Todo lo que enterramos 32 Lauren
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AHORA

—Siento tener que dejarte aquí tan pronto —dice Caleb, plantándome un beso en la sien—. Mi jefe es un capullo exigente.

Yo también lo creo, pero Caleb es aún peor por bajarse los pantalones ante un tirano. Podría mandarlo a la mierda y encontrar un trabajo mejor, pero sé que no lo hará. No tiene agallas, que es precisamente por lo que no tiene ni la más remota idea de lo que me traigo entre manos.

—No te preocupes por mí, estaré bien. —Apoyo la cabeza en su hombro, como a él le gusta.

Caleb es de los que van de protectores. Cuando caminamos por la calle, siempre va por el lado de la calzada.

Cuando estamos entre la gente, me pasa el brazo por la cintura.

Cuando vamos de compras, carga con todas las bolsas.

Es un buenazo, lo cual me facilita la vida.

Imagínate si tuviera que fingir afecto por un cretino como Owen.

Aunque bien pensado, ya lo había hecho. Pero Owen ya cumplió su función y, por suerte, durante el tiempo que llevamos aquí se ha mostrado discreto y respetuoso, manteniéndose a distancia.

Lo observo interactuar con los demás inquilinos y se muestra dócil en lugar de chulesco, lo que me indica que va por el buen camino.

No se parece en nada al hombre con quien tuve una aventura, así que o bien la policía le dio un buen susto o mató a su mujer y esconderse aquí es la tapadera perfecta.

Con su mujer todavía desaparecida, doy por hecho que es el principal sospechoso, de modo que lo más probable es que la policía sepa que está aquí; algo que, sin comerlo ni beberlo, vuelve a ponerme a mí también en el punto de mira.

Quizá le doy demasiadas vueltas a las cosas, pero estoy alerta ante la más mínima rareza, lo que significa que no pierdo detalle de cómo interactúan todos.

No sé si Caleb se ha percatado, pero Esme no se encuentra bien.

Apenas toca la comida, se pasa las tardes durmiendo la siesta y su palidez por las mañanas salta a la vista.

Delante de Caleb se esfuerza por aparentar que está como una rosa, y él no ha mencionado que nada vaya mal.

Me alegra, porque si abre los ojos se quedará, y eso es lo último que quiero.

Ya es bastante difícil fingir que soy la esposa abnegada las veinticuatro horas del día como para que encima se me pegue a la chepa indefinidamente.

—¿Segura de que quieres quedarte aquí? —Me aprieta la cintura—. Yo no tuve elección al crecer, pero Amberfield es un pueblo que parece dormido, y esta casa de inadaptados no es exactamente el tipo de ambiente al que estás acostumbrada.

Levanto la cabeza de su hombro y le sujeto la barbilla con la mano.

—No me importa nada de eso. Tu abuela se va haciendo mayor y es tu familia, igual que yo lo soy ahora.

Me llevo una mano al pecho, esforzándome por poner mi mejor expresión sumisa.

—Esme es importante para ti, así que también lo es para mí. Además, pasar tiempo con alguien tan encantadora como ella no supone ningún sacrificio.

El ceño fruncido de preocupación entre sus cejas se suaviza.

—A ella también le caes bien.

—Me alegra.

—¿Y el resto de la pandilla? —Hace una pausa, y sé lo que va a decir antes de que abra la boca—. ¿Cómo se está portando Tillie contigo?

Tendría que estar ciego para no notar la animosidad que irradia Tillie cada vez que ronda cerca de mí, pero yo no he sido más que amable con ella, sin querer darle motivos para abrir una brecha entre Esme y yo.

—Sigue tratándome como a una enemiga, pero puedo con ello. —Me encojo de hombros—. Además, ¿quién puede culparla? Tiene el mismo gusto exquisito para los hombres que tengo yo.

Él esboza una mueca avergonzada.

—¿Quizá se calme cuando me vaya?

Lo dudo, pero respondo:

—Esperemos.

—Voy a hablar con ella antes de marcharme.

—¿Para qué? Podría empeorar las cosas.

—¿Peor que envenenarte la comida?

Me río, pero una punzada de inquietud me recorre por dentro. Me he dado cuenta de que Tillie es tan posesiva en la cocina como lo es en el jardín y, con Esme enferma sin motivo aparente, me pregunto si Tillie tendrá algo que ver.

Le prepara a Esme todos los días un brebaje pestilente que apesta a col podrida, con hierbas del jardín y unos trozos de fruta. Sería sencillísimo envenenar a la anciana con la esperanza de quedarse con la casa.

Pero si Caleb es copropietario, ¿de qué serviría quitar de en medio a Esme?

¿A no ser que Tillie planee deshacerse de mí también, con la delirante esperanza de tener a Caleb solo para ella?

Perturbada por mis propios pensamientos sombríos, me acurruco contra el hombro de Caleb.

—Puedo con Tillie. Aquí estaré bien.

—Tú puedes con todo.

Pego mis labios a los suyos y finjo disfrutar cuando su lengua se adentra en mi boca. Cuando nos separamos, la adoración de su mirada me incomoda. Soy una mala persona por engañar a este buen hombre.

—Te quiero —dice, con una sonrisa torcida.

—Yo te quiero más.

Su abrazo me saca todo el aire de los pulmones antes de salir, y suspiro aliviada en cuanto cada músculo de mi cuerpo, en permanente estado de alerta, se relaja.

Cuanto antes abandone Caleb Ghost Gum House, mejor.