Todo lo que enterramos 25 Lauren #2
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25 Lauren #2

—Sí, claro, por eso me casé con Caleb, porque sabía que su abuela era la dueña de esta casa y que tú te escondías aquí.

Resoplo.

—Madura de una vez, Owen. El mundo no gira a tu alrededor.

—En algún momento, para ti sí —su mirada se vuelve lúbrica cuando se fija en mi boca antes de volver a mirarme a los ojos.

—¿Qué haces aquí, de todas formas? La última vez que supe algo de ti, la pasma te había trincado bajo sospecha de asesinato.

—No tenían pruebas suficientes para empapelarme —se encoge de hombros—. Mi mujer sigue desaparecida.

—Se nota que estás roto de dolor.

Se ríe ante mi sarcasmo, y me cuesta no dar un paso atrás. ¿Cómo coño dejé que este tipo me pusiera la mano encima? Prefiero ignorar la respuesta obvia: los billetes.

—El hecho de que estuviera teniendo una aventura contigo debería darte una pista de que nuestro matrimonio estaba prácticamente muerto antes de que ella desapareciera. Así que si se ha largado y, de alguna forma retorcida, intenta meterme en un marrón por ello, es su problema.

Se me arquean las cejas.

—¿Crees que eso es lo que ha hecho?

—¿Quién coño lo sabe? —su expresión se vuelve sombría—. Pero no ha tocado sus cuentas bancarias, así que la policía huele que hay gato encerrado.

Reprimo un escalofrío porque no tengo ni la más remota idea de si Owen dice la verdad o miente como un bellaco.

—¿Por qué has fingido que no nos conocíamos cuando Esme nos ha presentado?

—¿De verdad querías que todo el mundo se enterase de que compartimos colchón?

—No, pero ahora estoy metida en un embolado sin comerlo ni beberlo.

Su boca se tuerce en una mueca astuta.

—¿Y tú nunca le mientes a tu marido? Qué enternecedor.

—Mi matrimonio no es de tu incumbencia.

Sueno especialmente borde porque Owen ha dado en el clavo. Le miento a mi marido todos los santos días y, como Caleb es un cacho de pan, me da asco de mí misma. Puedo ser todo lo despiadada que haga falta para salirme con la mía, pero tengo escrúpulos.

—Caleb no parece tu tipo —dice Owen, con una suficiencia que me revuelve las tripas—. Aunque, bien pensado, dado que va a heredar este caserón, quizá sí lo sea.

Mortificada porque me ha calado a la primera, digo:

—¿Te crees que estaba contigo por tu dinero?

—Lo sé —hace un gesto de espantar moscas con las manos—. Pero no te preocupes, Lauren. Tu secreto está a buen recaudo conmigo.

—Yo no tengo ningún secreto.

Su carcajada me sobresalta.

—No añadamos «mentirosa» a tu currículum de «cazafortunas».

No soy una persona violenta, pero me entran unas ganas locas de calzarle una hostia. Bien fuerte.

—Todavía no me has dicho qué haces aquí —digo, cambiando de tercio—. ¿Qué hace un tío con pasta en un piso de acogida?

Sus ojos se endurecen como el acero.

—A ti no te debo ninguna explicación.

—En realidad, sí me la debes. Porque no tengo nada que perder si voy a Esme y le cuento de qué nos conocemos. Pero tú, en cambio... —dejo la frase en el aire, observando cómo su cara se tiñe de un rojo furioso—. Tiene que haber una razón por la que te escondes aquí, y quiero saber cuál es.

—No me busques las cosquillas —su voz es baja, apenas un gruñido, y reprimo el impulso de dar un paso atrás—. Cuando la policía terminó conmigo, perdí el curro y alquilé la casa porque estaba hasta los cojones de que los vecinos me miraran de reojo.

Se pasa el dedo por el cuello.

—Busqué sitios donde desaparecer por internet y di con Ghost Gum House. —Señala la casa por encima de mi hombro—. Este sitio es un refugio para quienes no quieren que los encuentren.

Tiene razón, pero sigue ocultando algo. Lo huelo.

—¿Le has contado algo a Esme sobre tu pasado?

—No, y quiero que siga así. —Da un paso amenazante hacia delante, invadiendo mi espacio vital, y esta vez me aparto de él—. Lo digo en serio, Lauren. Necesito un respiro, y de eso trata mi estancia aquí. No se te ocurra jodérmelo.

Un miedo real me recorre la espina dorsal al ver el brillo de loco que tiene en los ojos y, en ese momento, pienso que Owen es perfectamente capaz de haber matado a su mujer y de haberse escondido aquí para escapar del marrón.

—No diré ni mu —levanto las manos en señal de paz—. Tú no te metas en mis asuntos y yo no me meteré en los tuyos.

—Buena chica.

Me estremezco al recordar que me llamaba así en la cama, y su mirada babosa regresa, poniéndome la piel de gallina.

—¿Quieres ver lo que he hecho? —Se da la vuelta para abrir la puerta del cobertizo y exhalo aliviada.

No habría nada que me apeteciera más que correr hacia la casa y meterme bajo una ducha hirviendo para borrar el recuerdo de este tío de mi piel, pero Esme me preguntará qué me parece el trabajo de Owen y tendré que inventarme algo.

—¿Qué pasa, que ahora eres carpintero?

—Resulta que tengo mano para la madera. —Da al interruptor junto a la puerta, inundando el taller de luz—. ¿Qué te parece?

El cobertizo alberga varios muebles, desde una mecedora hasta un juego de mesas nido. Las herramientas eléctricas cuelgan ordenadas en una pared, cada una con su silueta pintada, y en el centro destaca un torno para madera.

—Están muy currados —digo, y lo digo en serio.

—Me mantienen alejado de los problemas. —Me guiña un ojo, y la arcada me sube a la garganta—. Asegúrate tú también de no buscarte líos aquí, Lauren, o lo próximo que fabrique podría ser un ataúd.

Suelto una risa forzada mientras pienso: «Tú estarás en un ataúd antes que yo, pedazo de cabrón.»