Todo lo que enterramos 31 Tillie
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31 Tillie

Tillie

ENTONCES

Nos lleva varias horas y muchos descansos enrollar el cuerpo del padre de Sharna en una alfombra, arrastrarla por el jardín trasero, atravesar los pinos que bordean Ghost Gum House y llegar hasta el jardín de la Abuela Esme.

Volvemos corriendo al cobertizo a por las palas y nos colamos entre los pinos. La piel me escuece donde las agujas me arañan, pero apenas lo noto, impulsada por la adrenalina y el miedo a que nos descubran, aunque la oscuridad lo envuelve todo como un manto invisible.

Cavamos al unísono y, cuando el hoyo tiene la profundidad suficiente, hacemos rodar al señor Ulverstone hasta el interior, arropándolo con la alfombra. Rellenar la fosa resulta mucho menos agotador y nuestra respiración empieza a acompasarse cuando damos la última palada de tierra y la apisonamos.

—Se nota demasiado —dice Sharna, arrugando la nariz.

—No si plantamos algo encima.

Arquea las cejas.

—Eso será aún peor. ¿Qué pensará la Abuela Esme si de repente aparecen plantas o flores nuevas en la esquina más apartada del jardín?

—No le parecerá raro si su nueva inquilina es una apasionada de la jardinería.

Desconcertada, Sharna recoge su pala y me entrega la mía.

—No te entiendo.

—Voy a mudarme aquí. A volverme imprescindible para la anciana. A convertirme en su mejor amiga. Y durante mi primera semana plantaré arbustos y flores por todo este jardín.

Sharna abre mucho los ojos.

—No puedes dejar tu trabajo para quedarte atrapada en este pueblo sin futuro por culpa de lo que hice yo.

Me encojo de hombros.

—De todas formas ya me habían despedido cuando pedí unos días libres.

—Ay, Tillie... —Niega con la cabeza.— Siento muchísimo haberte metido en el desastre de mi familia.

Señalo el hoyo que acabamos de cubrir.

—Era un monstruo, Shell. Te habría hecho cosas mucho peores a ti y a otros. Me alegro de haber estado aquí cuando lo mataste.

Levanto el meñique.

—Estamos juntas en esto, ¿recuerdas?

Los ojos se le llenan de lágrimas mientras engancha su meñique al mío.

—Eres la mejor.

Cuando nos soltamos, digo:

—Sabes que tú no puedes quedarte aquí, ¿verdad?

Frunce el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Van a empezar a hacer demasiadas preguntas.

Tienes que coger todo el dinero que puedas, hacer las maletas e irte.

En cuanto denuncien la desaparición de tu padre, y eso ocurrirá cuando deje de contactar con sus colegas o de pagar facturas o lo que sea, serás una menor sin tutor y, además, una sospechosa. Así que tienes que desaparecer.

Señalo hacia la casa.

—Pero antes tenemos que dejar esa cocina reluciente.

—¿Pero si no hubo sangre?

—Ya, pero si la policía busca huellas dactilares, encontrará las mías y no puedo permitir que eso pase.

A pesar de lo unidas que estamos, nunca le he contado a Sharna mi pasado. A día de hoy sigo aterrorizada ante la idea de que me encuentren y me devuelvan a Dirtridge, donde mi padre puede seguir vivo... o no. Y, si lo está, prefiero ni imaginar el castigo que me impondría.

No es que crea que el querido papá hubiera denunciado mi desaparición. Si alguien le preguntó, seguramente dijo que me había escapado. Pero no me fío de nadie, ni siquiera de mi mejor amiga.

—No estoy segura de esto, Till. —Sharna niega con la cabeza.— Yo sola no sabré arreglármelas. Si sobreviví después de escapar de Fitz fue gracias a ti.

—Eres mucho más fuerte de lo que crees. —Le aprieto el brazo por encima del codo.— Puedes hacerlo. Sabes lo que tienes que hacer. Vuelve a Melbourne, busca trabajo y reinvéntate. Esta vez podremos mantener el contacto. Yo me compraré un móvil barato y tú también tendrás uno nuevo.

La obligo a creer en mis palabras con una sonrisa, aunque por dentro estoy preocupada por ella. Tiene razón. Fui yo quien nos mantuvo a flote después de escapar de Fitz y de la estación de servicio, y no estoy segura de que tenga el instinto necesario para sobrevivir sola.

—Sharna, es la única manera. Tienes que desaparecer y cambiar de aspecto para que nadie pueda relacionarte jamás con este lugar.

Veo el instante exacto en que reúne toda la valentía que le queda: sus ojos se endurecen y los labios se convierten en una fina línea.

—Puedo hacerlo —murmura, asintiendo.

Suelto el aire lentamente, aliviada.

—Bien. Vamos a dejar tu cocina impecable, luego haremos las maletas y trazaremos un plan.

Se queda quieta un segundo antes de lanzarse sobre mí y rodearme la cintura con fuerza.

—Nunca podré agradecértelo lo suficiente, Till. Estaré en deuda contigo toda la vida. Lo que necesites, cuando lo necesites, aquí estaré.

Le devuelvo el abrazo, esperando no tener que pedirle nunca ese favor, porque eso significaría que estoy metida en un lío del que no puedo salir por mí misma.

Y jamás quiero volver a encontrarme en una situación así.