33 Caleb
Caleb
AHORA
Estoy en un aprieto.
No quiero asustar a Lauren contándole lo que escuché anoche, sobre todo porque mañana me voy y ella se queda aquí.
Cuando hemos hablado hace un rato quería convencerla de que viniera conmigo, pero ya lo he intentado antes y le parecerá raro si insisto.
Podría decírselo a la abuela, pero tampoco quiero asustarla a ella.
En cuanto a enfrentarme a Owen, eso está descartado. Si lo provoco, quién sabe de lo que sería capaz. Me niego a poner en peligro a la abuela, a Lauren y al resto de la casa, especialmente cuando yo no esté.
Podría hablar con Ria, pero si le digo algo, probablemente irá corriendo a contárselo a Owen, que es justo lo que quiero evitar. Me queda Tillie, pero si ella es la mujer de la que hablaban Owen y Ria anoche, ¿no la estaré poniendo sobre aviso?
Para colmo, parece que durante una de mis lagunas de anoche destrocé parte del jardín de Tillie. Un arriate entero junto al cobertizo ha quedado arrasado: flores decapitadas, la tierra removida y un enorme agujero excavado en el centro.
Tillie aún no lo ha visto, y sé que tendré que confesarlo cuando lo descubra; de lo contrario, se pondrá hecha una furia y culpará a todo el mundo.
Pero eso significa reconocer mis lagunas, y odio que alguien que no sea la abuela lo sepa.
Ni siquiera se lo he contado todavía a Lauren, por miedo a que lo vea como una muestra de debilidad o llegue a considerarme un peligro si soy incapaz de recordar lo que hago durante ellas.
Resulta que Lauren se quedó dormida anoche en el estudio mientras leía, lo que explica por qué no la desperté con mis actividades nocturnas: levantarme, vestirme y destrozar el preciado jardín de Tillie.
Lauren se metió en la cama hacia las cuatro de la madrugada, golpeándose la espinilla por el camino y mascullando maldiciones mientras se deslizaba bajo las sábanas a mi lado.
Cuando le cuente la verdad a Tillie, le haré prometer que guardará el secreto de mis lagunas. Le gustará saber algo que Lauren desconoce y, aunque no me hace ninguna gracia ocultarle cosas a mi mujer, lo hago por su propio bien.
Encuentro a Tillie en el jardín, consternada mientras contempla los destrozos que hice durante una de mis lagunas. Está temblando y, cuando me acerco, se da la vuelta con el rostro desencajado por la rabia.
—¿Quién ha hecho esto? —Su tono es grave, gutural, cargado de furia—. Como haya sido tu mujer, la mato. Ayer estuvimos trabajando en el jardín y ahora esto. ¡Está como una cabra!
Sorprendido de que culpe a Lauren tan deprisa, digo:
—Lo siento, Till. Fui yo.
Arquea las cejas y el pecho le sube y baja.
—¿Qué narices? ¿Me estás mintiendo para cubrir a tu mujer, que está loca de remate?
—Deja a Lauren al margen —murmuro, harto de su hostilidad—. Tengo algo que contarte. Es un secreto. —Hago el gesto de cerrarme una cremallera sobre los labios—. ¿Podemos ir al estanque, sentarnos un rato y te lo cuento todo?
Me mira con desconfianza, pero confío en que acabará aceptando. Niega con la cabeza y se me cae el alma a los pies.
—Déjame rellenar el agujero y te veo allí —dice, con el abatimiento hundiéndole los hombros—. Y más vale que tengas una buena razón para haber destrozado lo único que más me importa de este sitio.
—¿Pensaba que el que más te importaba era yo?
Mi sonrisa torcida la desarma y las comisuras de sus labios se curvan ligeramente.
—Vete de aquí —murmura, aunque toda la rabia parece haberse disipado—. Te veo en el estanque dentro de veinte minutos.
—Gracias por ser tan comprensiva, Till.
Resopla y me da la espalda, dirigiéndose al cobertizo para coger una pala. Debería ofrecerme a ayudar, pero no quiero tentar a la suerte.
Me pongo el bañador y cojo una toalla para darme un último chapuzón antes de ir al estanque. Respiro aliviado cuando Till aparece media hora después.
—Rellenar ese agujero me ha llevado más tiempo del que pensaba —dice a modo de disculpa por el retraso.
Me trago mi primera respuesta, «No era tan hondo», porque no quiero irritarla.
—¿Cuál es ese secreto que quieres contarme?
Está de pie frente a mí, con las manos en las caderas, así que doy unas palmaditas sobre la hierba a mi lado.
—Si te lo cuento, no puedes decírselo a nadie, ni siquiera a Lauren.
Eso despierta su interés y se sienta. Tal como imaginaba, el atractivo de saber algo que mi mujer desconoce ha surtido efecto.
—¿Te acuerdas de cuando pasábamos aquí todo el tiempo durante las vacaciones escolares?
Sus ojos se empañan con los recuerdos.
—Me acuerdo. Fueron los mejores tiempos. Aunque estar tan cerca del agua me aterrorizaba. —Pone los ojos en blanco, pero las comisuras de la boca se curvan con diversión—. Las cosas que hacía por ti.
—Odiaba el internado, y volver a casa durante las vacaciones era lo único que me mantenía cuerdo.
—Por mucho que también me guste recordar los viejos tiempos, ¿qué está pasando, Caleb?
Típico de Tillie. Directa al grano.
—Solo la abuela sabe lo que voy a contarte, pero no quiero que hables con ella de mis últimas lagunas. Solo conseguirías preocuparla.
La confusión le arruga el entrecejo.
—¿Lagunas?
—Las tengo desde que era niño. No sé cuánto duran ni, lo que es peor, qué ocurre durante ellas. Llevaba años sin sufrir ninguna, pero anoche me desperté apoyado contra tu cobertizo y debo de haber destrozado tu jardín. Lo siento.
—¿No recuerdas nada?
—Nada. Solo me pasa cuando estoy aquí, lo cual es muy extraño.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Saber qué?
—Que solo te pasa aquí.
—Porque nunca me he despertado fuera de mi apartamento ni deambulando por la ciudad.
—¿Y Lauren no sabe nada?
Niego con la cabeza.
—Me gustaría que siguiera siendo así.
—¿Por qué le ocultarías algo así a tu mujer?
—Tengo mis razones. —La última persona a la que voy a confesarle mis inseguridades sobre no querer parecer débil delante de Lauren es Tillie—. Así que ya lo sabes.
—Gracias por contármelo. —Coloca su mano sobre la mía, apoyada en la hierba entre los dos—. Tu secreto está a salvo conmigo.
Su mano permanece sobre la mía demasiado tiempo, así que retiro la mía con suavidad.
—Voy a darme un baño —digo, poniéndome de pie—. Es mi último día aquí, y quiero disfrutar de un poco de tranquilidad antes de volver a la oficina.
Me detengo un instante, preguntándome si debería esperar para darle la siguiente noticia importante, pero decido que no. Retrasar lo inevitable solo hará que sea peor cuando descubra la verdad. Ahora estamos bien. Es el momento perfecto.
—Quiero que te enteres por mí primero, Till. Vamos a vender la casa. Esta vez va en serio. Llevamos más de seis meses aplazándolo, pero hay un importante promotor inmobiliario interesado y ha llegado el momento.
Se le entreabre la boca por la impresión.
—No podéis... —dice poco más que en un susurro.
—Tenemos toda la documentación. Pienso revisarla después de darme un baño y luego la abuela y yo la firmaremos.
Tillie niega con la cabeza, con movimientos cortos, bruscos y espasmódicos. Tiene los labios comprimidos y una expresión desafiante.
—Te buscaremos otro sitio donde vivir a ti y a los demás. No os quedaréis sin techo. Ya he estado mirando una casa en Ballarat. Por lo que he visto, merece la pena echarle un vistazo. Quizá podríamos hacerlo mañana por la mañana antes de que me vaya.
Si consigo que esté de nuestro lado, será más fácil ayudar al resto de los residentes a afrontar la transición.
Sigue negando con la cabeza, y no me sorprendería que acabara tapándose los oídos para no escuchar ni una palabra más.
Lo intento otra vez.
—Vamos, Till. Sabes que puedes confiar en mí. Solo quiero lo mejor para ti. Pensándolo mejor, vamos a ver ese sitio de Ballarat ahora mismo. A ver qué te parece.
Deja de mover la cabeza de un lado a otro y, cuando me fulmina con una mirada cargada de rabia, doy un paso atrás.
—No vamos a ir a ningún sitio —dice con un gruñido gutural mientras avanza hacia mí con los brazos levantados y los dedos curvados como garras, como si estuviera a punto de estrangularme.