Todo lo que enterramos 23 Caleb
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Caleb

AHORA

La cena transcurre en un ambiente de lo más apagado. Tillie se ha lucido en la cocina, y se ha encargado de recalcar que ha preparado cada plato con productos cultivados en nuestro jardín: ravioli de calabaza, hamburguesas vegetales con costra de hierbas y *parfaits* de frutos rojos.

He de admitir que como a cuerpo de rey cuando estoy en casa. Tillie siempre ha cuidado de mí, y mientras la ayudo a recoger los platos para que Lauren pueda pasar un rato con la abuela y conocerla mejor, no puedo evitar compararla mentalmente con mi mujer.

Aunque estoy locamente enamorado de Lauren, ella rara vez pisa la cocina.

Y es de lo más desordenada: deja la ropa tirada en las sillas, las toallas en el suelo, el maquillaje esparcido por todo el baño.

Yo soy un maniático de la limpieza, una manía que me viene de mis años en el internado, así que la convivencia no siempre resulta fácil.

Curiosamente, esta noche solo hemos estado Lauren, Tillie y yo a la mesa.

El resto de la gente ha cenado en sus habitaciones.

Incluso la abuela se ha escabullido alegando dolor de cabeza.

Eso ha creado un ambiente de lo más tenso: Lauren, rígida y educada; Tillie, lanzando pullas pasivo-agresivas; y yo, atrapado en medio, fingiendo risas y forzando la conversación.

Un auténtico suplicio.

No culpo a Lauren por haberse refugiado en nuestra habitación con el pretexto de deshacer las maletas en cuanto terminamos el postre, dejándome a solas para ayudar a Tillie a recoger.

—¿En qué piensas? —Tillie me da un codazo y yo parpadeo, esperando que no pueda leerme los pensamientos en la cara.

Ya siente bastante animosidad hacia mi mujer como para que encima yo la alimente sin querer.

—En Lauren —digo, optando por una verdad a medias.

Arruga la nariz mientras abre el cubo de la basura para tirar los restos de comida, y estoy seguro de que su reacción tiene poco que ver con el olor que emana de la bolsa casi llena.

—Parecéis muy enamorados —dice al fin, dejando los platos en el fregadero con más fuerza de la necesaria.

—Lo estamos —sonrío, esperando que se alegre por mí.

Ella frunce el ceño.

—No me puedo creer que os hayáis casado tan deprisa. ¿Cuánto la conoces en realidad?

—Till, es mi mujer. Sé todo lo que necesito saber.

Emite un bufido con los labios apretados.

—Todo el mundo tiene secretos.

—¿Ah, sí? ¿Andanadas de realidad? ¿Y cuáles son los tuyos?

Me mira fijamente con una lástima apenas disimulada, y un escalofrío inesperado me recorre la espalda.

—No quieres saberlo.

—Ponme a prueba.

No sé muy bien por qué la presiono, pero nunca la había visto así.

Tillie es la discreción personificada. Sabe pasar desapercibida, aunque toma las riendas cuando hace falta, como con el jardín.

Ese es su territorio, y si alguien se atreve siquiera a arrancar una mala hierba sin su consentimiento, se vuelve sorprendentemente fiera.

—Soy de lo más aburrida comparada con tu mujer —se encoge de hombros, quitándole importancia al extraño momento que acabamos de tener.

—¿Y eso qué significa?

—¿De verdad quieres saberlo?

Me está buscando las cosquillas y no me mola un pelo.

—Llevamos mucho tiempo siendo amigos, Till, así que sabes de sobra que no me van los juegos. ¿Qué está pasando?

Una pregunta absurda, porque salta a la vista.

Está muerta de celos por mi mujer.

Aprieta los labios y la mirada que me lanza mezcla exasperación y rabia.

—De verdad que no te enteras de nada, ¿verdad?

—¿De qué? —niego con la cabeza—. La verdad es que lo único que veo es que Lauren no te entra, aunque acabas de conocerla. ¿Por qué no dejas la hostilidad a un lado y le das una oportunidad, por mí? Somos amigos, y eso es lo que hacen los amigos: apoyarse.

—Tú sí que no tienes ni puta idea —murmura.

No puedo evitar reírme, porque es algo que me ha dicho un montón de veces a lo largo de los años.

Cuando presumía de saber más que yo sobre hierbas y arbustos.

Cuando exponía teorías sobre programas de telerrealidad que yo detestaba.

Cuando insistía en que controlaba más de masas madre.

Se ha convertido en una especie de juego entre nosotros, pero en lo referente a quién conoce mejor a Lauren, yo gano por goleada.

—Espero que seas amable con ella cuando me vaya —digo.

—¿Y cuándo va a ser eso?

—Pronto —hago una mueca—. Mi jefe quiere que vuelva a la oficina. Hay un nuevo proyecto importante que gestionar, aunque podría teletrabajar.

Inclina la cabeza y me estudia.

—Si sois recién casados, ¿por qué cojones se queda Lauren aquí, en el quinto pino, mientras tú te vuelves a la ciudad?

Tillie nunca dice palabrotas, y me quedo a cuadros.

Ignora mi sorpresa y continúa:

—Es raro. Si estáis tan enamorados, ¿por qué no iba a querer estar contigo en vez de quedarse aquí atrapada con tu abuela y un puñado de inadaptados?

No tengo por qué darle explicaciones a esta mujer, por mucho tiempo que nos conozcamos y por mucho que siempre haya mirado por mí. Desde que tenía dieciséis años, cuando Tillie apareció en la puerta de la abuela y yo regresé del internado, hemos sido uña y carne.

A pesar de haber estudiado en un colegio solo para chicos, nunca me sentí incómodo con ella, porque era facilísimo quererla.

Jugábamos al *Scrabble* con la abuela, íbamos en bici al pueblo y volvíamos, pasábamos las tardes en la piscina municipal.

Yo nadaba y Tillie tomaba el sol en la colina, lejos del agua por su pánico a la piscina.

Le ofrecí enseñarle a nadar varias veces, pero se quedaba paralizada, y supuse que de cría habría tenido alguna mala experiencia con el agua.

En la adolescencia, entre nosotros vibraba una leve atracción, pero nos gustaba tanto estar juntos que ninguno de los dos dio el paso.

Además, tenía la sensación de que a la abuela no le habría hecho ninguna gracia que me liara con su primera inquilina.

Nunca me lo prohibió, pero a veces la pillaba observándonos con el ceño fruncido.

La abuela no sabe que me acosté con Tillie el año pasado, y pienso mantenerlo en secreto. Se pondría de los nervios, aunque, teniendo en cuenta que nada ha cambiado en la casa, quizá ya dé lo mismo. Somos adultos.

Los ojos de Tillie se entornan y caigo en la cuenta de que no he respondido a su último comentario, perdido en los recuerdos de nuestra amistad.

—Creo que es un detalle que Lauren quiera conocer mejor a la abuela. Y nuestra relación es lo bastante sólida como para aguantar unas semanas separados de vez en cuando.

Tillie resopla.

—Sólidísima, para lo poco que os conocéis.

Soy una persona tranquila. No me suelo picar con facilidad, pero la tirria constante de Tillie hacia Lauren empieza a tocarme la moral.

—Tillie, te lo digo con todo el cariño del mundo, pero tienes que dejar de meterte en mi matrimonio —hago una pausa para que mis palabras calen—. Si no, acabará pasando factura a nuestra amistad, y estoy seguro de que ninguno de los dos quiere eso.

En respuesta, rompe a llorar y sale pitando hacia el cobertizo del jardín.