Todo lo que enterramos 24 Tillie
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Tillie

ENTONCES

Voy a la biblioteca todos los santos días para revisar la cuenta de correo que me abrí al día siguiente de que Sharna se marchara.

No sé si no haber recibido noticias suyas es buena o mala señal.

Pero me gusta imaginármela viviendo en una casa enorme, en una habitación equipada con su tele y su ordenador, un armario lleno de ropa a estrenar y una paga que no se acabe nunca.

Probablemente la realidad no tenga nada que ver, pero soñar es gratis, y espero que cuando me escriba pueda vivirlo todo a través de ella.

En mis momentos más delirantes, me da por pensar que tiene una habitación libre y que me invitará a quedarme.

Que volveremos a pasar el rato juntas como estos últimos meses.

Que nos daremos las tantas de la madrugada hablando, nos obsesionaremos con el último grupo de moda y nos inflaremos a caramelos siempre que nos dé la gana.

Nunca he sido de hacerme castillos en el aire, porque ¿para qué prepararme para el trompazo si nada de eso va a hacerse realidad? Pero si Sharna ha podido reencontrarse con su padre después de tantos años, quizá también haya algo bueno esperándome a mí a la vuelta de la esquina.

Deirdre se está portando muy bien conmigo: me guarda raciones extra de espaguetis a la boloñesa para cenar y me prepara un par de sándwiches de jamón y queso para comer.

No mienta a Sharna, pero la pillo lanzándome miradas de pena de vez en cuando, como si le diera lástima.

No necesito su compasión, pero le agradezco que no intente sacarme conversación ni espere que me ponga a parlotear con ella. Es muy lince para esas cosas.

Se me hace rarísimo tener una habitación para mí sola, y sé de sobra que el chollo no va a durar mucho.

La próxima vez que entre una chica nueva en el piso de acogida, la meterán conmigo.

Con el tipo de gente que recala por aquí ahora mismo, podría ser cualquiera: desde una presa recién salida de la trena hasta una yonqui en desintoxicación.

Deirdre acoge a todo hijo de vecino. Es la persona menos prejuiciosa que he conocido en mi vida.

Nadie sabe cuál es su historia. Se lo pregunté una vez —de dónde era, cuánto llevaba viviendo en Melbourne, si tenía familia— y me cerró la puerta en las narices con una sonrisa misteriosa y una respuesta esquiva:

—Soy una mujer de misterio.

Teniendo en cuenta que es la dueña de este caserón antiguo en una ciudad donde el valor del suelo está por las nubes y los precios de la vivienda son prohibitivos para familias con dos sueldos, supongo que heredó el sitio.

Rondará los cincuenta, no tiene pareja ni hijos, así que quizá nosotros seamos lo más parecido a una familia para ella y decidió dedicar su vida a echar un cable a quienes han tenido menos suerte.

Sea cual sea su historia, le estaré eternamente agradecida por darme un techo, comida caliente y un refugio seguro al que volver al final de cada turno.

Estoy ahorrando como una descosida, gastando solo en lo estrictamente necesario, como los artículos de aseo, e incluso en eso miro el céntimo, porque ya he consultado cuánto me costaría plantarme en Amberfield si algún día decido ir a ver a Sharna, y es un pico que no me quiero gastar.

Al quinto día de marcharse Sharna, entro en la biblioteca del barrio.

Arrugo la nariz por el olor a cerrado de los libros viejos, pero me flipa el silencio.

El zumbido de un aparato de aire acondicionado es el único sonido mientras me dirijo a los cubículos de los ordenadores.

Ocupan toda una pared y doblan la esquina, de modo que quienes no quieren que los mirones husmeen en sus búsquedas pueden navegar en paz.

Son poco más de las seis, el momento idóneo para pillar ordenador sin aguantar miradas curiosas, porque la mayoría de la gente está en casa cenando.

Esa es otra de las grandes virtudes de Deirdre: sabe que mis horarios en el coreano varían un montón y que suelo rebañar todas las horas extra que me ofrecen, así que me deja la cena guardada en el horno. Es un sol.

El estómago me ruge solo de pensar en lo que toca esta noche —pollo teriyaki— y me apalanco en el primer ordenador escondido tras la esquina, dispuesta a liquidar una búsqueda rápida antes de volver.

Introduzco mi usuario y mi contraseña para acceder a Gmail, y el corazón me da un vuelco cuando veo que tengo un correo de TillSavedMe2011.

Me tiembla la mano mientras muevo el ratón hasta dejar el cursor sobre el mensaje antes de hacer clic.

Espero encontrarme un testamento de Sharna: cómo es su casa, lo maravilloso que es su padre y cómo la ha recibido con los brazos abiertos, si le caen bien los vecinos, si está pensando en ir a un instituto normal por primera vez, las ganas que tiene de buscarse un curro a tiempo parcial...

En cambio, el estómago se me encoge de pura angustia al leer la única palabra que ha escrito:

AYUDA.