21 Tillie
Tillie
ENTONCES
No sé cuánto tiempo tengo antes de que llegue la policía, así que cojo la mano de Sharna y tiro de ella, acercándome para susurrarle:
—Tenemos que hablar.
Señalo con la cabeza hacia Deirdre para que Sharna entienda lo que quiero decir.
En privado.
Ella asiente y me sigue fuera del salón.
Sobre nuestras cabezas resuenan pisadas pesadas, lo que significa que los demás ocupantes de la casa de acogida temporal se están preparando para su jornada nocturna, la mayoría rumbo a distintos trabajos repartidos por la ciudad.
En este lugar cada uno va a lo suyo; apenas intercambiamos los nombres, pero reconozco esas expresiones: recelo, miedo y desconfianza.
—Hablemos en nuestra habitación —digo.
Casi echamos a correr hasta el fondo del pasillo porque no sabemos cuánto tiempo nos queda.
Cuando llegamos a nuestro cuarto —con el suelo de madera lleno de marcas, unas literas y una única cómoda—, nos escurrimos dentro y dejamos la puerta entreabierta para poder oír cuándo llega la policía.
—¿Seguro que no vas a venir conmigo? —Sharna me agarra de los brazos y aprieta—. Por favor, Till, no me imagino dejándote aquí.
Niego con la cabeza.
—No puedo. Pero quiero que sepas que, si alguna vez me necesitas, puedes ponerte en contacto conmigo.
—¿Cómo? No tienes teléfono.
—Me abriré una cuenta de Gmail en la biblioteca. Tú haz lo mismo y así podremos comunicarnos.
—Mis padres probablemente me compren un teléfono, así que me será más fácil contactar contigo.
Y cuando tú tengas uno, podremos mandarnos mensajes y llamarnos.
—Sus ojos brillan como si de verdad lo viera posible, cuando las dos sabemos que no puedo permitirme un móvil, ni siquiera uno de prepago barato, y que probablemente pasarán años antes de que pueda hacerlo—.
Y cuando cumplas dieciocho años, podrás venir a visitarme.
Los dieciocho son mi número mágico, la edad en la que los servicios sociales ya no pueden decirme dónde ni con quién tengo que vivir.
—¿Y cómo voy a saber cuál es tu Gmail?
No tengo forma de comprobar si el nombre que tengo pensado ya está en uso, así que elijo algo rebuscado y poco común.
—Madre mía, ¿cómo voy a acordarme de eso?
Nunca le he contado nada de mi pasado a Sharna porque no quiero que nadie cargue con ese conocimiento. Sobre todo porque me avergüenza haber abandonado a mi hermano y a mi hermana, dejándolos con un monstruo homicida.
Pero ahora necesito decírselo. Si no, no tendremos ninguna forma de mantener el contacto, y no quiero perder a la única persona en la que puedo confiar.
—Son los nombres de mi hermano, mi hermana y el mío, junto con nuestras fechas de nacimiento.
Sharna frunce el ceño intentando memorizarlo.
—¿Y si pones solo tu cumpleaños?
—Vale. Añade solo el 17 al final de los nombres.
—Wayne, Maribel, Till, diecisiete... Wayne, Maribel, Till, diecisiete... —lo repite cinco veces—. Ya lo tengo aquí.
Se da unos golpecitos en la sien.
—El mío será TillSavedMe2011, porque ese fue el día y el mes en que te conocí.
Las lágrimas me escuecen en los ojos y ella continúa:
—Porque de verdad me salvaste, Tillie. Si no hubiera sido por ti, seguiría viviendo con Fitz sin saber la verdad.
Me agarra las manos y las aprieta.
—Gracias.
—Ahora somos hermanas, y eso es lo que hacen las hermanas.
Le suelto las manos para envolverla en un fuerte abrazo, intentando no recordar que eso no es todo lo que hacen las hermanas.
Algunas hermanas también se abandonan.
Y tendré que vivir con ese peso todos y cada uno de los malditos días que me queden.
Cuando nos separamos, las lágrimas resbalan por las mejillas de Sharna y ella se las seca con las yemas de los pulgares.
—Te mandaré mi dirección en cuanto llegue a casa para que sepas que siempre tendrás un sitio donde refugiarte si lo necesitas.
—Se encoge de hombros—. Quién sabe con qué me voy a encontrar, pero estoy bastante segura de que, si mis padres siguen viviendo en Amberfield, tendrán una casa.
Y eso significa que siempre puedo insistir en tener un cobertizo en el jardín donde los amigos puedan esconderse si hace falta.
—¿Crees que soy una especie de gnomo de jardín capaz de vivir en un cobertizo?
Nos reímos, justo como pretendía, pero me conmueve que no quiera rendirse conmigo. Pocas personas en mi vida, aparte de Wayne y Maribel, han estado de mi lado.
Estuvieron.
Porque no tengo ni idea de qué ha sido de mis hermanos.
Un fuerte golpe en la puerta principal hace que el corazón me dé un vuelco y nuestras miradas angustiadas se encuentren.
—Ha llegado la policía —murmura Sharna, sin parecer precisamente feliz ante la perspectiva de reunirse con sus padres—. Deberías irte.
Asiento. Tengo las piernas entumecidas y el estómago revuelto. Debería escabullirme por la puerta trasera, pero una parte de mí quiere quedarse para escuchar lo que tenga que decir la policía.
¿Va a estar Sharna a salvo?
Porque si hay alguien que sabe que un hogar no siempre es el refugio que debería ser, esa soy yo.
—Vais a hablar en el salón. Quizá me quede aquí un poco más, recoja mis cosas y luego salga por la puerta de atrás.
—Ten cuidado.
Sharna me abraza deprisa antes de dedicarme una última sonrisa temblorosa.
—Te voy a echar de menos.
—Yo también.
Pero ella ya ha salido corriendo de la habitación y avanza por el pasillo, donde Deirdre le pregunta moviendo únicamente los labios:
—¿Estás lista?
Sharna asiente y Deirdre abre la puerta principal.
No puedo ver a la policía, pero pego la oreja a la rendija de la puerta entreabierta.
—Soy la detective Kay Forbes, de la Unidad de Personas Desaparecidas, y este es el detective Arty Canza. ¿Podemos pasar?
La detective Kay Forbes tiene una voz potente, con un ligero deje estridente.
No me gusta.
Aunque tampoco tiene por qué caerme bien. Mientras proteja a Sharna durante su regreso con su familia, eso es lo único que importa.
El hecho de que hayan aparecido detectives significa que la reaparición de Sharna es un asunto importante.
Me pregunto si alguien me estará buscando a mí.
Nunca he buscado mi nombre en Google desde la biblioteca porque no quiero dejar rastro. Aunque borrara el historial después, soy tan paranoica con que me descubran que prefiero no escribir mi nombre en ninguna parte.
—Y tú debes de ser Sharna —dice Kay—. Encantada de conocerte.
La detective habla como si estuvieran coincidiendo en una barbacoa entre amigos y arrugo la nariz con desagrado.
No me fío de los adultos que tratan a los niños con condescendencia.
Y eso es exactamente lo que me transmite.
O quizá simplemente desconfío de todo el mundo y no soporto la idea de perder a Sharna.
—Podemos hablar en el salón —dice Deirdre.
En cuanto oigo pasos y la puerta principal cerrarse, salgo sigilosamente de mi habitación y avanzo descalza hacia el salón para escuchar a escondidas.
Es una estupidez. Y es peligroso.
Si la policía me descubre escuchando, me hará preguntas que no pienso responder.
Pero Deirdre me cubrirá las espaldas. Si me encuentran, inventará alguna excusa.
No es la primera vez que la policía aparece aquí buscando a alguien, aunque normalmente sea por algún delito.
Aun así, Deirdre es la discreción personificada.
Sé que puedo confiar en ella.
Los detectives interrogan a Sharna, preguntándole dónde ha estado, con quién y cómo acabó aquí.
En su favor, se mantiene fiel a la historia que habíamos preparado por si alguna vez nos separaban y acabábamos exactamente en una situación como esta.
Y además se ciñe bastante a la verdad: estaba harta de vivir prácticamente como una prisionera en su propia casa, así que robó dinero al hombre que creía que era su padre y escapó con ayuda de la señora Modd.
En cuanto a cómo llegó a Melbourne, explica que utilizó ese dinero para comprar un billete de tren, llegó a la ciudad y fue pasando por distintos albergues.
No me menciona.
Y ojalá pudiera abrazarla una vez más.
—Gracias por compartir tu historia con nosotros, Sharna. —Kay hace una pausa y se aclara la garganta—. Hay algo que tenemos que decirte y va a ser difícil de escuchar, sobre todo ahora que acabas de descubrir la verdad sobre tu secuestro. Tu madre ha fallecido.
Sharna emite un sonido ahogado antes de romper a sollozar.
Me llevo una mano al pecho, deseando poder consolarla.
—Pero hemos hablado con tu padre y viene conduciendo hacia Melbourne en cuanto le ha sido posible para reunirse contigo. Nosotros estaremos presentes para facilitar ese encuentro. ¿Tienes alguna pregunta?
No puedo creer que la detective hable con tanta frialdad de la muerte de la madre de Sharna.
Aunque supongo que no pueden permitirse mostrar emociones.
Trabajar en la Unidad de Personas Desaparecidas debe de ser horrible.
Estoy convencida de que no resuelven demasiados casos.
Muchas personas desaparecidas, como yo, no quieren que las encuentren.
—¿Qué le pasó a mi madre? —pregunta Sharna con una voz tan baja que apenas la oigo.
Se hace un largo silencio antes de que Kay responda:
—Lo hablaremos cuando llegue tu padre. De momento, ¿puedes recoger tus cosas y venir con nosotros?
Esa es mi señal para marcharme.
Retrocedo despacio, evitando las tablas que crujen, y me escabullo hasta la cocina para que la policía no me encuentre en la habitación que comparto con Sharna.
Apenas llego cuando oigo las pesadas pisadas retumbando por el pasillo.
Los detectives la siguen por si intenta desaparecer otra vez.
—Será solo un momento —dice ella, lanzando una rápida mirada hacia la cocina, como si intuyera que sigo aquí.
—Esperaremos aquí mismo.
Habla el otro detective por primera vez.
Me pregunto si será el encargado de impedir que una persona desaparecida eche a correr.
Sharna no tarda.
Como yo, tiene la mochila preparada por si necesita escapar deprisa.
Cuando sale de la habitación, dice:
—Tengo sed. ¿Puedo beber un vaso de agua antes de irme?
—¿Dónde está la cocina? —pregunta Kay.
Miro a mi alrededor deseando haberme marchado cuando aún estaba a tiempo.
La despensa es el único escondite posible.
Si abro ahora la puerta trasera, las bisagras oxidadas chirriarán lo bastante fuerte como para delatar que alguien ha estado escuchando.
—Justo allí. Se ve desde aquí. La puerta está abierta.
Lista.
Les está demostrando que no piensa huir y que podrán verla en todo momento.
—Date prisa —dice Kay—. Tenemos mucho papeleo por delante.
Retrocedo despacio y abro la puerta de la despensa para esconderme por si los detectives deciden acompañarla.
Pero no lo hacen.
Sharna cruza la cocina hasta el fregadero.
Su mirada se dirige inmediatamente hacia la despensa.
Asomo la cabeza y le hago un pequeño gesto con la mano.
Ella finge no verme mientras coge un vaso del aparador y lo llena del grifo.
Bebe despacio, dándome tiempo para hablar.
—¿Estás bien?
Sharna asiente levemente y levanta el vaso hasta los labios para poder responder detrás del cristal.
—¿Has oído lo que ha dicho la policía?
—Sí.
Siento muchísimo lo de tu madre.
—Yo también.
Las lágrimas vuelven a llenar sus ojos y parpadea para contenerlas.
—Espero que mi padre sea buena persona.
Vaya.
En eso no había pensado.
Y resulta irónico, porque si alguien sabe lo que es tener un mal padre, esa soy yo.
—Todo irá bien, Shar. Iré a verte, ¿vale?
No debería hacer promesas vacías.
Hay muy pocas posibilidades de que gaste mis ahorros, ganados con tanto esfuerzo, en un tren y un autobús hasta un pueblo perdido de Victoria donde llamaré la atención y la gente empezará a hacer preguntas.
—¿De verdad?
Sus ojos se abren de par en par y la esperanza que veo en ellos me destroza.
—Claro que sí. Y no olvides escribirme por correo, ¿de acuerdo? Porque estoy aquí para ti.
Siempre.
Lo digo de corazón.
Esta chica me salvó a mí.
Quién sabe dónde habría acabado si no hubiera llegado por casualidad a aquella estación de servicio.
Sin el dinero que robó a su secuestrador, Fitz, podría haber terminado en cualquier parte, a merced de monstruos como mi padre.
Estoy en deuda con ella.
—Sharna, es hora de irnos —llama el otro detective.
Me contengo para no abrazarla, porque sé que no sería capaz de soltarla.
—Gracias por todo, Tillie —susurra Sharna.
Sonrío y vocalizo en silencio:
«Te quiero».
Su sonrisa vacila.
Apura el agua que queda en el vaso, lo enjuaga y lo deja sobre el escurridor del aparador.
Cuando sale de la cocina, lleva la mano derecha escondida detrás de la espalda y me dedica una pequeña despedida moviendo los dedos.
Es un gesto tan tierno, tan propio de ella, que las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo terminan por caer.
La voy a echar muchísimo de menos.
Y, lo que es peor, vuelvo a estar sola.
Hay seguridad en los números, y odio la vulnerabilidad que me envuelve ahora, por muy dura que finja ser.
Sharna ha sido mi red de seguridad.
Sin ella, vuelvo a estar en peligro.
Quizá debería plantearme hacer un viaje a Amberfield.
¿Qué es lo peor que podría pasar?