17 Caleb
Caleb
SIETE MESES ANTES
Derrick tiene tendencia a catastrofizar, así que volver corriendo a Sídney había sido del todo innecesario.
Nuestro cliente quedó satisfecho con un descuento del cinco por ciento en nuestra comisión, algo que mi neurótico jefe debería haber previsto de no ser porque le encanta delegar.
Pero al menos el viaje mereció la pena, porque ese mismo cliente me dio el contacto de una nueva cuenta en Melbourne.
De no haber conseguido ese contacto, no estaría ahora sentado en mi restaurante favorito, cerca de nuestra oficina de Melbourne, tomándome un bourbon para desconectar mientras espero a una preciosa rubia.
Es desconcertante, porque Lauren juega en otra liga.
Soy lo que la mayoría de las mujeres describiría como el típico «buen chaval», lo que significa que no tengo ningún rasgo que destaque especialmente.
Soy de estatura media, pelo castaño, ojos color avellana, y ganar músculo en el gimnasio me resulta prácticamente imposible por muchas repeticiones que haga o batidos de proteínas que me tome.
Eso sí, tengo un buen puesto, así que una vez que una mujer me conoce, probablemente ese sea mi mayor atractivo. Soy fiable, responsable y un amante razonablemente bueno, según las opiniones que he recibido.
Por eso, que alguien tan espectacular como Lauren entre en el local y me lance una tímida mirada de reojo es algo muy poco habitual, y un chute tremendo para mi ego.
Doy un sorbo al bourbon y la saludo con la mano, lo que hace que ella se dirija hacia mí.
Me cuesta no quedarme mirándola fijamente, porque su cuerpo es tan impresionante como su cara: curvas y piernas tonificadas quedan completamente a la vista bajo una minifalda negra.
La blusa holgada de seda, de un rojo carmesí intensísimo, va a juego con el brillo de sus labios, y su pelo rubio le cae sobre el hombro como oro líquido.
Joder, ¿de dónde saco estas analogías? Me ha nublado el juicio de lo guapa que es y, mientras se acerca, me levanto, cuadro los hombros y esbozo lo que espero que sea una sonrisa acogedora.
—Hola, Caleb —dice cuando llega a mi lado—. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.
—No, qué va.
Es mentira, porque estaba tan nervioso que había llegado al Ronnie's veinte minutos antes para tomarme una copa y calmarme de una maldita vez. Nunca bebo solo, pero la idea de cenar con Lauren me había puesto tan inquieto que ya voy por el segundo bourbon.
Señalo las botellas alineadas detrás de la barra.
—¿Qué te apetece tomar?
—¿Qué estás tomando tú?
—Bourbon, que por cierto es algo que rara vez pido. —Levanto mi vaso—. Y para que conste, tampoco suelo beber solo.
—¿Entonces estás celebrando algo?
Mi confusión debe de notarse en la cara, porque ella suelta una carcajada y se sienta frente a mí.
—Porque yo sí. Celebro cenar con un chico amable y generoso que me salvó la cena anoche.
Sé que lo dice como un cumplido, pero yo equiparo «amable y generoso» con «buen chaval».
Estupendo. Ya me ha encasillado. Puede que me imaginara la chispa entre nosotros anoche y que esto sea exactamente lo que ella dijo que sería: un agradecimiento por haberle pagado la cena cuando se dejó la tarjeta.
—¿Te he incomodado? —pregunta, y yo me maldigo por dentro por ser tan torpe con las mujeres guapas—. Porque puedo retirar el cumplido si eso te hace sentir más cómodo.
Me río.
—Empecemos de nuevo y hagamos como si no acabara de hacer el ridículo. —Le tiendo la mano—. Caleb McDougal.
—Lauren Faull.
Cuando me estrecha la mano, una descarga me recorre el brazo y el pecho se me tensa con una sensación inexplicable que nunca había experimentado con una mujer a la que apenas conozco.
Como si necesitara que no me soltara jamás.
Sacudido por esa extraña reacción, retiro la mano enseguida y cojo el vaso.
—Voy a pedir un shiraz —dice, mirando por encima del hombro hacia la barra, un gesto sencillo que le estiliza el cuello. Me quedo contemplando la suavidad de su piel, preguntándome qué se sentiría al besarla—. ¿Quieres uno?
Normalmente no mezclo, pero otro bourbon con el estómago vacío me dejará algo achispado, y quiero estar completamente lúcido si voy a flirtear con esta mujer tan impresionante.
—Claro, gracias.
Ella asiente, como si mi elección la complaciera.
—Ahora vuelvo.
Intento no quedarme mirándola mientras pide las consumiciones, pero es imposible. No soy de los que se quedan embobados con las mujeres, pero Lauren es espectacular, y sigo sin creerme la suerte que tuve de toparme con ella aquí anoche.
Vuelve a la mesa y se sienta.
—Entonces, ¿cuál es tu historia, Caleb McDougal?
Le cuento una versión resumida de mi vida —de dónde soy, que mi abuela es mi única familia, mi trabajo— porque me interesa mucho más conocer la suya.
—La mía es muy aburrida —dice con una risa autocrítica—. Crecí en Sídney, trabajo como contable autónoma, me mudé a Melbourne hace poco, me gusta pasear por la playa de St Kilda, ver thrillers en streaming, leer alguna que otra biografía y devorar comida tailandesa como si no hubiera un mañana.
Me abstengo de decirle que tiene un cuerpo increíble porque sonaría patético. Se me da fatal flirtear. Soy uno de esos tíos un poco pringados que de vez en cuando sueltan algún cumplido camuflado bajo una expresión impasible. Una tontería, lo sé, pero suele funcionar.
Con Lauren no funcionará, porque tengo la sensación de que me ha calado.
Como si supiera exactamente lo desconcertado que me tiene.
Aunque no creo que me tenga lástima ni que esté jugando conmigo por invitarme a cenar para agradecerme que la sacara del apuro anoche.
Sus ojos son sinceros, su expresión genuina, y está inclinada hacia delante como si le interesara de verdad lo que tengo que decir.
—¿Comes aquí a menudo, Caleb?
—Eso suena a frase de ligue.
Ella sonríe.
—Es una pregunta sencilla de una mujer que quiere saber qué merece la pena pedir aquí.
—Todo. —Mi respuesta sale vergonzosamente rápida y me río—. ¿Se nota mucho que me muero de hambre?
Si se da cuenta de que miento, no dice nada, pero su sonrisa tiene un punto de complicidad, como si pudiera ver a través de mí y supiera que mis prisas por pedir tienen mucho más que ver con pasar el mayor tiempo posible con ella que con el hambre.
—¿Qué te parece el menú degustación? —Abre la carta y la examina—. Anoche fue mi primera vez aquí y la comida para llevar estaba deliciosa, así que me apetece probar un poco de todo.
Mientras que a mí lo que me apetece es ella.
Por suerte, ese pensamiento me lo guardo.
—Pido aquí todas las semanas y siempre he querido probar el menú degustación. Hagámoslo. Pero esta vez pago yo.
—Eso va completamente en contra del propósito de haberte invitado para darte las gracias por lo de anoche. —Su fingido ceño fruncido es adorable—. No me obligues a ponerme dura contigo, Caleb.
Nos reímos al unísono, y es curioso lo a gusto que me siento con una mujer a la que solo conozco desde hace veinticuatro horas.
—Sé que sonará una locura, Caleb, pero siento como si te conociera de toda la vida. ¿Es demasiado raro?
—Lo justo de raro —digo, maravillado de que haya expresado exactamente lo que estaba pensando, y ella sonríe.
—Como dice el viejo tópico, este podría ser el comienzo de una hermosa amistad —dice, alargando el brazo para darme un apretón en la mano, y cuando la suelta, noto un frío extraño, como si su tacto hubiera dejado todo mi cuerpo en combustión.
—Podría ser.
Las palabras salen de mis labios con total naturalidad porque, por primera vez en mi escasa experiencia sentimental, siento una chispa auténtica.
Esto podría llevar a algo.