Todo lo que enterramos 39 Tillie
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39 Tillie

Tillie

AHORA

He cometido muchísimos errores en mi vida.

Pero el mayor ha sido confiar en mi hermano.

Cuando se puso en contacto conmigo por primera vez, pensé que tenía una oportunidad de redención. Que el peso de haber abandonado a Maribel no me aplastaría tanto si Wayne y yo conseguíamos reencontrarnos.

Resulta que Wayne es tan malo como nuestro padre.

No es que sea alcohólico, pero su maldad innata lo hace aún peor. Con nuestro padre podía buscar excusas para su comportamiento espantoso: el alcohol le había embotado el cerebro.

¿Y Wayne qué excusa tiene?

Me contó lo que le pasó a Maribel el día que huí: que papá le dio un bofetón, que ella se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa de centro y murió en el acto. La única manera que tuvo Wayne de sobrellevarlo fue cerrarse en banda.

Esperó a que papá se tambaleara hasta la cama y se desplomara, y entonces salió a escondidas y prendió fuego a dos casas del barrio para borrar sus huellas, porque ya sabía lo que pensaba hacer: quemar nuestra casa.

Volvió, roció el interior de la vivienda con el combustible del bidón que papá guardaba en el cobertizo, le puso un cigarrillo en la mano, encendió una cerilla y le dio fuego.

Soltó la cerilla y retrocedió hasta la puerta, esperando a que la llama prendiera en el rastro de combustible que había dejado entre la cama y las cortinas, sabiendo que, en cuanto estas ardieran, la casa entera se consumiría enseguida.

Wayne se roció combustible encima y se golpeó la parte trasera de la cabeza contra la nevera, dejando un abollón considerable y una «prueba» de que su padre lo había empujado contra ella y él había perdido el conocimiento, del que solo despertó cuando el humo lo hizo reaccionar.

Para entonces ya se había arrastrado hasta fuera, justo a tiempo de ver cómo la casa estallaba en una bola de fuego que abrasaba a su padre y a su hermana.

Nadie puso en duda la versión de Wayne. La señora Crabb, la vecina de al lado, corroboró su relato: que nuestro padre era un maltratador de mierda, y la investigación confirmó su historia.

Que nuestro padre había matado a Maribel, había dejado inconsciente a Wayne cuando este intentó defenderse, había rociado a sus hijos y la casa con combustible antes de prenderse fuego a sí mismo y a todo lo demás.

A causa de los otros incendios provocados en las inmediaciones, la policía sospechó que papá había quemado esas casas para borrar sus huellas, como si desde el principio hubiera tenido intención de matar a sus hijos.

Wayne dijo que soy la única que conoce la verdad, y no sé si sentir horror o terror.

Si Wayne es capaz de cometer asesinato y provocar incendios, ¿de qué más será capaz conmigo?

Ojalá no le hubiera contado nunca lo que hizo Sharna hace tantos años y cómo la ayudé a encubrirlo. Ni hasta dónde estoy dispuesta a llegar para proteger nuestros secretos.

Y el imbécil también ha metido a Ria en nuestro lío.

Es su novia, un plan de reserva por si él no conseguía acercarse lo suficiente a Abuela Esme y yo fallaba.

Siempre dice eso de mí, que soy un fracaso, que a pesar de la oportunidad que me dio de escapar de papá hace tantos años, no supe aprovecharla.

Que soy una perdedora por haberme encerrado aquí y haber desperdiciado mi vida.

No le digo que Ria se parece a mí, así que quizá el perdedor es él por tener una novia que se parece a su hermana, porque ahora que sé de lo que es capaz, no puedo permitirme enemistarme con él.

Sabe demasiado, pero necesitaba ayuda cuando Caleb no cedió a mi seducción. No tenía ni idea de hasta dónde llegaría Sharna —casarse con Caleb para impedir que la casa se vendiera— y para entonces ya había metido a Wayne en el asunto.

Él se había reinventado como Owen Rush tras el incendio, decidido a dejar atrás su pasado. Y cuando su matrimonio se derrumbó, vino aquí, se instaló en Ghost Gum House y se hizo imprescindible para Esme, por si yo no conseguía convencerla de que no vendiera.

Hoy he entrado en pánico al ver a Esme hojeando los documentos de venta de la casa, dispuesta a firmar, y se lo he contado a Owen. Él se ha quedado extrañamente tranquilo y me ha dicho que se encargaría.

Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que eso significaría asesinar a Caleb.

Estaba tan furiosa con Caleb después de nuestra conversación junto al Estanque que lo agarré por los hombros y empecé a sacudirlo, y entonces apareció Owen.

Me quedé paralizada cuando empujó a Caleb al Estanque, y boquiabierta cuando cogió una rama y lo hundió bajo el agua.

Salí corriendo y me topé con Lauren en el jardín, intentando parecer despreocupada después de haber presenciado el segundo asesinato de mi vida.

No pude salvar a Maribel, pero Caleb tenía una oportunidad.

Llamé a emergencias y luego mandé a Lauren al Estanque.

Ella tenía tan pocas posibilidades de reducir a Owen como yo, pero los seguí a distancia, escondiéndome, hasta que pasaron corriendo a mi lado y dejaron a Caleb por muerto.

Corrí al Estanque y usé la misma rama para arrastrar a Caleb, inconsciente, hasta la orilla, empleando cada gramo de fuerza para sacarle la cabeza y el pecho del agua.

Mis intentos de reanimación son torpes, pero por suerte llegan los paramédicos y corro a su encuentro. Los llevo hasta el cuerpo inconsciente de Caleb y ellos se hacen cargo de la reanimación cardiopulmonar. Veo el alivio en sus caras cuando uno de ellos grita:

—Tiene pulso.

Lloro, con sollozos incontenibles que me sacuden el cuerpo y me hacen martillear la cabeza, mientras los sigo hasta la parte delantera de la casa y los veo cargar a Caleb en la ambulancia y alejarse con las sirenas aullando y las luces parpadeando.

Solo entonces veo a Wayne y a Sharna —ya no puedo pensar en ellos como Owen y Lauren; su engaño ha terminado— hablando cerca del cobertizo y lanzándome miradas.

¿Sabe Sharna que Wayne es mi hermano? ¿Cuánto le ha contado él?

¿Confía más en él que en mí?

El corazón se me encoge cuando avanzan hacia mí y yo, instintivamente, retrocedo hacia la casa. Siento un inmenso alivio cuando Esme sale precipitadamente por la puerta, blandiendo una bolsa de viaje.

—Tillie, necesito que vayas al hospital con esto. Caleb necesitará algunas cosas.

Confusa, me quedo mirándola. Caleb no necesita nada ahora mismo, y si alguien debería llevarle sus cosas al hospital es Sharna, su mujer.

Pero cuando Esme me coge la mano y me cierra los dedos con firmeza alrededor del asa de la bolsa, sé lo que está haciendo.

Me está poniendo a salvo.

Protegiéndome como lleva años haciendo.

Lo que significa que sabe lo que ha pasado.

—Necesito hablar con Lauren —murmura, con los ojos suplicándome que la escuche—. Vete. Ahora.

Me pone las llaves del coche en la mano libre y me da un pequeño empujón justo cuando Wayne y Sharna llegan hasta nosotras.

—¿Vas a estar bien? —articulo en silencio.

Ella asiente, apretando los labios mientras fulmina con la mirada a mi hermano y a mi antigua mejor amiga por encima de mi hombro.

Corro hacia el coche sin mirar atrás.