Todo lo que enterramos 15 Tillie
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ENTONCES

Me mantengo pegada al matorral que bordea el arcén de la carretera. Me sirve de cobertura, porque lo último que necesito es que algún conductor entrometido se detenga al ver a una cría caminando por una general.

O peor aún, la policía.

No pienso entrar en el sistema de acogida. Me niego. Y aunque no tengo ni idea de qué va a ser de mí, sí sé dos cosas: no voy a volver a Dirtridge, y no permitiré que me metan en ninguna casa que pueda ser tan mala como el infierno del que he escapado.

El problema es que ahora también soy responsable de Sharna. ¿En qué demonios estaba pensando?

Aunque puede que al final ni aparezca. Una camioneta destartalada me adelantó hace unos diez minutos en dirección a la estación de servicio, pero no ha regresado. Y si lo hace, ¿vendrá Sharna dentro?

Espero que me haya hecho caso, porque Fitz es un tipo peligroso. ¿Quién sabe?, si ayudo a Sharna a dar con sus padres biológicos, quizá estén tan agradecidos que me dejen quedarme con ellos.

Sí, claro, y esta noche dormiré en un hotel de cinco estrellas.

Oigo el rugido de un motor a mis espaldas y, al echar un vistazo por encima del hombro, reconozco la misma camioneta de antes.

Me acerco más al borde del asfalto para ver bien al conductor.

El vehículo aminora la marcha al acercarse a mí y el miedo me recorre la columna como un calambre.

Estoy a punto de echar a correr hacia la maleza cuando veo a Sharna en el asiento del copiloto, saludándome con una sonrisa de oreja a oreja.

Los ojos se me llenan de lágrimas de alivio y parpadeo para contenerlas mientras la camioneta se detiene y Sharna baja la ventanilla.

—¡Sube! —dice, abriendo la puerta para que me cuele junto a ella.

Una anciana de piel curtida y pelo gris encrespado se inclina hacia delante y me observa por encima de unas gafas con montura azul brillante. —Hola, cielo. Soy la señora Modd. Sharna me ha dicho que eres una amiga que está pasando por un mal bache. Me alegra poder echarte una mano.

Una vez más, me sorprende la iniciativa de Sharna; tendré que dejar de juzgarla tan a la ligera de ahora en adelante.

—Gracias. —Consigo forzar una sonrisa amable mientras subo al estribo y me meto en la cabina, cerrando la puerta tras de mí—. Se lo agradezco mucho.

—Qué educada —dice la señora Modd—. Hoy en día la mayoría de los jóvenes van pegados al móvil, no saben ni articular palabra con los demás.

Como ni Sharna ni yo tenemos móvil, supongo que la mujer tiene parte de razón.

—¿Adónde vais? —pregunta la señora Modd mientras se incorpora a la carretera, y yo recurro a la mentira que preparé cuando me largué de casa.

—Tengo familia en Sídney, así que voy para allá.

—¿Y cómo has terminado en esa estación de servicio en mitad de ninguna parte?

—Mi tío me dejó allí tirada para darme una lección porque le contesté mal. Dijo que volvería a por mí esta noche.

—A tu tío lo que le hace falta es un buen par de bofetadas —murmura, chasqueando la lengua—. ¿Y si regresa antes de tiempo y no estás?

—No lo hará. Ya lo ha hecho otras veces y siempre me deja allí hasta que anochece.

—Cuando os lleve de vuelta, pienso cantarle las cuarenta a ese hombre.

Sharna y mi mirada se cruzan en una sonrisa cómplice. No pensamos regresar, pero eso es un secreto que nos guardamos para nosotras.

—Os dejaré en la biblioteca un par de horas. Tengo unos recados que hacer, así que os recojo en la puerta a las cuatro, ¿de acuerdo?

—¡Claro! —decimos al unísono, compartiendo otra mirada.

Para cuando la señora Modd regrese, Sharna y yo ya habremos desaparecido.

El viaje transcurre en un silencio cómodo y, diez minutos después, veo un cartel que reza «Bienvenidos a Lurcheron» a la entrada del pueblo.

Lurcheron parece bastante más grande que Dirtridge: hay más tiendas, más restaurantes, dos iglesias y cuatro pubs.

El colegio y el instituto también son mayores, y cuando el coche se detiene frente a la biblioteca, me quedo boquiabierta ante un edificio de acero y cristal que parece una nave espacial.

—Divertíos, chicas. —La señora Modd mete la mano en el bolsillo de su peto vaquero y saca un fajo de billetes sujeto con una goma elástica.

Separa dos billetes de veinte dólares del fajo y nos da uno a cada una—.

Tomaos un helado y os quedáis con el cambio.

Pero no os alejéis mucho de la biblioteca, nos vemos aquí mismo.

—Gracias —digo, abrumada por su generosidad, a lo que Sharna añade—: ¡Es usted la mejor, señora Modd!

Agarramos las mochilas y bajamos de un salto de la camioneta. Cerramos la puerta de golpe y le decimos adiós con la mano hasta que el vehículo se pierde de vista. Luego nos miramos, con la misma mezcla de emoción y asombro reflejada en la cara, y soltamos un chillido contenido.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Sharna, pasándose el brazo por la correa de la mochila para cargarla a la espalda como una empollona.

Sonrío al distinguir la estación de tren justo por encima de su hombro.

—Ahora empieza nuestra aventura.