20 Caleb
Caleb
AHORA
No soy un hombre impulsivo.
Por eso, casarme con Lauren apenas seis meses después de conocerla no es propio de mí, pero no pude evitarlo.
Ella es la mujer de mi vida.
Nunca he estado tan seguro de nada.
—No veo la hora de que conozcas a la abuela —le aprieto la mano mientras enfilamos el camino de acceso de Ghost Gum House, aparco el coche y salimos—. Le vas a encantar.
—Esme es un sol —Lauren sonríe—. Me encanta cómo me escruta a través de la pantalla cuando hablamos por videollamada, como si intentara calarme.
—No te lo tomes como algo personal, lo hace con todo el mundo —me doy unos golpecitos en la sien—. Para la edad que tiene, está como una moto.
—Entonces me portaré como una señorita —se apoya en mí, presionando el pecho contra mi brazo, y noto el mismo escalofrío que la primera vez que lo hizo, en nuestra primera cita.
Aquella noche que compartimos un banquete tailandés fui el perfecto caballero, a pesar de que, tras una cena memorable a base de rollitos de primavera de cerdo crujiente, sopa Tom Yum, curry verde de gambas, ternera con albahaca y guindilla y arroz jazmín, lo único que quería era devorarla de postre.
Hablamos por los codos entre bocado y bocado y nos reímos tanto como comimos.
Al terminar la cena, la deseaba más que a ninguna otra mujer y supe, en lo más profundo de mí, que aquello iba para largo.
Por suerte, ella sentía lo mismo y desde entonces somos uña y carne.
El torbellino de nuestra relación no asustó a ninguno de los dos y avanzamos a un ritmo vertiginoso: cenas diarias durante la primera semana, un sexo inolvidable en la segunda y prácticamente vivir juntos en la tercera.
Saqué el tema del matrimonio a los tres meses con la intención de pedirle que se casara conmigo a los seis, y cuando Lauren bromeó con casarnos en un yate en el puerto de Sídney, me lancé de cabeza.
¿Impulsivo? Puede ser.
Pero no quería que conociera la triste realidad.
No tengo amigos íntimos.
Compañeros de trabajo, sí, pero nadie en quien pueda apoyarme de verdad. Crecí en Amberfield y nunca tuve amigos aparte de los inquilinos de Ghost Gum House, pero todos iban y venían.
No quería que Lauren supiera que la abuela es mi única familia y mi mayor confidente al mismo tiempo, así que una boda improvisada, a solas, con el capitán como oficiante y la tripulación como testigo, nos ahorró un montón de explicaciones incómodas.
La abuela se lo tomó con filosofía cuando se lo conté y prometió organizarnos una fiesta en cuanto fuéramos a visitarla.
Esa es otra de las cosas que me vuelven loco de Lauren: conectó con la abuela desde el primer momento.
Desde que las presenté por videollamada, hizo todo lo posible por ganársela.
Le preguntó de todo: cuánto tiempo llevaba viviendo en Amberfield, cómo había recibido la casa su nombre, quiénes eran los inquilinos y en qué podía echar una mano.
Si no me hubiera enamorado ya de Lauren, habría caído rendido el día que le dijo a la abuela que le encantaría pasar una temporada en Ghost Gum House ayudándola.
Y no hablaba de una semana. Quería quedarse varios meses, conocer mejor a la abuela y encargarse de los inquilinos.
Como trabaja de contable autónoma, puede permitírselo, así que vivirá aquí mientras yo viajo de un estado a otro por trabajo cuando sea necesario.
A mi jefe no le hace maldita la gracia, pero Derrick es un pragmático y sabe de sobra que corre el riesgo de perderme si no acepta mis condiciones de teletrabajo de forma flexible.
Ahora, con el encuentro entre las dos mujeres más importantes de mi vida a punto de producirse, los nervios hacen que me tiemble la mano mientras me saco el móvil del bolsillo para mirar la hora.
—¿Qué te pasa?
Esa es otra de las virtudes de Lauren: cala el menor cambio en mi estado de ánimo.
—Te parecerá una tontería, pero estoy flaneando.
Arquea una ceja.
—¿Porque voy a conocer a tu abuela?
—Porque vas a ver dónde me he criado, conocerás a los inquilinos... por todo —me encojo de hombros—. Eres una chica de ciudad, sofisticada. No quiero que pienses que soy un paleto.
—No seas tonto —se arrima a mí—. Me encanta todo de ti. Saber de dónde vienes no va a cambiar eso.
—¿Y si la abuela te larga mis secretos más vergonzosos? Como aquella vez que hice un pastel de barro e intenté comérmelo. O cuando corría en pelotas por el jardín con cinco años. O que de crío comía tantas galletas que el profesor de gimnasia me hacía dar vueltas extra al campo después de clase.
Se ríe.
—Eres adorable.
Ojalá siga pensándolo cuando vea el absoluto caos que era la casa donde me crié. Nunca me ha avergonzado mi pasado, pero Lauren tiene mucho más mundo que yo y no puedo evitar temer que eche un vistazo a Ghost Gum House y se dé cuenta de que ha cometido un error tremendo.
Es una estupidez, lo sé, pero mis inseguridades son profundas.
Y todavía no le he contado nada sobre los episodios de amnesia que sufría aquí de niño.
Ha pasado tanto tiempo desde el último que podría no mencionarlo nunca, pero cada vez que vuelvo me pregunto si regresarán.
Hace más de diez años que no me despierto habiendo perdido la noción del tiempo, aterrorizado ante la posibilidad de haber hecho algo horrible.
La abuela siempre me juró que nunca ocurrió nada, pero el simple miedo a que pudiera pasar vuelve a ponerme de los nervios cada vez que regreso a Amberfield.
Este pueblo y la casa donde me crié deberían hacerme sentir seguro.
Entonces, ¿qué tiene este sitio que alimenta mis miedos más profundos?
Lauren chasquea los dedos delante de mi cara.
—Eh, ¿adónde te has ido?
—Estaba recordando —esbozo una sonrisa—. Estás a punto de saberlo todo sobre mí y, en cambio, siento que apenas te conozco.
—Sabes lo importante: que soy tu mujer —me besa en los labios—. Y que no se te ocurra olvidarlo.
—Como si pudiera.
La atraigo hacia mí y la apoyo contra el árbol.
Le enmarco el rostro con las manos y me pierdo un instante en sus ojazos antes de rozar sus labios con los míos.
Una vez. Dos veces. Alargando cada contacto hasta que terminamos fundidos en un beso ardiente, con las lenguas entrelazadas, mientras el calor que me recorre me recuerda la inmensa suerte que tengo de compartir mi vida con una mujer tan maravillosa como Lauren.
—Buscaos una habitación.
La voz a mi espalda nos corta el rollo y estoy tan embelesado con Lauren que tardo unos segundos en reconocerla.
Tillie.
—Nos han pillado —susurra Lauren, sin mostrar el menor atisbo de apuro mientras le retiro un mechón de pelo de la cara antes de girarme.
—Hola, Till.
No me sorprende comprobar que tiene una cara que parece un poema.
Presentarle a mi nueva mujer a la chica que siempre habría querido ocupar su lugar iba a ser incómodo sí o sí, pero no quiero restregarle mi felicidad por la cara, así que que nos haya sorprendido comiéndonos la boca es la peor forma posible de empezar.
—Qué alegría verte, Caleb —Tillie se acerca contoneándose hacia mí, ignorando por completo a Lauren y luciendo una sonrisa de oreja a oreja.
Va maquillada, algo muy poco habitual en ella, y lleva un vestido azul de seda con un escote generoso que le roza las rodillas. Es como si quisiera dejar claro que, a pesar de mi matrimonio, sigue buscando que me fije en ella.
Tillie es atractiva, pero al lado de Lauren pierde todo el brillo. Y no es que las esté comparando; Lauren me cautivó —y me robó el corazón— desde el instante en que nos conocimos, y eso nunca ha cambiado.
Cuando llega hasta mí, me planta un beso en los labios y doy un respingo hacia atrás.
Me dan ganas de cantarle las cuarenta por un saludo tan fuera de lugar mientras noto cómo el bochorno me enciende las mejillas, pero Lauren se limita a soltar una risita y da un paso adelante con la mano tendida.
—Hola. Soy Lauren.
Desconcertada por la cordialidad de mi mujer, Tillie observa esa mano unos segundos antes de estrechársela y soltarla enseguida, como si temiera contagiarse de algo.
—Tillie.
Ninguna de las dos dice «encantada de conocerte», y admiro esa sinceridad. Lauren no tiene nada que temer y, aunque no le he contado toda la historia con Tillie, sí le advertí de que una de las inquilinas fijas bebe los vientos por mí.
Cuando Lauren me preguntó si nos habíamos acostado juntos, le dije la verdad: una sola vez, hace unos ocho meses.
Ahora solo somos amigos. Como Lauren piensa instalarse aquí una temporada mientras yo voy y vengo por trabajo, no quiero que Tillie la pille por banda y le cuente lo nuestro, y mucho menos exagerando lo que significó.
Un silencio de lo más incómodo se instala entre los tres.
Me aclaro la garganta.
—¿Cómo está la abuela?
—Mucho mejor ahora que has llegado —la sonrisa de Tillie resulta de lo más forzada—. He preparado tu mermelada de frambuesa favorita para acompañar los scones que he horneado.
Mira hacia algún punto por encima del hombro de Lauren.
—¿Tú cocinas, Lauren?
Lauren se ríe de sí misma.
—A duras penas sé echarle salsa de bote a los espaguetis. Soy más de pedir comida a domicilio.
—¿Ah, sí? —la suficiencia de Tillie resulta casi palpable—. La comida es muy importante para Caleb. Le vuelven loco los platos caseros.
—Entonces quizá puedas enseñarme a preparar sus favoritos.
La voz de Lauren suena dulce, aunque percibo un leve deje afilado tras sus palabras.
Y no la culpo.
Tillie no tiene ningún derecho a lanzarle pullas cuando Lauren es mi mujer y acaban de conocerse.
La amabilidad de Lauren desarma a Tillie. Lo veo en cómo su mirada salta de una a otra, incapaz de descifrar qué está pasando.
—Me apetece un montón un café y uno de esos scones —entrelazo los dedos con los de Lauren—. Además, Lauren está deseando conocer a todo el mundo.
Tillie no es una hipócrita y no responde que el sentimiento sea mutuo.
Mientras nos guía hacia la casa, Lauren me dedica una mueca divertida y yo tengo que aguantarme la risa.
Mi mujer tiene un sentido del humor fantástico.
La abuela la va a adorar.
Estoy completamente seguro.