10. El aniversario
Hay una manera de encontrar a un hombre por su calendario, y es poner todas sus fechas en fila hasta que una se levanta.
Lo aprendí con los insectos. Un cuerpo no te da una hora en un número redondo; te da una fila de datos —el estadio de esta larva, la generación de aquella mosca, los grados que hizo cada día— y la hora está escondida entre ellos, esperando a que los pongas en el orden correcto para que se levante sola.
Con las fechas de un hombre es igual. No hay que interrogarlas de una en una; hay que ponerlas juntas y callarse y esperar a que una dé un paso adelante.
El ocho de enero lo hago. Cojo las siete carpetas y escribo las fechas de muerte en una hoja, sin nombres, sólo los días, en una columna, como se ponen los datos cuando uno quiere que hablen entre ellos y no con uno.
Once de agosto. Tres de febrero. Diecinueve de septiembre.
Veinticinco de junio. Ocho de agosto. Y la de Marisol.
Y la séptima, que no tiene, porque a la séptima la sacaron de un talud dos años después de morir y su día es un hueco, una raya donde debería ir una fecha.
Las miro un rato largo. Las fechas de un asesino en serie no se reparten al azar; los que matan por dentro tienen aniversarios, como los que se casan y los que entierran, fechas que marcan y esperan con una paciencia que a la gente normal le parecería sobrehumana y que a ellos les sale sola, porque para el que espera una fecha todo el año es la antesala de un día.
Busco el patrón. Agrupo por meses, por estaciones, por distancia entre una y la siguiente.
No cuadra a la primera. Un agosto, otro agosto, un febrero suelto, un junio, un septiembre.
Dos de agosto, sí, pero separados por años y con tres días entre uno y otro; nada que se levante, nada que forme una línea.
Los dos de agosto los miro con más cuidado, porque dos en el mismo mes tira, y no me dicen nada, se quedan quietos en la columna, dos fechas de verano que no tienen entre ellas más que el calor. Sigo.
Hasta que llego a Marisol otra vez, y saco su carpeta, y la abro por el atestado.
EXPEDIENTE CF-0629 — atestado de tráfico Filiación: Cambeiro, Marisol.
29 años. Fecha y hora: 14 de enero de 2020, 06:10.
Lugar: carretera comarcal, curva con firme helado (placa de hielo negro).
Vehículo: turismo, único implicado. Salida de vía; impacto contra quitamiedos y talud.
Causa: pérdida de control por hielo. Velocidad no excesiva.
Sin alcohol ni drogas. Sin terceros vehículos implicados.
Etiología: accidental. Resolución: diligencias archivadas.
Veintinueve años. Salía a las seis de casa para entrar a las siete en un turno en las afueras, la carretera comarcal de siempre, la que hacía cada mañana medio dormida, con la calefacción del coche puesta y la radio baja.
Seis y diez. El amanecer todavía sin llegar en enero, la curva de siempre, y en la curva de siempre una cosa que no estaba las otras mañanas: una placa de hielo negro, ese hielo que no se ve, que es del color del asfalto mojado y no del color del hielo, que sólo existe para el que ya está encima.
La sacaron del coche a las seis y diez, o a la hora a la que pasó el primero y la vio contra el quitamiedos, con el motor todavía en marcha y la radio baja.
Escribo la fecha en la columna, debajo de las otras. 14 de enero.
Y algo se levanta. No en la hoja. En mí.
No sé nombrarlo la primera vez. Escribo 14 de enero y hay una tensión que con las otras fechas no hubo, un peso que no le corresponde a un accidente de tráfico de hace seis años que ni siquiera investigué, que no es de los míos, que sólo conozco por un atestado de tres párrafos.
Los dos de agosto no me hicieron esto. El septiembre de Concha, que sí trabajé, que sí olí, no me hizo esto.
Y este catorce de enero de una desconocida que se mató sola en una curva de hielo me tira de dentro como si me perteneciera.
Vuelvo a escribirlo, en el margen, otra vez, como si escribiéndolo fuera a entender por qué me tira.
14 de enero. Lo escribo una tercera vez, más grande.
La mano quiere seguir escribiéndolo y no la dejo; le pongo la otra encima para que pare.
Me digo que es la urgencia. Que el cuerpo ha entendido antes que la cabeza lo que la cabeza está a punto de entender, que a veces pasa, que por eso soy buena: porque alguna parte de mí lee antes de leer, huele la data antes de contar la larva.
Me lo digo y me lo creo, porque es una explicación y las explicaciones me calman, y porque la otra posibilidad —que la fecha me tire por una razón que no tiene nada que ver con el caso— no la miro, la dejo en el borde de la mesa, apartada, y no vuelvo a tocarla.
Lo que la cabeza entiende, un momento después, es esto:
Marisol no perdió el control. A Marisol la esperó él en la curva del hielo.
No la empujó —él no empuja con las manos, ya lo sé—, sólo eligió el sitio y eligió la mañana, la curva donde el hielo negro no se ve, la hora en que no pasa nadie, y la dejó llegar, y miró.
Como con Iván. Y cuando el coche paró contra el talud y ella se quedó quieta sobre el volante, con el motor todavía caliente y la radio todavía baja sonando para nadie, él bajó del arcén, abrió la puerta que el golpe había dejado abierta, y le puso la mariposa en el volante, entre sus manos, verde sobre el plástico negro, antes de que llegara el primer coche a llamarlo hielo y la Guardia Civil a llamarlo accidente.
Pero eso no es lo importante. Lo importante es la fecha.
Porque a los otros los mató donde los encontró, cuando la vida se los ponía a tiro: un febrero de un hombre que dormía en la calle, un junio de un chico que subió a un acantilado, un agosto de una anciana, otro agosto de una niña.
Fechas de nadie, fechas que le daba el azar de que alguien se estuviera muriendo ese día.
Marisol, no. A Marisol la buscó en el catorce de enero, la esperó en una fecha, y un hombre que tiene fechas de nadie para casi todos y una fecha propia para una, esa fecha propia es la suya.
El catorce de enero es el día que le importa.
Es su aniversario, el día que marca en el calendario y espera todo el año como yo espero la salida de una hembra forzada.
Lo demás es oficio; el catorce es devoción.
Y la séptima está sin terminar.
Me quedo muy quieta con esa idea, que llega entera, como llegan las buenas, con esa sensación física de encaje, de pieza que entra en su hueco.
La séptima sigue abierta. Sin nombre. Sin mariposa.
Un hombre así no deja a una a medias, y menos si se acerca su día.
La dejó sin terminar porque algo lo interrumpió —o porque su cuenta todavía no había llegado a ella—, y va a volver a terminarla, y va a hacerlo cuando su calendario se lo pida.
Miro el móvil. Hoy es ocho.
Faltan seis días.
Llamo a Nuria. No lo pienso; marco.
—Ya sé cuándo —le digo, en cuanto descuelga—. Nuria, ya sé cuándo vuelve.
—Espera. Respira. ¿Cuándo qué?
—El catorce. El catorce de enero. Es su día, es el único con fecha propia, y la séptima está sin cerrar. Va a volver el catorce. Faltan seis días. Tengo seis días para ponerle nombre a la niña y saber por dónde va a entrar.
Al otro lado se hace un silencio que no es como los silencios de Nuria.
Los de Nuria son blandos, de estar pensando qué darme de comer, cuánto insistir, qué mentira mía dejar pasar.
Este es otro. Este es un silencio que se pone tenso, que sostiene algo, que aprieta, y dura lo justo para que yo note que dura, para que note que del otro lado ha pasado algo que no es preocupación por si he comido.
—Vera —dice al fin, y la voz le sale muy cuidada, colocada palabra por palabra, como se le habla a alguien al borde de algo—. El catorce no vas a hacer nada tú sola. ¿Me oyes? Nada. El catorce lo pasas conmigo.
—El catorce no tengo tiempo de pasarlo contigo, el catorce es el día.
—Por eso. —Una pausa—. Por eso ese día estás conmigo. Prométemelo. Ya buscaremos la manera, pero ese día no estás sola en esa casa con esas cajas. Dime que sí.
Le digo que sí porque es más rápido que discutir y porque tengo la cabeza en la curva del hielo, no en ella.
Nuria insiste una vez más, con una firmeza que no le conozco, que no es la firmeza suave de siempre, en que el catorce es suyo, que se lo deje a ella, que confíe, que ese día lo lleva ella.
Le vuelvo a decir que sí. Cuelgo antes de que me haga prometer una tercera vez, porque a la tercera las promesas empiezan a pesar y yo no quiero pesar de más en un día que va a ser el suyo, el de él, no el de Nuria.
No me paro a pensar por qué Nuria, que nunca me lleva la contraria en esto, que se queda siempre en el borde, de pronto quiere para ella un día concreto, lo reclama, lo aparta como se aparta algo que se va a usar.
No me paro a pensar en casi nada que no sea la hoja con las fechas y la única que se ha levantado.
Marco el catorce en el calendario de la pared, el que no uso, el que sigue en enero porque nunca paso la hoja, con un círculo de bolígrafo rojo que doy dos veces para que quede grueso.
Debajo del círculo, seis casillas vacías hasta llegar a él, seis cuadraditos con sus números pequeños, y algo en mí, la parte que cuenta, empieza a ver esas seis casillas como se ve una cuenta atrás, como se ven los grados que le faltan a un capullo para oscurecerse del todo.
Vuelvo a la mesa, a la séptima, a la niña sin nombre, con el listado de desaparecidas de Nuria a un lado y el reloj corriendo por primera vez desde que empezó todo esto, porque hasta hoy yo perseguía a un muerto, un caso cerrado, algo que ya había pasado y no podía volver a pasar, y desde hoy persigo a uno que va a matar otra vez, dentro de seis días, en una fecha que sé.
Trabajo hasta tarde. La ciudad se apaga calle por calle al otro lado de la ventana.
Cuando por fin dejo el bolígrafo, en el calendario de la pared el círculo rojo del catorce me mira desde la otra punta del cuarto, y yo lo miro a él, y por un momento no soy capaz de recordar si le tengo miedo por la niña o por otra cosa que no consigo nombrar y que tiene la forma de ese día, sólo la forma, sin el contenido, como una caja cerrada de la que sé el tamaño y no lo que hay dentro.
Seis casillas. Empiezo a contarlas hacia atrás antes de dormir, como quien reza un rosario que no reza a nadie, seis, cinco, cuatro, y me duermo en la cuatro, con el catorce rojo encendido detrás de los párpados.