Todo lo que enterramos 36 Tillie
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Tillie

ENTONCES

Los años pasan y yo sigo en Ghost Gum House.

Es el único hogar que he conocido.

No cuento la chabola de Dirtridge de la que escapé como un hogar; aquello era más bien una prisión gobernada por un carcelero sádico.

Busco con regularidad en internet noticias de mi hermano y mi hermana, pero no encuentro nada.

Incluso me registro en una de esas páginas de búsqueda familiar donde puedes poner tu nombre y a quién buscas.

Uso nuestros apodos —Whisper, Thunder y Spinifex— con la esperanza de que Wayne y Maribel tengan la misma idea y quieran reencontrarse conmigo.

La abuela Esme me manda al pueblo todos los viernes.

Insiste en ello; me dice que necesito relacionarme con gente de mi edad y no solo con los inquilinos de la casa.

El Círculo de Encuentro que se celebra en el salón de la iglesia local me resulta insoportable.

Todo el mundo allí sabe dónde vivo, así que dan por hecho que soy medio tonta, pobre, o las dos cosas.

Hay algunas personas agradables, pero son mayores —madres con niños en primaria— que vienen por el café gratis, los milhojas de vainilla y por pasar unas pocas horas lejos de sus casas.

No tengo nada en común con ellas, pero al menos me hablan como a una persona normal y no se me quedan mirando como los jóvenes de mi edad.

Aunque tampoco es que estos pasen mucho tiempo hablando entre sí; están demasiado ocupados pendientes del móvil.

Nunca lo he entendido. ¿Para qué quedar en persona si vas a pasarte todo el rato pegado a la pantalla?

Hoy las madres con las que suelo charlar no han venido.

A uno de sus hijos le ha dado la varicela, así que están en cuarentena para no contagiar a nadie.

Pero eso significa que estoy sola, acercándome de lado a la mesa donde está dispuesto el desayuno de media mañana, con la intención de agenciarme un milhojas de vainilla y largarme cuanto antes.

Pero los milhojas todavía no han llegado, y están tan buenos que no pienso irme sin comer uno. Paradojas de la vida: no me queda más remedio que sacar el móvil y ponerme a mirar la pantalla mientras espero, igual que el resto de los perdedores que hacen lo mismo.

Lo primero en lo que pincho es en la aplicación de búsqueda familiar.

Lo hago por pura inercia; es lo primero que hago cada mañana, cada tarde y cada noche.

Esta obsesión nace de la culpa. Cuando huí de Dirtridge, de aquel infierno al que llamaba hogar, ¿dejé a mis hermanos expuestos a una suerte peor que la muerte?

¿O mi padre los mató y lo encubrió de algún modo?

Nunca fue tan listo; años de alcoholismo le habían podrido el cerebro, pero cada día que pasa sin que sepa nada de mis hermanos, el remordimiento aumenta.

Sé que por eso ayudé a Sharna. Salvarla a ella fue una forma de saldar mi deuda. ¿Quién sabe a qué se habría enfrentado si yo no hubiera intervenido?

Mi pulgar toca el icono de la aplicación y veo que tengo tres notificaciones. No es nada nuevo; la aplicación me manda mensajes con regularidad para que me pase a la versión de pago, pero no lo necesito. No busco a más de tres personas, así que el plan gratuito me basta y me sobra.

Espero más de lo mismo cuando abro las notificaciones, pero esta vez veo el encabezado de un mensaje que hace que el corazón me dé un vuelco.

«Hola, Spinifex.»

Las manos me tiemblan con tanta violencia que casi se me cae el móvil, así que me lo meto en el bolsillo, me las limpio en los vaqueros y vuelvo a sacarlo. Respiro hondo y pulso en el mensaje, bajando rápidamente hasta el final para ver de quién es.

Wayne.

Mi hermano me ha encontrado.

Las lágrimas me pican en los ojos mientras vuelvo al principio del texto y lo leo.

«Hola, Spinifex:

Cuánto tiempo sin vernos.

Ya sé que es un tópico de lo más manido, pero me cuesta encontrar las palabras adecuadas.

Tengo muchísimo que contarte, pero por ahora te digo que me alegra enormemente haberme registrado en este sitio. Siempre me he preguntado qué fue de ti, si lograste sobrevivir después de escapar. No tienes idea de lo feliz que me hace saber que sí.

Estoy casado, sin hijos, aunque mi mujer y yo estamos a punto de separarnos. Algunas relaciones son demasiado difíciles y lo mejor es saber cuándo cortar por lo sano, ¿no?

Bueno, tú ya lo sabes, porque dejaste a papá, lo mejor que hiciste en tu vida. El cabrón está muerto. Ya te lo contaré todo cuando nos veamos.

¿Podemos quedar?

Tengo muchas ganas de verte. Ha pasado demasiado tiempo.

Wayne»

Un dolor punzante me oprime el pecho y se extiende por todo el cuerpo. Releo el mensaje dos veces, más perturbada por lo que oculta que por el hecho de que firme con su nombre real en vez de con Thunder.

No ha mencionado a Maribel.

And that glaring omission speaks volumes.

Mi hermana está muerta.

Wayne la habría mencionado si estuvieran en contacto, y el hecho de que no lo haya hecho significa que quiere suavizar el golpe contándomelo en persona.

Las lágrimas con las que llevo rato luchando se desbordan y me resbalan por las mejillas; me las seco con el dorso de la mano.

Esto lo causé yo.

Condené a mi hermana a enfrentarse a la furia de nuestro padre el día que salí corriendo.

Sabía lo que hacía cuando la dejé volver a la casa para proteger a Wayne, pero me largué de todas formas.

Elegí salvarme yo.

Y aunque tengo la suerte de haber escapado de aquel infierno, no puedo evitar la culpa que me quita el sueño algunas noches y me persigue en cada momento de vigilia.

Pensé que ayudar a Sharna aliviaría el remordimiento, pero al leer el mensaje de Wayne me doy cuenta de que me he estado engañando. Nada cambiará lo que hice, y mi egoísmo puede haberle costado la vida a mi hermana.

¿Y si hubiera vuelto a entrar en la casa con Maribel para salvar a Wayne? ¿Podríamos haber reducido entre los tres a nuestro padre borracho? Si hubiera tomado esa decisión, ¿habríamos crecido los tres juntos, más unidos que la mayoría de los hermanos a causa de los horrores que vivimos?

Nunca lo sabré, porque eché a correr, y con eso tendré que cargar el resto de mi vida.

Pero ahora mismo, mi hermano me ha encontrado, y cuanto antes nos veamos en persona, mejor.

Tenemos mucho de qué hablar.