Todo lo que enterramos 16 Lauren
38%

16 Lauren

Lauren

ENTONCES

La gente es predecible.

En el fondo, somos criaturas de costumbres.

Incluso los más impulsivos, esos que juran que se mueven por pura espontaneidad, se engañan a sí mismos, porque todos seguimos unos patrones.

Cuento con ello.

Gracias al hábil hackeo de Steve, tengo información más que suficiente sobre Caleb McDougal y su estilo de vida.

Sé su dirección, el gimnasio al que va, los restaurantes en los que pide comida para llevar cada semana, incluso la mujer con la que se acuesta cada seis semanas aproximadamente.

La huella digital que dejamos es asombrosa, aunque no compartamos cada detalle de nuestra vida en las redes sociales. Caleb no publica nada en internet, razón por la que necesité la ayuda de Steve desde el principio.

He estado vigilando a Caleb durante una semana. Siete días más de los que debería, porque ellos volvieron a llamarme para pedirme ayuda. Les aseguré que estoy en ello, pero no puedo contarles el alcance real de mi plan todavía; sé que me convencerían para que lo dejara.

De los dos, ellos son los más cuerdos.

Esta noche pienso dar el siguiente paso.

Caleb McDougal no sabrá ni por dónde le vienen los golpes.

Según el historial de búsquedas de Caleb, Steve dice que le interesan las rubias y que tiene debilidad por un buen escote, así que me he teñido el pelo y llevo un vestido de punto ajustado de color albaricoque maduro, con un escote de vértigo y un sujetador con relleno.

Explotar mis encantos debería captar su atención sin ninguna duda.

Si eso falla, tengo un plan de reserva.

Apelar a su complejo de salvador.

Según Steve, Caleb hace voluntariado de vez en cuando en el Wildlife Emergency Service, adonde trasladan a los animales autóctonos que han sido atropellados.

Cualquier hombre que se toma la molestia de colaborar con animales heridos tiene un corazón demasiado noble, y yo sé perfectamente cómo explotar esa vulnerabilidad.

¿Me siento mal por engañar a un buen hombre? Un poco. Pero me ha costado mucho reconstruir mi vida entera y no pienso renunciar a ella de ninguna manera; o peor aún, acabar entre rejas.

Observo a Caleb entrar en Ronnie's, el restaurante de cocina fusión asiática al que va todos los viernes después de trabajar. Va a pedir rollitos de primavera de gambas vietnamitas y Char Kuey Teow, como siempre.

El momento lo es todo, así que me he colado en el local exactamente tres minutos antes que él y he pedido exactamente lo mismo.

Será un buen recurso para romper el hielo y, si eso no funciona, he escondido mi tarjeta de crédito para simular que no puedo pagar.

Conociendo el instinto protector que lleva dentro, Caleb se ofrecerá a invitarme, lo que hará que quede en deuda con él... y el resto vendrá solo.

Es un plan sólido para presentarme, pero ni de lejos me confío. Pueden salir mal muchas cosas, pero no habría llegado tan lejos todos estos años si hubiera dejado que el miedo me paralizara.

Quien esconde secretos no puede permitirse tener miedo.

Se me encoge el estómago cuando la puerta del restaurante se abre y Caleb entra. Tiene marcadas líneas de cansancio alrededor de la boca y los hombros ligeramente caídos, como si hubiera arrastrado una semana eterna.

Sé perfectamente lo que es eso.

Tal como había previsto, se dirige directo a la caja, cerca de donde estoy yo, medio oculta tras una palmera en maceta, y hace su pedido de siempre. Antes de que pueda reaccionar, la chica que atiende detrás del mostrador se ríe y me señala con la mano.

—Ha pedido exactamente lo mismo que usted.

Caleb se gira hacia mí y yo le sonrío, captando su expresión de desconcierto mientras me recorre de arriba abajo con la mirada. Está claro que le gusta lo que ve.

Su mirada se detiene en mi escote un segundo más de lo que dictaría la educación antes de clavar sus ojos en los míos y devolverme la sonrisa.

—¿Qué probabilidades había de que pasara esto? —pregunta.

—¿Una entre mil millones? —me río—. Aunque la verdad es que todo lo que sirven en este sitio está de muerte.

—Totalmente de acuerdo. ¿Trabajas por aquí cerca?

—No, pero el paseo desde Docklands hasta aquí me despeja la cabeza después de una semana larga.

—Te entiendo. —Hace una mueca—. Lo de la semana larga. Yo he tenido una de esas de órdago.

—Suena duro.

—No te haces una idea.

Estoy a punto de preguntarle a qué se dedica cuando la camarera regresa con mis recipientes dentro de una bolsa de papel marrón.

—¿El pedido de Lauren?

—Soy yo —digo, dedicándole a Caleb una sonrisa de disculpa por tener que cortar la conversación.

—Yo soy Caleb.

Me dice su nombre sin que yo se lo pida, lo que interpreto como una buena señal.

Hurgo en el bolso, saco el monedero y me acerco al mostrador. Me está observando mientras lo abro, así que finjo una expresión de absoluto horror.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—He usado mi tarjeta de empresa para hacer una donación a un santuario de elefantes en Tailandia y me la he dejado olvidada sobre el escritorio. Y la de débito que tengo vinculada al móvil está tiritando.

Lo del santuario de elefantes es un poco exagerado, pero no puedo permitirme improvisar. Necesito enganchar a Caleb y atraerlo hacia mí cuanto antes.

—No pasa nada, pago yo. —Da un paso al frente mientras se saca la cartera del bolsillo trasero del pantalón.

—De ninguna manera, no puedo permitir que hagas eso.

Le sonrío a la camarera con gesto apurado.

—Lo siento, pero no puedo pagar esto...

—De verdad, no es ningún problema. —Le entrega la tarjeta a la empleada antes de que pueda protestar otra vez—. No vamos a dejar que te quedes sin cenar después de la caminata que te has pegado.

—Muchísimas gracias. Es todo un detalle por tu parte.

Recojo la bolsa que me tiende la chica.

—Te lo devolveré, que conste.

—Más te vale.

Me guiña un ojo, y hago un esfuerzo sobrehumano por no torcer el gesto. Odio que los hombres guiñen el ojo.

—Si no te parece muy raro, ¿qué tal si te invito a cenar aquí mañana?

—Hago una pausa lo bastante larga para humedecerme los labios, aliviada al comprobar que su mirada se fija en mi boca antes de volver a cruzarse con la mía—.

O, si tienes pareja y no le va a hacer mucha gracia la idea, puedo pasarte el dinero al trabajo o hacerte una transferencia si me das tus datos.

—No tengo pareja, así que lo de cenar suena de maravilla.

Demasiado fácil.

—¿Quedamos aquí mañana a las siete?

—Perfecto. —Su sonrisa se ensancha—. Te doy mi número por si te surge cualquier imprevisto y tienes que cancelar.

—No hará falta, cuenta con ello.

Me inclino ligeramente hacia delante, satisfecha al notar que vuelve a bajar la mirada hacia mi escote.

—Ha sido un placer conocerte, Caleb.

Agito la bolsa que llevo en la mano.

—Y gracias otra vez por la cena. Estoy deseando devolverte el favor mañana.

—Es una cita —dice, rematando la frase con otro guiño.

Le tiendo el móvil para que anote sus datos, ocultando mi triunfo mientras lo guardo de nuevo en el bolso.

Lo he conseguido.

He provocado un primer encuentro perfecto con Caleb McDougal y ya tengo una segunda cita.

La primera de muchas, si todo sale como pretendo.