25 Lauren
Lauren
AHORA
Caleb me ha puesto al día sobre el número de acogidos que viven en Ghost Gum House.
Tillie fue la primera alma en pena a la que Esme dio cobijo hace años, y desde entonces muchos han ido y venido.
La casa está casi llena en este momento, y menos mal que nos quedamos en la antigua habitación de Caleb.
Es descomunal y tiene baño privado propio.
Aunque pienso echar la llave por dentro, por si acaso a Tillie le da por cambiarme el champú por crema depilatoria.
Menuda mirada me clavó cuando llegamos, y otra igual durante la cena de anoche...
Necesito arrimarme a Esme para sonsacarle información sobre su inquilina más veterana. No tengo la más mínima intención de que me pillen con la guardia baja por culpa de lo que sea capaz de soltar una mujer muerta de celos.
La cena de anoche fue un cuadro: solo Tillie, Caleb y yo.
Me sentó como una patada que Esme no se uniera a nosotros, y ya temía que le cayera mal.
Pero esta mañana se me ha acercado en el desayuno y se ha ofrecido a enseñarme la casa, así que le he dado el beneficio de la duda con lo del dolor de cabeza de anoche.
En cuanto a los demás que viven aquí, tampoco asomaron por la cena, lo que me hace pensar que todos son conscientes de la posesividad descarada de Tillie hacia Caleb y de sus celos hacia mí, y prefirieron evitar el percal.
—La mayoría de los inquilinos están hoy en el pueblo, pero algunos andan por aquí —dice Esme, mientras me guía por la cocina hacia la parte delantera de la casa—. Espero que nuestra familia extendida, como me gusta llamarla, no te resulte demasiado pintoresca.
Me observa con lupa, calibrando qué clase de calaña soy, así que le dedico mi sonrisa más radiante.
—No soy de juzgar a nadie. Casi todos tenemos un pasado que preferiríamos enterrar o del que preferimos no piar.
Las cejas de Esme se elevan levemente.
—¿Ah, sí?
—Desde luego —me llevo una mano al pecho—. Espero que, en cuanto tengamos más confianza, puedas apoyarte en mí igual que han hecho los demás.
—Me gustaría —dice, aunque mantiene los ojos entornados, como si no terminara de tragárselo—.
Sé que comentaste que querías instalarte aquí mientras Caleb va y viene por trabajo, pero ¿estás segura, Lauren?
La vida aquí es plana. Sosegada. Puede ser un hachazo si estás acostumbrada al ritmo de la ciudad.
—Segurísima.
Mi respuesta es rápida y tajante. Tengo que estar aquí por narices. Esme descubrirá pronto el motivo.
Parece quedarse conforme con mi respuesta.
—En Amberfield han abierto un pub gourmet que quizá te interese. Pero para ropa solo hay una boutique, así que probablemente lo mejor sea tirar de internet.
—Tengo ropa para aburrir —señalo el modelito que he elegido a conciencia para hoy: una conservadora falda negra hasta la pantorrilla, un top color marfil sin mangas y manoletinas.
Sencillo, discreto, pero elegante—. Aunque pienso arrimar el hombro en el jardín, así que quizá necesite unos guantes y demás.
—En el cobertizo encontrarás todo lo que te haga falta; solo ponte ropa vieja. —Hace una pausa—. Tillie es nuestra jardinera residente. Ella lleva la voz cantante y el resto ayudamos.
Ya lo sé porque Caleb me ha hablado de la obsesión de Tillie por el jardín, advirtiéndome de que no corte hierbas, hortalizas ni flores sin consultárselo antes.
Después de su gélida bienvenida de ayer, la tentación de pillar una guadaña y decapitar sus rosas es enorme, pero no soy imbécil. Aquí estoy jugando a largo plazo.
—En realidad, nunca he tocado una planta, pero siempre me ha picado la curiosidad, así que agradeceré cualquier consejo que Tillie quiera darme.
Esme sonríe de oreja a oreja, como si supiera algo que yo ignoro.
—Entonces va a disfrutar de lo lindo dándote lecciones. No hay nada que le guste más a Tillie que mirar por encima del hombro a los novatos en jardinería.
Me río, y Esme se une a mí. Es un breve momento de complicidad que pienso explotar.
—Los demás están en el salón ahora mismo, planificando los menús del mes que viene —dice—. Tillie y yo nos encargamos de la mayor parte de la cocina, pero todos arriman el hombro, y nos resulta más fácil organizarnos para que yo pueda comprar provisiones al por mayor. Así sale más a cuenta.
—Debe de costar un ojo de la cara dar de comer a tanta gente.
Se encoge de hombros, quitándole importancia a su generosidad.
—Vamos tirando. Quienes pueden permitirse aportar algo al bote con sus pensiones del gobierno lo hacen, pero no es ningún requisito para quedarse aquí.
—Caleb y yo contribuiremos sin falta.
—No será necesario, cielo —me da unas palmaditas en el brazo—. A la familia no se le cobra.
—Es un detallazo por tu parte, pero puedo permitirme ayudar, y quiero hacerlo —bajo la mirada en señal de deferencia—.
Ya va siendo hora de devolver el cable, sobre todo porque en el pasado me beneficié de la bondad de desconocidos que me tendieron la mano.
Es algo en lo que creo firmemente, y en parte por eso quiero quedarme aquí mientras Caleb viaja a la ciudad por trabajo.
Cuando levanto la vista para cruzar mi mirada con la suya, veo que está impresionada.
—No mucha gente piensa como tú, sobre todo hoy en día. Todo gira en torno a las posesiones y a acaparar cosas. —Su sonrisa es suave, llena de comprensión—. Creo que nos vamos a llevar a las mil maravillas, Lauren. Bienvenida a la familia.
—Gracias.
Estoy pletórica cuando llegamos al final del pasillo y ella abre la puerta del salón.
—Ven a conocer a la tropa —dice—. ¿Te ha contado Caleb quién vive aquí ahora mismo?
—Mi marido es un hacha para los nombres —digo, y Esme se ríe—. Me comentó que hay unas cuantas chicas y hombres, y que Tillie lleva aquí desde el año de la polca.
La expresión de Esme se ablanda cuando menciono a Tillie.
—Esa cría es especial. Y me gusta pensar que ella me ha ayudado a mí tanto como yo la he ayudado a ella.
Vaya, supongo que no puedo soltarle a Esme que Tillie bebe los vientos por mi marido y cuánto me aborrece.
Es vital controlar este tipo de información si quiero ganarme a Esme. No puedo arriesgarme a poner en mi contra a la única persona a la que necesito camelar en esta casa.
—Bueno, ven a conocer a la pandilla —Esme abre la puerta del salón y vislumbro a dos mujeres jóvenes revisando una hoja de cálculo y a un hombre de pelo oscuro sentado de espaldas a mí.
—Esta es Gianna y esta es Ria —dice Esme, señalando a las mujeres, que levantan la cabeza a la vez para escanearme con total curiosidad—. Chicas, ella es Lauren, la mujer de Caleb.
—Hola —dice Gia, al mismo tiempo que Ria suelta un:
—Buenas.
Las tres nos reímos.
Curiosamente, Ria podría pasar por hermana de Tillie, de lo mucho que se parecen sus rasgos. Espero que no sean familia, porque es lo último que me faltaba: una doble taza de veneno. Aunque estoy siendo boba. Caleb me habría dicho si Tillie tuviera una hermana viviendo aquí.
—Y este es Owen —dice Esme.
Es un nombre lo bastante común como para que no le dé la mayor importancia, hasta que el hombre se levanta y se da la vuelta para mirarme de frente.
No puede ser.
Un sudor frío me recorre el cuerpo y un extraño zumbido en los oídos me marea por completo.
¿Qué probabilidades hay de que el hombre casado al que elegí para tener una aventura, el mismo al que la policía trincó bajo sospecha de asesinar a su esposa, esté viviendo en esta casa?
Owen finge no conocerme de nada.
—Encantado de conocerte —dice, tendiéndome la mano para que se la estreche, y mientras cruzo la habitación hacia él, no sé muy bien cómo capear este temporal.
Se ha adelantado a que nos pillen en un renuncio actuando como si fuéramos desconocidos, obligándome a seguirle el rollo, y si hay algo que detesto es perder el control.
Necesito llevar la voz cantante. Después de que me hayan pisoteado toda la vida, es algo fundamental para mi salud mental.
—Igualmente —digo, apretando los dientes mientras le estrecho la mano. No porque su contacto me afecte físicamente, sino porque estoy que trino y completamente atónita.
No soporto que me pillen en bragas.
Esme no tiene ni repajolera idea de mi historia con Owen, pero esta es la manera que tiene el destino de reírse de mí en mi puta cara.
—Owen se encarga de la mayor parte del trabajo duro por aquí —dice Esme, ajena a la tensión que se corta con cuchillo entre los dos—. Ha sido un regalo del cielo, con Caleb casi siempre fuera.
Es una pulla sutil dirigida a mí, como si hubiera acaparado todo el tiempo de su nieto, pero lo paso por alto. Caleb está muy unido a Esme, y no tengo ninguna intención de meterme entre ellos. Mi plan depende de unir a esta familia, no de dinamitarla.
—Qué bien —digo, mientras la piel se me eriza bajo la intensidad de la mirada de Owen.
Si está intentando descifrarme y averiguar qué pinto aquí, que tenga suerte.
—Owen, ¿por qué no le enseñas a Lauren el cobertizo y lo que estás tramando?
Lo último que quiero es quedarme a solas con Owen, pero me dará la oportunidad de cantarle las cuarenta e interrogarle.
—Buena idea —dice Owen, con una sonrisa babosa.
Por supuesto que al imbécil le parece una idea cojonuda. También es una oportunidad para interrogarme a mí.
—Hasta luego, cielo —Esme me da un apretón en el brazo, y su mirada es completamente limpia.
Su confianza en mí me provoca un momentáneo pinchazo de culpa por lo que estoy a punto de liar, pero no puedo dejarme amedrentar. No he remado tanto para ahogarme en la orilla.
No voy a permitir que nada ni nadie haga descarrilar la vida que me he montado.
Owen y yo guardamos silencio hasta que salimos de la casa y cruzamos el jardín hacia el rincón más alejado, donde el cobertizo se asienta sobre un pequeño repecho. Está en ruinas, con la puerta de chapa ondulada descolgada y los canalones comidos por el óxido.
Al llegar, Owen se vuelve hacia mí.
—¿Eres algún tipo de psicópata que me está pisando los talones?
Pongo los ojos en blanco.