18 Tillie
Tillie
ENTONCES
Hay personas que nacen con estrella.
Yo no soy una de ellas.
Durante un breve instante, tras conocer a Sharna, pensé que mi suerte había cambiado.
Cuando desvalijó la recaudación de un mes de la gasolinera de su padre, nos juntamos con más de dos mil dólares.
Una fortuna para nosotras. Eso nos permitió coger un tren a Sídney y luego otro a Melbourne.
Nos hacíamos pasar por primas, y a los adultos les parecía enternecedor que fuésemos tan responsables como para que nuestros padres nos dejasen viajar solas sin supervisión.
Se nos daba de miedo mentir. Yo llevaba toda la vida haciéndolo, pero Sharna se metió en el papel como si hubiese nacido para ello. Nos volvimos uña y carne, como hermanas, lo que me sirvió de bálsamo para el dolor que arrastraba por haber perdido a Wayne y a Maribel.
Una vez fui a la biblioteca para ver si encontraba alguna noticia sobre un doble homicidio en Dirtridge, pero no di con nada.
Lo que significa que, o mis hermanos habían logrado escapar de mi padre, o él los había enterrado en el quinto pino y se había inventado cualquier milonga ante los vecinos diciendo que sus hijos se habían ido a vivir con un pariente lejano.
El único artículo de ese pueblo de mala muerte del que yo había huido hablaba de tres incendios provocados y de que la policía buscaba a un pirómano en serie, así que ni me molesté en leerlo.
Prefiero pensar que mi hermano y mi hermana están por ahí en algún sitio, como yo, intentando empezar de cero. Y algunas noches, cuando sueño, me imagino que algún día volveremos a encontrarnos.
En Melbourne, Sharna y yo mentimos sobre nuestra edad.
Decimos que tenemos dieciséis años para que en los albergues donde nos refugiamos no nos denuncien a Menores.
Encontramos trabajo como ayudantes de cocina en un restaurante coreano en pleno centro.
Nos pagan en negro, así que no nos hace falta dar ningún número de identificación fiscal.
Una suerte, la verdad, teniendo en cuenta que Fitz debió de inscribir a Sharna con su propio apellido, así que a saber dónde pararán sus verdaderos padres.
Pero, tras seis meses en Melbourne, justo cuando empiezo a levantar cabeza, mi suerte vuelve a truncarse.
Recuerdo el momento exacto. Sharna y yo nos quejábamos de lo mucho que nos dolían los pies al final de un turno de diez horas, con la tele puesta de fondo.
Deirdre, la mujer que gestiona el piso de acogida donde llevamos dos semanas durmiendo, tiene debilidad por los programas de crímenes reales y se los traga todos religiosamente.
Ella está sentada más cerca de la pantalla, mientras Sharna y yo nos dejamos caer en un sofá destartalado con unos muelles rotos que se nos clavan en el culo.
—Oye... Esa niña se te parece un montón, Sharna —dice Deirdre, señalando el televisor, donde una foto de Sharna de pequeña ocupa toda la pantalla.
Sharna ahoga un grito y yo me quedo helada, sabiendo que esto lo va a cambiar todo.
Mientras la reportera del documental relata el secuestro de Sharna Ulverstone, ocurrido hace más de una década, mi amiga estira el brazo, me agarra la mano y me la aprieta con fuerza.
—Me mintió —susurra Sharna sin apartar los ojos de la pantalla, donde desgranan la historia de su vida.
Cuentan cómo se despistó de su madre en un pueblo pequeño durante unas vacaciones, la frenética búsqueda por el monte y los embalses cercanos, hasta que la policía empezó a barajar la hipótesis de un secuestro—. Fitz me robó.
—No pasa nada. Ahora estás a salvo. —Le devuelvo el apretón con el corazón en un puño, porque sé perfectamente lo que va a pasar a partir de ahora. Sharna va a volver con su familia y yo me voy a quedar sola.
Debería alegrarme por ella, pero lo único que me pasa por la cabeza es: «Sola soy mucho más vulnerable».
La mirada atónita de Deirdre va de la tele a Sharna.
—Tenemos que llamar a la policía.
Sin decir nada, Sharna asiente y, mientras Deirdre hace la llamada, me inclino hacia mi amiga y le susurro al oído:
—Tengo que largarme.
—¡No! —Me rodea la cintura con el brazo—. Vente a vivir con nosotros. Mis padres se van a llevar la alegría de su vida cuando vuelva y les contaré cómo me salvaste...
—Es un detallazo por tu parte, Shar, pero van a hacer demasiadas preguntas. Podrían mandarme de vuelta a casa, y no puedo arriesgarme. O peor aún, terminaré en un centro de acogida.
—No lo voy a permitir. —Aprieta los labios con firmeza—. Tú me salvaste la vida.
—Y tú vas a necesitar tiempo para adaptarte a vivir con tu familia de nuevo, y puede que no sea fácil.
—Un nudo de emoción me aprieta la garganta.
Ver el empeño que pone en protegerme me recuerda dolorosamente lo que perdí cuando dejé atrás a mis hermanos—.
No te preocupes, seguiremos en contacto. Y vendré a verte en cuanto pueda.
Otra mentira, porque según el documental, sus padres viven en Amberfield, un pueblo de mala muerte metido en el campo entre Bendigo y Ballarat; si no se han mudado, es imposible que pueda ir a visitarla a un sitio donde todo el mundo se mete en la vida de los demás.
Lo que yo necesito es anonimato, no cotillas.
—La policía ya viene de camino —dice Deirdre, clavando en mí una mirada cargada de curiosidad—.
No sé qué pintas tú exactamente en toda esta historia, Tillie, pero si no eres la prima de Sharna, como me dijisteis, lo mejor será que pongas pies en polvorosa antes de que lleguen, porque van a avasallarte a preguntas.
Tampoco hacía falta que fuera tan explícita, pero le agradezco el aviso.
—Gracias, Deirdre. Voy a ayudar a Sharna a recoger sus cosas.
Sharna sigue con cara de absoluto desconcierto y, aunque me alegro infinitamente de que por fin vaya a reencontrarse con los suyos, lo único en lo que puedo pensar es en que tengo que huir de aquí.
La pregunta es: ¿adónde narices voy a ir?