30 Caleb
Caleb
AHORA
Un grito agudo me arranca del sueño y me incorporo de golpe en la cama.
Pero no estoy en la cama.
Estoy fuera, con la hierba húmeda bajo las palmas mientras apoyo las manos en el suelo. Algo me sostiene la espalda y, al volver la cabeza, descubro que es el cobertizo.
El cobertizo de Tillie.
Parpadeo rápidamente, desesperado por orientarme.
¿Cómo he llegado hasta aquí?
La oscuridad es densa y me rodea mientras me pongo en pie. ¿He caminado dormido? Bajo la vista, sorprendido al comprobar que voy completamente vestido —vaqueros, camiseta, zapatillas— y no en pijama.
¿Qué es lo último que recuerdo? Cenar con todos, disfrutar de una de las famosas ensaladas de hierbas y flores comestibles de la abuela que tanto me gustaban de niño, arroparla temprano en la cama, hacer planes con Tillie para ir al estanque mañana, enseñarle a Lauren el papeleo de la venta de la casa, darme una ducha, acostarme.
Entonces me doy cuenta: debo de haber tenido una de mis lagunas.
Pero, para que me haya levantado de la cama, me haya vestido y haya acabado aquí fuera, habría despertado a Lauren.
A menos que ella no hubiese venido a acostarse.
Escudriño la oscuridad intentando ver de dónde vino el grito que me ha despertado.
Pero no hay nada salvo el canto de los grillos y el ocasional ulular de un búho que rompa la paz.
Hay una luz encendida en el salón y en una de las habitaciones del piso de arriba, aunque estoy desorientado y no logro distinguir si es la mía o la de la abuela.
Ambas dan al jardín trasero y desde ellas se ve hasta el cobertizo y más allá.
Otro grito rasga el aire, más suave esta vez, más parecido a un alarido, y me pongo en tensión. Venía de la pérgola, al otro lado del jardín.
Camino hacia allí, agradecido por las sombras. La pérgola también está a oscuras, pero consigo distinguir la silueta de dos figuras, un hombre y una mujer. Solo cuando me acerco un poco más veo que son Owen y Ria. Él la sujeta del brazo y ella hace un intento a medias de soltarse.
—Suéltame —dice Ria—. Me estás haciendo daño.
—Intento hacerte entrar en razón. —Le sacude el brazo—. Tienes que parar lo que sea que estás haciendo.
—Yo no estoy haciendo nada. —El tono de Ria es obstinado—. El que tiene problemas eres tú.
—No seas estúpida. —Su resoplido se alarga—. Si le pasa algo a ella, las sospechas caerán sobre todos nosotros, y eso no podemos permitirnoslo.
—Quieres decir que tú no puedes permitírtelo. —La risa de Ria es áspera—. La policía te encerrará seguro si otra mujer muere bajo tu vigilancia.
—Cierra la puta boca —murmura él, soltando a Ria tan de golpe que ella tropieza—. Y mantén la boca cerrada. Yo hablaré con ella.
—Será mejor que lo hagas, porque está al límite. —Ria hace círculos en la sien con el dedo índice—. ¿Quién sabe de lo que es capaz?
Salen de la pérgola y se deslizan hacia la casa, dejándome a partes iguales atónito e intrigado.
¿Quién es la mujer que corre peligro por culpa de los inquilinos de mi abuela, y quién es la otra mujer muerta de la que Owen es responsable?