22 Lauren
Lauren
AHORA
Las mujeres pueden ser unas auténticas víboras.
Las mujeres celosas, todavía más.
En cuanto vi la forma tan posesiva en que Tillie miraba a Caleb, supe que esa tía iba a hacerme la vida imposible.
Da igual que tengamos un certificado de matrimonio con el nombre de Caleb junto al mío; para Tillie no será más que un trozo de papel. Le ha echado el ojo a mi marido y nada la va a hacer cambiar de objetivo.
Ya he calado a mujeres como ella: obsesivas y tenaces, dispuestas a conseguir lo que —o a quien— desean sin importarles a quién tengan que pisotear por el camino.
Las lagartonas que van detrás de hombres casados son las peores.
Y yo debería saberlo.
He estado ahí.
Sé de qué va el juego.
Y llevé el título de amante con orgullo.
Mientras Caleb y yo seguimos a Tillie hacia el interior de la casa, reprimo una sonrisa.
Adelante, zorra. Sorpréndeme.
Ese maquillaje exagerado, el vestido a todas luces excesivo y la forma tan deliberada de ningunearme en cada conversación con Caleb no han sido casualidad. Todo forma parte de un papel.
Tillie intenta convencerme de que tengo competencia.
Como si lo fuera.
No tiene ni la más remota idea de con quién se está jugando los cuartos, de todo lo que he tenido que tragar para llegar hasta aquí. Y una paleta de un pueblo de mala muerte no va a echar por tierra todo lo que he construido.
Me encantaría verla intentarlo.
Además, la única mujer que realmente me importa aquí es la abuela de Caleb.
Necesito ganármela, sobre todo si pienso vivir bajo su techo durante un tiempo indefinido.
Caleb está encantado de que tenga tantas ganas de estrechar lazos con su abuela. El amor que brilla en sus ojos cada vez que me mira es casi asfixiante. Una adoración tan absoluta que, si soy sincera, me incomoda.
Pero trago con ello.
Porque conseguir que se colara por mí hasta el punto de casarse conmigo siempre fue el objetivo final.
Que mi plan para atraparlo haya salido tan rodado sigue pareciéndome casi un milagro. La suerte nunca ha estado de mi parte; dejé de creer en el destino hace una eternidad.
Ahora soy yo quien se labra el suyo.
Por eso estoy aquí.
Andanadas de realidad. Y pienso quedarme.
—¿Dónde está la abuela? —pregunta Caleb.
Tillie, que me está fulminando con la mirada por encima del hombro, escupe:
—En el jardín trasero. Os está esperando.
—Gracias, Till.
Caleb me aprieta la mano y yo le dedico a Tillie una sonrisa deslumbrante.
Ella responde con un ceño fruncido de manual.
Sí.
Esto va a ser de lo más divertido.
—La abuela te va a adorar —murmura Caleb, más para autoconvencerse que para tranquilizarme.
Espero que tenga razón.
He engañado a mucha gente a lo largo de mi vida.
Pero los viejos suelen ver mucho más de lo que aparentan.
Al bajar de la terraza, me impresiona la inmensidad del jardín trasero.
En una esquina destaca un cenador de madera con la pintura blanca desconchada; más allá, una pérgola; al otro extremo, un cobertizo junto a un huerto enorme, dos limoneros y un pequeño manzanal.
Entre todo ello se extiende una alfombra infinita de césped perfectamente segado.
Es tan descomunal que unos niños podrían jugar un partido de críquet sin estorbarse lo más mínimo.
Y justo en el centro, con los brazos cruzados mientras contempla sus dominios, está la abuela Esme.
—Ahí está —dice Caleb, tirando de mi mano con la impaciencia de un niño.
Que Esme no haya salido a recibirnos en cuanto hemos llegado me parece una bandera roja.
En nuestras videollamadas siempre se mostró cálida y cercana.
Incluso cuando le soltamos que nos habíamos casado pareció sorprendida, sí, pero sinceramente feliz por nosotros.
¿Será que Esme también sabe actuar tan bien como yo?
Cuando llegamos a su altura, compongo una expresión respetuosa y una sonrisa perfectamente ensayada. Llevo años practicándola delante del espejo hasta poder ponérmela como quien se encasqueta una máscara.
—Te he echado de menos, abuela.
Caleb la estruja en un abrazo.
Ella le corresponde, pero mantiene los ojos clavados en mí.
Tiene una mirada gélida.
Analítica.
No tiene nada que ver con la anciana sonriente que asomaba a la pantalla durante nuestras llamadas.
—Yo también te he echado de menos —dice finalmente.
Se aparta de Caleb y me tiende las manos.
—Y estoy encantada de conocerte por fin en persona, Lauren.
—El placer es mío.
Le tomo las manos y ella tira suavemente de mí hasta envolverme en un abrazo.
La estrujo con fuerza, intentando transmitirle lo encantada que estoy de estar aquí.
Debe de notar algo, porque cuando nos separamos su sonrisa resulta muchísimo más auténtica.
—He estado enredando en el jardín, así que disculpa estas pintas. —Señala su pelo cano, fino y rebelde, que le pincha en todas direcciones como si acabara de quitarse un sombrero—. Entremos a tomar una taza de té mientras me adecento un poco.
Después vuelve a regalarme una sonrisa.
—Y luego, si te apetece, puedo enseñarte la casa.
—Me encantaría.
Caleb nos observa con auténtico orgullo, feliz de ver que las dos mujeres más importantes de su vida parecen hacer buenas migas.
Esme me agarra del brazo mientras caminamos hacia la casa.
—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras, Lauren, pero ¿estás segura de que eso es lo que buscas? Amberfield no es precisamente la alegría de la huerta.
No capto ni un gramo de malicia en sus palabras.
Ni una pulla indirecta para que coja la puerta.
Así que respondo:
—Estoy deseando disfrutar de la tranquilidad. Ya he tenido bastante ciudad para una buena temporada. Además, como soy autónoma, puedo seguir ganándome las habichuelas desde aquí.
—Entonces, bienvenida a Ghost Gum House.
Me suelta el brazo al llegar a la puerta trasera.
—Espero que esta casa te dé el mismo consuelo que siempre me ha dado a mí.
—Gracias.
Estoy segura de que así será.
Mi respuesta suena modesta.
Pero por dentro estoy saboreando la victoria.
Conseguir que la abuela Esme me abra las puertas de su hogar es el primer paso para asegurarme de que podré seguir pegándome la gran vida que tanto me ha costado levantar.