Todo lo que enterramos 26 Caleb
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26 Caleb

Caleb

AHORA

Hay un ambiente extraño en Ghost Gum House.

Como si todo el mundo caminara sobre cáscaras de huevo.

Recuerdo que Owen me dijo algo parecido hace unos seis meses, pero por suerte no ha pasado nada malo en todo este tiempo.

La salud de la abuela no ha empeorado, que es precisamente por lo que sigue dando largas a la venta de la casa.

Eso, y que yo tampoco he presionado para quitárnosla de encima, porque he estado completamente absorto en mi torbellino de relación con Lauren.

Tillie me ha ido manteniendo al tanto porque confío plenamente en ella para que vigile a la abuela cuando no estoy.

No le he dicho abiertamente que no me fío un pelo de Owen, pero la forma en que le pregunto por los demás inquilinos cada vez que hablamos deja claro que tendría que ser tonta para no pillar mi animosidad hacia él; y Tillie tendrá muchas cosas, pero tonta no es.

Lo único que me resulta raro es la reacción que tuvo cuando mencioné que Ria podría pasar por su gemela.

Se rio y cambió de tema de inmediato, sin querer reconocer el parecido.

También me cantó las cuarenta, diciéndome que me metiera en mis asuntos en lo que respectaba a los inquilinos y que no esperara que me hablara de ellos.

Es comprensible, pero era un comentario sin importancia que ella sacó de quicio de forma desproporcionada.

Desde entonces ando un poco con pies de plomo con ella, y me pregunto si por eso noto esa atmósfera tan rara en la casa.

La abuela y Tillie representan el hogar para mí, así que si algo no encaja…

no es nada evidente, más bien una corazonada.

Curioso, teniendo en cuenta que Lauren se ha adaptado a las mil maravillas a la casa, con mucha más facilidad de la que esperaba.

No es que me preocupara la acogida de la abuela, pero Tillie sigue siendo un foco de inquietud. Siempre me ha parecido encantadora, pero la forma en que fulmina con la mirada a Lauren… resulta desconcertante.

Después de nuestra conversación de hace unos días, Tillie me ha estado esquivando.

Cuando salió corriendo a moco tendido, no fui detrás; preferí darle margen para que aclarara sus sentimientos.

Porque eso es lo que supongo que hay detrás de su tirria hacia Lauren y de sus puyas hacia mí: está muerta de celos porque todavía siente algo por mí.

Si Lauren se ha coscado, no ha soltado prenda. Está demasiado ocupada haciendo de nieta perfecta con Esme. Esa es la sensación que me da: que mi mujer está interpretando un papel, y no sé si poner las cartas sobre la mesa o no.

En cuanto a la abuela, sé que me oculta algo. Tengo que marcharme pronto y quiero tirarle de la lengua. Pero me da la espina de que me está evitando, y por eso hoy me la llevo al pueblo, a solas.

Se sube al coche con los auriculares ya puestos, sintonizada con uno de los muchos pódcasts a los que está enganchada. La comedia y el true crime son sus vicios confesos, así que la dejo a su bola. Ya tendremos tiempo de charlar cuando estemos en Amberfield, sobre todo cuando vea adónde la llevo.

Tengo tiempo para darles vueltas a mis decisiones durante los diez minutos de trayecto hasta el pueblo.

Ha llegado la hora de vender la casa. Desde nuestra primera visita a la inmobiliaria hace un tiempo, el tema se ha quedado estancado.

Mi contacto en Sídney, el intermediario, no tenía ningún interés en colocar una casa en la zona rural de Victoria, y la abuela se negaba en redondo a que Morty o Sam Cerri gestionaran la venta.

Tampoco insistí mucho porque, en cuanto conocí a Lauren, me nubló el sentido y apenas tuve tiempo para nada más, incluida la venta de la propiedad.

Pero ahora que hay una nueva agente inmobiliaria en el pueblo, espero que la abuela meta el acelerador. A pesar de haber sacado ella misma el tema de poner Ghost Gum House en el mercado hace seis meses, desde entonces no ha movido un dedo.

Y sé perfectamente por qué. La idea de dejar en la calle a sus inquilinos debe de ser un trago terrible para ella.

Tiene demasiado buen corazón para su propio bien, y por eso tengo que tomar yo las riendas.

Si no insisto en la venta, su salud podría seguir cuesta abajo y me niego a que eso ocurra.

Por el tiempo que le quede, quiero que alguien mire por ella, igual que ella ha mirado por los demás todos estos años.

Mientras aparco frente a la oficina de la inmobiliaria, la observo de reojo.

Mueve los labios ligeramente, como si fuera siguiendo el pódcast en voz baja, pero mantiene los ojos cerrados, lo que acentúa las arrugas que le nacen en las comisuras.

Además, está más pálida de lo habitual, y mi determinación se afianza.

Ghost Gum House se va a vender más pronto que tarde.

Le toco el brazo para llamar su atención y abre los ojos de golpe; me descoloca el destello de miedo que veo en su mirada.

¿Qué motivos tiene mi abuela para estar asustada?

Se quita los auriculares y los guarda en la funda antes de girarse hacia mí. Su mirada se desliza por encima de mi hombro hacia el edificio que tenemos detrás y asiente, como si se lo hubiera olido.

—Quieres vender la casa —dice, con un hilo de voz cansada.

—No creo que sea tanto un querer como una necesidad, abuela —le doy una palmadita en la mano, que descansa en su regazo—.

Estoy preocupado por ti, y creo que va siendo hora de que te cuiden, en lugar de ser tú quien cargue con el resto.

No olvides que fuiste tú quien abrió el melón hace seis meses; si no ha salido adelante antes ha sido por mi culpa, que he estado hasta arriba.

—Pero Tillie, y los demás… —Se interrumpe, y la culpa le acentúa las arrugas de la frente.

—No te comas la cabeza por ellos. Tendrán tiempo de sobra para buscarse otro sitio.

Se desinfla ante mis ojos.

—Sé que tienes razón, y fui yo la que quiso dar el paso hace medio año. Pero pensar en decírselo a Tillie… Ese lugar es tan su hogar como el nuestro.

—En realidad, abuela, no lo es. Es alguien de quien te compadeciste hace años, y el hecho de que se haya quedado no le da ningún derecho a pinchar ni cortar en lo que pase con la casa —le doy otra palmadita en la mano—. Solo tú y yo cortamos el bacalao aquí, y ha llegado el momento.

Se queda en silencio un buen rato antes de claudicar con la cabeza.

—Sé que tienes razón. Últimamente no me encuentro bien y levantarme de la cama cada día es un mundo.

Preocupado, contengo la ansiedad que me muerde por dentro.

—¿Has ido al médico?

Asiente.

—Después de tu última visita, en la que viniste tan mandón como de costumbre diciéndome que fuera al médico, fui.

Nada del otro mundo, solo el hierro bajo, el colesterol elevado y la tensión alta.

El colesterol y la tensión los tengo a raya con pastillas, y Tillie me prepara unos brebajes herbales de sabor espantoso que se supone que suben el hierro y son buenos para el bienestar general.

—¿Y te están haciendo algo?

Le cuesta admitir la verdad, pero al final suelta:

—No. Sigo por los suelos todo el día.

—Entonces hay que volver al médico y hacerse una analítica completa para mirarlo todo bien.

Sus labios se tuercen en una mueca de ironía.

—Cuando dices «con todo», prefiero que me hables de una hamburguesa completa y no de un médico.

Me río y me inclino por encima de la consola para estrujarla en un abrazo.

—Lo eres todo para mí, abuela. Y quiero tenerte a mi lado el mayor tiempo posible —hago una pausa antes de lanzar mi as bajo la manga—: porque estoy seguro de que te encantaría ser bisabuela.

Abre los ojos de par en par y su palidez resulta aún más preocupante mientras me mira con la boca abierta, completamente pasmada.

—¿Lauren está embarazada?

—No, pero ese es el plan a medio plazo, y queremos que formes parte de la vida de nuestro bebé.

—Tenéis tiempo de sobra para tener críos. Disfrutad primero de vuestro matrimonio.

Para mi sorpresa, no se muestra tan ilusionada como esperaba.

A la abuela le vuelven loca los bebés y siempre se deshace en atenciones con cada nueva madre del pueblo.

Espero que su reticencia no sea porque Lauren no le entra del todo, sino más bien porque quiere que nos consolidemos como pareja antes de dar el paso.

—¿Tú crees que estos recién llegados son de fiar? —Señala el escaparate, donde apenas se exponen unas pocas casas y terrenos en venta—. Por muy pelotas que sean Morty y Sam, conocen Amberfield y los alrededores al dedillo.

—He investigado a Elaine Russli. Ha colocado un montón de propiedades por toda Victoria y ha trabajado con varios de los grandes promotores inmobiliarios que compran fincas como la nuestra con vistas a expandirse.

Se ha instalado aquí porque la familia de su marido está en Ballarat y la suya en Bendigo, así que quería vivir a mitad de camino.

—Tiene sentido. Además, prefiero dejarle la comisión a una mujer con familia.

Yo también contaba con eso, por eso pedí cita con ella.

Ayudo a la abuela a salir del coche y noto que se apoya con fuerza en mi brazo; cuando empujo la puerta de la inmobiliaria, necesita bastante ayuda para salvar los dos escalones de la entrada.

Una recepcionista jovencita con una permanente idéntica a las de los años ochenta nos da la bienvenida y nos pasa a un despacho acristalado detrás de un separador de plantas.

Para mi tranquilidad, Elaine Russli es una mujer de cuarenta y tantos, directa y sin rodeos, que desde el primer minuto saca pecho con sus credenciales.

Nos desgrana su plan de marketing para Ghost Gum House, los plazos que maneja para la venta, el interés que ya ha mostrado un promotor y, para redondear la jugada, nos rebaja tres cuartos de punto de su comisión.

La abuela queda convencida, pero a pesar de las prisas que tengo por vender, no soporto que me metan presión para firmar papeles importantes sin leerme cada línea, incluida la letra pequeña.

Así que nos guardamos la carpeta, le agradecemos a Elaine que nos mande las copias digitales por correo y le aseguramos que estaremos en contacto.

Al salir de la oficina, la abuela vuelve a colgarse de mi brazo y mi preocupación latente se dispara.

—Iba a proponerte tomar un café, pero igual es mejor que vayamos directos a casa.

—Sí, cielo, lo prefiero —hace una mueca de dolor—. Pensar en perder el único hogar que he conocido me está dando dolor de cabeza.

—¿Qué te parece si visitamos la urbanización para jubilados en los próximos días y luego firmamos los papeles? Así verás cómo va a ser tu nueva casa antes de meterle mano a la venta de la vieja, y a lo mejor te quitas un peso de encima.

Me dedica una sonrisa lánguida.

—Me parece un buen plan.

—¿Quieres que me encargue yo de decírselo a Tillie y a los demás?

—No, ya lo hago yo. Se lo iré soltando poco a poco, para que vayan estando sobre aviso.

—Hay un centro nuevo en Ballarat que acoge a inquilinos y personas en situaciones difíciles —he hecho los deberes por si la abuela se echaba atrás en el último segundo—. Si a alguno le cuadra, me encargo yo mismo de mover los hilos y facilitar el traslado.

Llegamos al coche y le abro la puerta del copiloto. Me da una palmadita en la mejilla antes de subirse.

—Eres un buen chico, Caleb. Lauren tiene suerte de tenerte.

—El afortunado soy yo —digo, y para mi desconcierto, la abuela se llama a silencio en lugar de darme la razón.

Lauren no ha soltado prenda sobre ninguna tensión entre ellas.

Aunque, bien pensado, ¿lo haría? Desde que pisamos Amberfield, Lauren ha sido la paciencia y la complacencia personificadas, a pesar de la hostilidad flagrante de Tillie.

Se ha metido en el bolsillo a Peony y a Jas, que comparten su vicio por los realities malos.

Ria y Gianna se lo pasan bomba jugando al whist con ella, e incluso Des suaviza el gesto cuando ella está delante.

Owen es el único que la evita deliberadamente, aunque nunca llega a ser maleducado. Al contrario que Tillie. Tendré que tener otra charla con ella antes de marcharme, y sé perfectamente dónde ponerle la cita.

Uno de nuestros rincones favoritos de adolescentes era el estanque que hay al fondo de la finca.

No cubre mucho y resulta de lo más agradable en verano.

Tillie y yo pasamos allí horas muertas. Yo nadaba, picándola para que metiera aunque fuera un pie, pero nunca hubo manera; después nos dábamos el lote a hablar durante horas tumbados en las toallas a la orilla.

Tenía la idea de llevar a Lauren allí antes de irme, pero urge más tener una conversación a solas con Tillie para asegurarme de que mi mujer va a estar tranquila mientras yo no esté.

Porque me da la espina de que, en cuanto Tillie descubra que está a punto de quedarse sin el único sitio al que llama hogar, va a brotar.

La última vez que saqué el tema, hace seis meses, me miró como si me hubiera convertido en su peor enemigo.

Aunque a Tillie no le entre Lauren, debe de estar dando palmas con que Lauren me tenga distraído, porque he estado tan encandilado con nuestra nueva vida que dejé la venta de la casa en punto muerto.

Y viendo que la abuela se lo tomaba con calma, Tillie debió de pensar que habríamos aparcado la idea por completo.

Nuestro plan va a ser un jarro de agua fría para Tillie, y solo espero que no le busque las cosquillas a la abuela.

No lo voy a consentir.