Todo lo que enterramos 27 Tillie #2
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27 Tillie #2

Mientras sigue mirando por la ventana, salgo de la cobertura de los árboles y la saludo con la mano. La mirada de Sharna se clava en mí y la sonrisa que le ilumina la cara me alegra de haber venido.

Se lleva el dedo a los labios pidiéndome silencio y señala hacia abajo, hacia la puerta trasera directamente debajo de su habitación.

Asiento para indicar que he entendido y espero a que baje. Puede que haya sacado conclusiones precipitadas sobre ese moratón. Puede que se haya tropezado y se haya golpeado la cara con cualquier cosa.

Pero lo más probable es que su cara haya chocado contra el puño de su padre, y ese pensamiento me hace desear entrar a la fuerza en esa casa y devolverle el favor.

No soy una persona violenta, nunca lo he sido. Pero si mi inútil excusa de padre me enseñó algo, es que hay personas que no atienden a razones y a las que hay que enseñarles lo que está bien.

La puerta trasera se abre y Sharna mira por encima del hombro, como si esperara que alguien la detuviera, y se me cae el alma a los pies.

Vive aterrorizada de quien sea que esté en la casa.

Señalo el cobertizo en el rincón más alejado del jardín, y ella asiente. Me mantengo oculta entre los árboles mientras avanzo hacia él, y ella cruza el jardín trasero como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

Llego al cobertizo primero y me escondo detrás, y cuando Sharna llega, abre la puerta como si estuviera buscando algo.

—¿Cómo estás? —murmuro, deseando poder abrazarla pero sin atreverme a salir a la vista hasta saber que es seguro.

—Fatal. Me alegra tanto que estés aquí. —Abre más la puerta para ocultarse de la vista y me atrae hacia un abrazo—. Pero me siento mal por haberte metido en esto.

Me está apretando tan fuerte que apenas puedo respirar, y cuando me suelta, veo que de cerca el moratón es más grande de lo que pensaba y se extiende por todo el lado derecho de la cara.

Es de un vívido morado y azul, lo que significa que es reciente, pero también vislumbro el desvanecido verde amarillento de un moratón más antiguo a lo largo de su clavícula, con marcas de dedos, como si alguien hubiera intentado empujarla hacia abajo.

—Eres mi familia. —Le agarro los brazos por encima del codo y no se me escapa su mueca de dolor, lo que significa que probablemente esconde más moratones bajo la ropa—. Estoy preocupada por ti.

Se encoge de hombros y la suelto, sin que me gusten las sombras fantasmales que veo en sus ojos.

¿Cómo ha podido retroceder hasta convertirse en esta chica asustada, cuando yo sé que no tiene nada que ver con eso?

—¿Qué está pasando, Sharna?

—Mi padre…

Odio que mi suposición sea correcta y espero a que continúe.

—Es un monstruo.

Se me cae el estómago a los pies, ese mismo vacío que experimenté durante mi único viaje en montaña rusa cuando tenía ocho años y un parque de atracciones llegó al pueblo.

En aquel momento, había disfrutado de la sensación de emoción y de la novedad de una actividad divertida que nunca había hecho antes, pero ahora el hundimiento de mis entrañas va acompañado de náuseas y de algo peor.

Terror.

Describir a alguien como un monstruo solo puede significar una cosa.

El padre de Sharna ha hecho cosas muy malas.

—¿Te ha hecho él esos moratones?

Asiente, con los ojos muy abiertos por el miedo.

—Y va a hacer algo peor si no consigo alejarme de aquí.

Sin querer preguntarlo, pero necesitando saberlo, digo:

—¿Cuánto peor?

—Fitz no me secuestró. Mi madre organizó que se me llevara.

Me quedo boquiabierta, atónita por su revelación.

—¿Qué?

—Mi madre lo previó todo en su afán de alejarme de mi padre. Me dejó una carta escondida en mi escondite favorito de mi habitación de cuando era pequeña, por si acaso algún día me encontraban y me devolvían a esta casa.

Se estremece.

—La encontré al segundo día de estar aquí. Estaba explorando mi habitación, contenta de estar en casa, aunque ya empezaba a percibir malas vibraciones de mi padre.

—¿Qué tipo de vibraciones?

—Las peores.

Las lágrimas le brillan en los ojos.

—Tiene una manera de mirarme… se me pone la piel de gallina.

A mí también, al suponer que lo que dice solo puede significar una cosa.

Si su madre llegó a tales extremos para entregar a su hija y protegerla de su padre, debía de temer por su vida y por la de Sharna.

—¿Ha hecho algo más que mirarte?

Tengo que preguntar, porque si ha abusado de ella, voy a entrar en esa casa a la fuerza, coger el cuchillo de cocina más cercano y clavárselo.

—Solo esto. —Señala los moratones de la cara y la clavícula—. Me los hizo cuando le pregunté si podía volver a Melbourne.

No me sorprende. Los hombres abusivos ejercen el poder a puñetazos; y algo peor.

—Tienes que irte —digo, con la mente ya dándole vueltas a las posibilidades de cómo puedo ayudar a Sharna a escapar—. Lo haremos esta noche.

Niega con la cabeza.

—La casa tiene una alarma cuyo código solo conoce él, y la activa desde las siete de la noche hasta las ocho de la mañana.

—Lo que significa que no puedes salir al amparo de la oscuridad.

—Exacto.

Señalo la casa con la cabeza.

—¿Está ahí ahora?

—Siempre está ahí. Desde que volví, no hemos salido. Lo pide todo a domicilio.

—Y supongo que vigila tu teléfono.

—Ajá.

—¿Cómo me enviaste ese correo?

Palidece.

—Tuve que acceder a hacer algo.

—¿Qué?

—Dejar que me hiciera una foto, llevando… —se interrumpe, y la repugnancia en su cara me dice más que las palabras.

El padre de Sharna es un pedófilo, y su madre lo sabía.

No entiendo por qué su madre no buscó pruebas y fue a la policía.

Aunque, bien pensado, esto es un pueblo pequeño de campo y las redes de pedófilos pueden llegar hasta quienes están en posiciones de poder.

Su madre debió de estar aterrada de que no la creyeran, o peor aún, de que le pasara algo a ella y Sharna se quedara sola con su padre.

—Borré el correo y limpié la papelera en cuanto lo envié —dice—.

Porque sabía que después revisaría mi teléfono.

Solo me deja usarlo delante de él, así que no puedo llamar a nadie, y prácticamente me vigila por encima del hombro mientras navego por internet.

La única manera de enviar ese correo fue porque recibió una llamada de un tipo que le hizo sonreír de oreja a oreja y se giró un momento para susurrar algo siniestro al teléfono.

—Suspira—. Menos mal que recibiste mi correo.

Su dependencia de mí me golpea en ese momento. Si yo no hubiera venido… no quiero ni pensar en lo que podría haberle pasado a mi amiga.

—Tus instintos son buenos, Shar, así que, aparte de lo que te ha hecho, ¿qué decía la carta de tu madre?

—Que lo descubrió mirando fotos de niños en internet y supo que tenía que alejarme de él, así que buscó la estación de servicio más remota que encontró en internet y le pagó mucho dinero a Fitz para que me mantuviera escondida allí.

Que si algún día volvía y ella había muerto, probablemente la había matado él.

Las lágrimas se me acumulan en los ojos y le resbalan por las mejillas mientras se me parte el corazón.

—Y que si alguna vez volvía aquí siendo menor de edad, me alejara lo máximo posible cuanto antes.

El horror de la situación de Sharna empeora.

—¿Crees que mató a tu madre?

Asiente y se pasa el dorso de la mano por debajo de la nariz.

—Al parecer, el caso de persona desaparecida volvió a estar en primer plano, tanto en internet como en los medios, poco después de que muriera mamá, lo que supongo que significa que renovó sus esfuerzos por encontrarme.

Quién sabe, quizás ella le echó en cara que me había ayudado cuando no pudo ayudar a los otros niños, y él, enloquecido de rabia, le hizo daño.

Niega con la cabeza.

—No quiero saberlo, pero una pequeña parte de mí quiere provocarlo con la verdad y ver cómo reacciona.

—No puedes. Te matará.

—No, no lo hará. —Su débil sonrisa me pone los pelos de punta—. Soy mucho más útil para él viva. Ya me ha dicho que tiene amigos que están deseando conocerme.

Asqueada, la bilis me sube a la garganta.

—Tenemos que alejarte de aquí.

—Tiene cámaras por toda la casa, y tú no tienes coche ni sabes conducir. ¿Hasta dónde crees que llegaríamos si salimos corriendo por la carretera hacia el pueblo?

—¿Y no hay nadie más en quien podamos confiar?

Sharna vacila antes de decir:

—Conocí a la mujer de al lado, Abuela Esme. Se presentó en nuestra puerta más o menos una hora después de que yo llegara, con un táper de muffins de manzana. Dijo que podía visitar Ghost Gum House cuando quisiera.

—Le pediré que nos lleve en coche⁠—

—Si alguien sabe que las apariencias engañan, somos nosotras —dice—.

No me extrañaría nada que mi padre hubiera reclutado a Abuela Esme en su plan para vigilarme, por si acaso acudía a ella en busca de ayuda.

¿Cuánto peor va a ser para mí, para nosotras, si está metida en el asunto y él descubre que intenté huir?

No había pensado en eso. Quizás estoy demasiado conmocionada por las revelaciones de mi amiga.

Entonces caigo en la cuenta.

Si yo no la hubiera ayudado a escapar de las garras de Fitz, no estaría en este aprieto, enfrentándose a algo mucho peor a manos de su padre.

¿Qué demonios he hecho?