seis palabras distintas y una misma pereza: accidente, exposición, natural, indeterminada, accidente, súbita.
Seis veces el mundo miró un cuerpo y decidió que no había nada que mirar.
Yo sí miré dos veces. Es lo único que hago bien.
En los seis, él dejó la mariposa.
Lo escribo así en mis notas, «él», porque es cómodo y porque a estas alturas el pronombre ya tiene forma.
Un hombre que no soporta que un cuerpo pequeño quede feo.
Un hombre paciente, con oficio, que elige a los que ya iban camino de morirse —el chico del acantilado, la anciana sola, el hombre que dormía en la calle en febrero— y les ahorra la parte indigna.
Los deja bien puestos. Y encima, siempre, coloca una Actias luna : verde pálido, las colas largas, los ocelos como cuatro ojos que no acusan a nadie.
Para que lo primero que veamos no sea el final.
No es un insecto que tenga nada que hacer sobre un cadáver.
Una polilla no se alimenta de un cuerpo, no pone en él, no data nada; en descomposición mandan las moscas, y las moscas son las que me dan las horas.
La primera oleada, las moscardas, llega en minutos si el cuerpo está al aire; ponen, eclosionan, las larvas crecen a un ritmo que la temperatura decide y que yo sé leer al revés, de la larva a la hora, como quien desanda un camino.
Ésa es mi ciencia. La mariposa no entra en ella.
La mariposa no es prueba de nada. Es un regalo.
Por eso importa. Un asesino que deja moscas no me está diciendo nada; un asesino que deja mariposas me está diciendo que lo entiende.
Vuelvo a la séptima.
En la séptima no hay mariposa.
Repaso el inventario de indicios dos veces, por si el equipo de campo la pasó por alto entre la hojarasca, por si se deshizo en dos inviernos, por si consta en una nota a pie de página que no he leído.
Nada. Ni un ala, ni una exuvia, ni un fragmento de crisálida.
La casilla de indicios biológicos habla de fauna cadavérica antigua, de coleópteros propios de un cuerpo largo tiempo a la intemperie, de restos de puparios vacíos, y de nada más.
La antropóloga fue cuidadosa; peinó el talud en cuadrícula, cribó la tierra.
Si hubiera habido una mariposa, la habría encontrado, o habría encontrado lo que queda de una mariposa después de dos inviernos, que es poco pero es algo.
Me quedo con eso un rato. Con la ausencia.
Podría significar que la séptima no es suya.
Que una niña sin nombre bajo la hojarasca es sólo una niña sin nombre bajo la hojarasca, una de las muchas cosas horribles y sin autor que ocurren y se archivan.
Sería lo razonable. Vidal diría eso. Vidal dice eso de casi todo: que la mayoría de los muertos no tienen a nadie detrás, sólo mala suerte, y que la gente inventa culpables porque a un culpable se le puede odiar y a la mala suerte no.
Vidal lleva veintiocho años teniendo razón de esa manera gris que tiene la razón cuando no consuela a nadie.
Pero la séptima no está terminada. Eso es lo que veo cuando dejo de buscar la mariposa y empiezo a buscar por qué no está.
No la dejó todavía. No la ha colocado. Es la única de las siete que sigue abierta, la única sin nombre, la única a la que le falta lo suyo.
Un hombre así no abandona un cuerpo a medias.
Vuelve. Termina. Y si esta la dejó sin terminar, es porque algo lo interrumpió, o porque su cuenta todavía no ha llegado a ella, y en cualquiera de los dos casos volverá, porque los que hacen las cosas con este cuidado no dejan una a mitad y se olvidan.
Lo apunto en la libreta, con el bolígrafo que uso sólo para esto: falta la mariposa. Todavía .