29 Tillie
Tillie
ENTONCES
Sharna y yo estamos dándole vueltas a una especie de plan cuando la puerta del cobertizo que nos oculta se cierra de golpe.
Damos un brinco y me echo hacia atrás cuando veo al señor Ulverstone por primera vez.
Sharna tiene razón.
Es un monstruo.
Lo veo en sus ojos. La indiferencia muerta y fría de un hombre capaz de matar sin remordimientos, teñida de avaricia.
Un hombre que mira a dos chicas adolescentes con una sola cosa en la cabeza.
—No me dijiste que habías invitado a una amiga, Sharna. Soy Ray Ulverstone, pero puedes llamarme Ray. —Extiende la mano—. Encantado de conocerte.
Está encantadísimo, a juzgar por cómo su mirada codiciosa me recorre de arriba abajo, y me entran ganas de vomitar.
—Pues yo no.
Es una respuesta estúpida y desafiante, teniendo en cuenta que el padre de Sharna es enorme. Un metro ochenta y ocho, hombros anchos y bíceps que se le marcan mientras hunde las manos en los bolsillos.
Soy una idiota por provocar a alguien así. Aunque, por el cálculo que se adivina en su mirada, tampoco es alguien a quien pueda engatusar. Está demasiado perdido para eso. Un camaleón que muestra una cara al mundo y tortura a puerta cerrada.
—Eso no está muy bien —dice, con los labios replegados sobre los dientes en un remedo de sonrisa que me hiela la sangre—. ¿Cómo te llamas?
—Maddie —dice Sharna antes de que pueda responder, protegiéndome—. No se queda.
—¿Por qué no? —Su mirada repulsiva vuelve a recorrerme—. Tenemos sitio de sobra, y cualquier amiga de Sharna es amiga mía.
Me trago las ganas de soltarle un «que te den».
—Gracias, pero tengo dónde quedarme.
Una mentira con la que espero que no me lleve la contraria.
—Bueno, al menos tienes que quedarte a cenar —dice—. Es lo mínimo que podemos hacer. —Su risa me paraliza—. Siempre cuido muy bien a mis invitados.
La casa parece lo bastante grande como para tener un sótano, donde probablemente hace la mayor parte de sus «entretenimientos». Qué asco.
Estoy a punto de negarme cuando me doy cuenta de que Sharna y yo no hemos tenido tiempo de planear su huida. Si me quedo, puede que tengamos esa oportunidad.
—Bueno, gracias, me quedo a cenar.
Sharna tiene los ojos como platos y niega con la cabeza, así que le lanzo una sonrisa tranquilizadora.
—Le digo a Abuela Esme que no vuelvo a cenar, pero luego paso por casa —digo—. Seguro que no le importa.
El señor Ulverstone frunce el ceño en un gesto imponente, pues he esquivado hábilmente sus planes de tenerme retenida aquí, como a Sharna, o de pasarme a alguno de sus amigos igual de siniestros.
El alivio de Sharna es palpable cuando sus hombros se desploman.
—¿Por qué no la llamas mientras pongo la mesa para cenar?
—La llamarás cuando entremos —dice él, fulminándome con la mirada.
Vaya, he cabreado al psicópata.
Sin más opción que hacer lo que dice, me pongo al lado de Sharna.
Su espalda está rígida junto a su padre, sus pasos mecánicos, en un estado constante de lucha o huida, y mientras entramos en la casa con el señor Ulverstone detrás, espero no haber cometido el mayor error de mi vida viniendo a rescatar a mi amiga.
El suave clic de la puerta al cerrarse a mis espaldas es peor que si la hubiera cerrado de golpe, como la del cobertizo, porque sé lidiar con el genio de los hombres malos —gracias, papá—, pero los tranquilos son los peores.
Cuando su mano se cierra sobre mi hombro, me estremezco y me suelto de un tirón, dándome la vuelta, intentando mantener un semblante de calma y fracasando estrepitosamente.
—¿Por qué estás tan nerviosa? —Vuelve a mirarme con lascivia y siento como si me hubieran metido en una cuba de baba.
Pobre Sharna. No la culpo por haberse puesto en contacto conmigo. El barniz que oculta las inclinaciones de este hombre es muy fino.
Sharna se desliza por detrás de él con el pretexto de sacar los cubiertos del cajón, pero no nos quita los ojos de encima ni a mí ni a él.
Mostrar miedo a este asqueroso sería hacerle el juego, así que reúno fuerzas para sostenerle la mirada.
—No me gusta que me toquen los desconocidos.
Mi voz suena fría, indiferente, mientras por dentro soy un manojo de nervios.
—No seremos desconocidos por mucho tiempo —dice, invadiendo mi espacio personal, tan cerca que puedo oler su penetrante aftershave almizcleño.
Se me revuelve el estómago y me trago la repugnancia.
Me tiende la mano.
—¿Por qué no me das tu teléfono y llamo yo a Esme por ti?
¿Cómo había pensado que podría superarle en astucia? Los hombres como él están acostumbrados a jugar, a esconderse en las sombras, a deleitarse atormentando a sus víctimas.
—No, lo hago yo. —Meto la mano en el bolsillo y cierro los dedos alrededor del teléfono que había comprado en una casa de empeños con una SIM de oferta, esperando tener tiempo de llamar al 000 antes de que haga algún movimiento—. ¿Por qué no…?
—¡Para! —ruge, y Sharna y yo damos un brinco—. Estoy muy lejos de ser el idiota que crees. Vi ese patético grito de auxilio que mi hija te envió, y lo único que pensé fue: fantástico, más diversión para mí cuando llegues.
Abre los brazos de par en par.
—Y aquí estás.
Su carcajada me pone los pelos de punta.
—Tengo muchos amigos que están deseando conocerte.
El terror me inmoviliza, y cuando se inclina hacia delante para deslizar un dedo por mi mejilla, me encojo.
Se ríe y hunde los dedos en mi cabello, clavándome las uñas en el cuero cabelludo. Suelto un grito y me echo hacia atrás justo cuando sus ojos se abren de par en par y se desploma hacia un lado, con el agarre sobre mí aflojándose.
Su caída al suelo es torpe y se golpea la cabeza en la esquina de la mesa de camino hacia abajo. El golpe apenas le hace daño porque ya está muerto, con los labios entreabiertos en un gesto de sorpresa y los ojos fijos y sin vida.
Al apartar la mirada de su cuerpo inerte y levantar la vista, veo a Sharna sosteniendo una sartén de hierro fundido, con una sonrisa de satisfacción asomándole a los labios.
Me quedo boquiabierta, con la mirada yendo y viniendo entre ella y el cuerpo de su padre.
—Ya no puede hacerle daño a ningún niño nunca más —dice, mientras el shock se apodera de ella, el brazo le tiembla y suelta la sartén.
Esta cae al suelo con estrépito y las dos damos un brinco.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta con la voz apenas por encima de un susurro, mientras las lágrimas le llenan los ojos.
Estoy paralizada, con la mente hecha papilla. De las dos, yo soy la que piensa. Se me ocurren los planes y Sharna los sigue. Así fue como acabamos marchándonos de la estación de servicio y sobrevivimos en la ciudad, trabajando juntas, ahorrando, planeando el futuro.
Ahora, por culpa de aquel documental sobre personas desaparecidas que vimos con Deirdre, estamos aquí.
De pie frente al cadáver de su padre, preguntándonos qué demonios hacer.
Sé una cosa.
No podemos implicar a la policía.
En cuanto empiecen a investigar mi pasado, estoy perdida. Los Servicios de Protección de Menores se implicarán y me mandarán a algún hogar infernal que puede ser peor que aquel del que huí.
—Podríamos alegar legítima defensa —dice Sharna, temblando de pies a cabeza—. Te puso la mano encima y estábamos aterrorizadas.
—Pero aparte de tus moratones, que son circunstanciales aunque digas que te los hizo él, yo no tengo ninguna marca.
El miedo le dilata los ojos.
—Tengo la carta de mamá.
—Sí, pero si nos examinan y no hay señales de maltrato, no puede considerarse legítima defensa. Pensarán que lo asesinamos porque encontraste esa carta.
—Mierda —murmura Sharna, con una palidez alarmante—. Reaccioné sin pensarlo bien.
Cuando mi cerebro empieza a funcionar de nuevo, me quedo mirando el cadáver.
—Se me ocurre algo.
—¿Algo que no nos lleve a las dos a la cárcel?
Consigo esbozar una sonrisa débil y asiento con la cabeza.
—Esto es lo que estoy pensando…