Todo lo que enterramos 34 Tillie
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34 Tillie

Tillie

ENTONCES

Sharna se escapa al amanecer y toma el tren de las seis de la mañana hacia Melbourne.

Desde allí, planea marcharse a otro estado.

Yo la animé a quedarse en las grandes ciudades, porque en los pueblos pequeños llamaría mucho más la atención.

Nos pasamos toda la noche cambiándole el aspecto.

Su espeluznante padre tenía un armario lleno de cosas de lo más extrañas: cajas de tinte para el pelo, ropa de todas las tallas y estilos, y accesorios para disfraces, como gafas y sombreros.

La policía va a tener mucho trabajo cuando denuncien su desaparición y empiece a investigar su actividad en internet.

Pero, para nuestros propósitos, aquella peculiar colección me ayudó a transformar a Sharna en alguien a quien apenas habría reconocido.

Le teñimos el pelo de rubio miel, lo que la cambió al instante.

Le corté unos diez centímetros y se lo capeé, haciéndola parecer varios años mayor.

Con unas elegantes gafas de montura de carey y ropa discreta, aparentaba al menos veintiún años, quizá más, y no se parecía en nada a la adolescente asustada que había conocido.

Mejor aún, cuando Sharna contempló su nueva identidad en el espejo, fue como si creciera ante mis propios ojos. Echó los hombros hacia atrás, irguió la espalda y empezó a desprender seguridad.

Estará bien. Y con la cantidad de dinero que encontramos escondido por toda la casa —entre las páginas de libros polvorientos, en el congelador, debajo de una colección de espantosas bolas de nieve— tendrá más que suficiente para empezar una nueva vida.

No quería aceptar los mil dólares que insistió en darme, pero si mi plan para ganarme la confianza de Abuela Esme fracasa, necesitaré un plan B.

Después de que Sharna se marche, recorro el largo camino de entrada que conduce a Ghost Gum House. La primera visión de la mansión me corta la respiración. Es espectacular, como sacada de una novela.

Me detengo junto al porche delantero, me froto las manos con la tierra del jardín, me embadurno las mejillas y me tumbo sobre el escalón superior.

Así, cuando Abuela Esme abra la puerta para ir a hacer la compra semanal al pueblo —que, según me aseguró Sharna, toca hoy— me encontrará y, con suerte, se apiadará de mí.

Odio tener que aparentar indefensión. No va conmigo. Soy fuerte, resistente y sé arreglármelas sola. Pero, para que Abuela Esme me acoja, tengo que interpretar el papel de víctima.

Por suerte, no tengo que esperar mucho. A las seis y media la puerta principal chirría al abrirse y finjo seguir dormida. Oigo una exclamación ahogada y un murmullo de «madre mía», antes de que una mano se pose sobre mi hombro y me sacuda con suavidad.

Entreabro los ojos y parpadeo como si aún estuviera aturdida por el sueño. Al ver la preocupación reflejada en los ojos de la anciana, sé que ya la tengo.

Me aparto de su mano a propósito, para demostrar que estoy asustada y nerviosa. Ella la retira de inmediato.

—¿Estás bien, querida?

Me muerdo el labio inferior y niego con la cabeza.

—No. Necesitaba un sitio donde dormir y ya no podía seguir caminando por esa carretera, así que anoche me metí por este camino.

Me froto los ojos, fingiendo quitarme el sueño.

—Lo siento. Ya me voy...

—No digas tonterías. —Su expresión se llena de preocupación—. Entra y te prepararé algo de desayunar. ¿Te gustan los huevos revueltos con beicon?

Mi estómago ruge justo a tiempo y ella se ríe.

Es una risa suave y cálida, igual que ella.

Todo en Abuela Esme transmite bondad: las arrugas de expresión junto a sus ojos, la sonrisa permanente en sus labios, sus curvas envueltas en sencillos vestidos de algodón y el descolorido delantal con dibujos animados que lleva puesto.

—Si no es mucha molestia, me encantaría comer algo.

Mi voz suena dulce, respetuosa, y veo cómo se derrite de compasión. Esta mujer tiene un corazón inmenso, y reprimo el fugaz destello de culpa que me atraviesa.

Si algún día encuentran el cadáver del señor Ulverstone, tanto mi vida como la de Sharna habrán terminado.

Eso significa que debo quedarme aquí durante una larga temporada, convertir su tumba en un jardín y asegurarme de que nadie remueva esa tierra.

Además, necesito un lugar donde vivir.

Y este es el sitio.

Aquí puedo construir una nueva vida, una en la que esté a salvo de las miradas indiscretas y de los fantasmas del pasado.

Puedo hacerlo.

Con la ayuda de Abuela Esme.

—Entra. —Me tiende la mano para ayudarme a levantarme—. Y trae tu bolsa. Si quieres, puedes darte una ducha. —Su mirada recorre mi cara—. Te vendrá bien asearte un poco.

—Una ducha caliente suena de maravilla.

Le sonrío agradecida y su expresión se enternece aún más.

—Sígueme.

Me guía por un largo pasillo. Las puertas de varias habitaciones permanecen cerradas, y supongo que es porque vive sola y no quiere que el silencio se lo recuerde constantemente. Al fondo alcanzo a ver la cocina, pero ella se detiene en la tercera puerta de la derecha y la abre.

—Este es el baño de invitados. Aunque invitados, lo que se dice invitados, nunca tengo. —Se ríe con modestia—. Mi nieto Caleb estudia en un internado y solo vuelve durante las vacaciones.

Hace una pausa.

—Espero que no te moleste que te lo pregunte, querida, pero... ¿dónde te alojas?

Bajo la mirada, procurando parecer abatida.

—En ninguna parte. Huí de una situación violenta en la ciudad, cogí el primer tren que salía de Southern Cross Station, en Melbourne, y acabé aquí, en Amberfield. Anoche caminé hasta que me dolían tanto los pies que no pude seguir y por eso dormí en su porche.

Dejo que me tiemble el labio inferior.

—Gracias por esto. No sabe lo mucho que significa para mí.

Ella me da una suave palmadita en el hombro.

—Tómate todo el tiempo que necesites y, cuando termines, ven a la cocina.

Cuando Abuela Esme se aleja por el pasillo, me permito sonreír.

Va a pedirme que me quede.

Lo sé.

Después de la ducha más rápida de mi vida, me pongo unos vaqueros y una camiseta, me hago una trenza con el pelo mojado y me pellizco las mejillas para darles un poco de color. Quiero parecer reconfortada por su amabilidad y lo bastante joven para despertar todavía más su compasión.

Funciona.

Después de los huevos revueltos más deliciosos que he probado nunca, acompañados de crujientes lonchas de beicon, se sienta a mi lado en la enorme mesa de pino que preside aquella inmensa cocina.

—¿Cómo te llamas, querida?

Me gusta que, hasta ahora, no me haya presionado para obtener más información aparte de dónde me alojaba. Demuestra que quiere ir con cuidado y no entrometerse.

Perfecto para alguien como yo, con tanto que ocultar.

—Tillie.

—¿Diminutivo de Matilda?

Asiento, aunque no lo sea.

—Pues bien, Tillie, si no tienes dónde quedarte, eres más que bienvenida a permanecer aquí todo el tiempo que necesites.

—Abre los brazos para abarcar la casa—. Tengo muchísimo espacio y, casualmente, estaba a punto de anunciar habitaciones en el pueblo para personas que necesiten un refugio, sea cual sea su situación.

Así que, en cierto modo, tú vas a ser mi conejillo de indias.

Me río y ella me acompaña.

—¿Está segura? —pregunto, ocultando mi euforia tras una máscara de gratitud—. Porque de verdad me vendría muy bien esa ayuda.

—Claro que sí. ¿Quieres que te enseñe tu habitación?

—Me encantaría. Pero antes déjeme recoger esto.

Por la expresión de satisfacción que pone, sé que mis modales le han causado buena impresión. Mientras aclaro los platos y cargo el lavavajillas, me habla de su proyecto de convertir Ghost Gum House en un refugio acogedor para cualquiera que lo necesite.

No he conocido a muchas personas realmente bondadosas en mi vida, pero sé, por puro instinto, que Esme es una de ellas.

Quiere compartir lo que tiene con quienes más lo necesitan y, estando yo al otro lado de esa generosidad, no tiene ni idea de lo mucho que significa para mí que me haya abierto las puertas de su casa sin esperar nada a cambio.

Cuando terminamos en la cocina, subimos las escaleras.

Abre la primera puerta de la derecha y las lágrimas me escuecen al contemplar las paredes color limón, el marco azul de la ventana, la colcha y la alfombra a juego sobre el brillante suelo de roble.

La habitación desprende una calidez que solo había conocido en los libros y que siempre había anhelado.

Es una habitación que puedo llamar hogar.

Cuando levanto la vista para encontrarme con la de Esme, debe de percibir que estoy al borde del desbordamiento emocional porque me dedica una sonrisa comprensiva y me da una cariñosa palmadita en el hombro.

—Tómate tu tiempo para acostumbrarte a tu nuevo hogar. Yo voy al mercado agrícola del pueblo. Te dejaré mi número en la cocina por si necesitas localizarme. ¿Tienes teléfono?

Asiento.

—Yo también le daré el mío.

—Ya habrá tiempo para eso, querida. —Vuelve a darme una palmadita en el hombro y, donde normalmente me apartaría del contacto físico, el de Esme resulta reconfortante—. Sírvete lo que quieras de la cocina si te entra hambre. Volveré dentro de unas horas.

Mientras baja las escaleras, me sorprende la enorme confianza que deposita en mí. Me deja sola en su casa, siendo una completa desconocida, durante varias horas.

O es un ángel...

...o una ingenua.

Habiendo crecido en un pequeño pueblo, sé que mucha gente ni siquiera cierra la puerta con llave y haría cualquier cosa por ayudar a un vecino. Pero la confianza absoluta que Esme deposita en mí no hace más que aumentar mi sentimiento de culpa.

Me estoy aprovechando de su bondad.

Solo pienso quedarme el tiempo suficiente para plantar arbustos y flores sobre la improvisada tumba del señor Ulverstone y esperar a que crezcan lo bastante como para que nadie sospeche jamás lo que hay debajo.

Quizá unos meses. Como mucho, un año. El tiempo suficiente para asegurarme de que el secreto de Sharna... y el mío... permanezcan enterrados.

Aún no estoy completamente a salvo. En cuanto denuncien la desaparición del padre de Sharna, la policía registrará este lugar de arriba abajo. Interrogarán a todos, incluida Esme, pero tengo el presentimiento de que me protegerá si se lo pido.

Solo espero que Esme sea una mujer capaz de guardar secretos.