Todo lo que enterramos 14 Caleb
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Caleb

SIETE MESES ANTES

Mientras los inquilinos están ocupados cuidando el jardín bajo la atenta mirada de Tillie, llevo a la abuela al pueblo.

Después del desayuno, me ha enseñado la documentación que ha reunido para vender la casa.

Los promotores inmobiliarios están acaparando grandes extensiones de terreno en la zona para construir hoteles rurales de lujo, y uno de ellos ya se ha puesto en contacto con ella, lo que significa que deberíamos conseguir un buen precio.

Parece que la abuela ha hecho los deberes, y en breve nos reuniremos con el agente inmobiliario para iniciar el proceso de desprendernos de Ghost Gum House.

—Este sitio nunca cambia —digo mientras giro hacia Main Street, perdido en los recuerdos de cuando iba y volvía del colegio en bicicleta, paraba en el supermercado a comprar un refresco y me atiborraba de patatas fritas en el asador de pollos al carbón.

De pequeño, pensaba que Amberfield era un pueblo aburrido, pero desde que estuve en el internado a mediados y finales de la adolescencia y empecé a viajar por trabajo, he llegado a apreciar lo especiales que son lugares como este.

En la ciudad, las agresiones con cuchillos y machetes están a la orden del día, bandas de adolescentes deambulan por las calles buscando problemas y a nadie le importa si te atacan.

Aquí, no puedes cortarte el pelo sin que alguien haga algún comentario al respecto.

De niño lo detestaba —esos cotillas entrometidos que me delataban ante la abuela si me pillaban fumando a escondidas en el parque cuando volvía a casa en vacaciones de verano—, pero la otra cara de un lugar así es el espíritu de comunidad, y sé que la abuela estará bien atendida cuando entre en la residencia.

—Te sorprenderías. —La abuela me mira con expresión cariñosa—. Ahora ponen los últimos estrenos en el cine del pueblo, sin esperar dos meses. ¿Eso no es un cambio?

—Teniendo en cuenta que hoy en día todo el mundo ve las películas en streaming, abuela, me sorprende que ese viejo cine siga abierto.

Estaba bastante deteriorado cuando era adolescente: la pantalla tenía un rasgón, las palomitas estaban rancias y los perritos calientes sabían a rayos, como si los hubieran cocinado un año antes.

—La nostalgia está muy de moda últimamente. Mucha gente de la ciudad viene hasta aquí a pasar el día. La bodega de las afueras ayuda a atraer al turismo.

—Con suerte, alguno de ellos querrá invertir en una casa antigua.

—Esos promotores tienen muchas ganas de comprarla —dice con un deje de tristeza en la voz y, mientras aparco frente a la inmobiliaria, espero que vender la casa no suponga un golpe demasiado duro para ella.

Tomárselo con más calma le vendrá bien, pero cuidar de los demás ha sido su vida entera. He oído hablar de personas mayores que se vienen abajo cuando dejan de trabajar o se mudan a un sitio más pequeño, y espero que eso no le ocurra a mi abuela.

—¿Seguro que es esto lo que quieres hacer, abuela?

Tarda una eternidad en responder, y le cojo la mano, apretándosela en señal de apoyo.

Asiente y dice: —Ya es hora.

Quiero preguntarle tantas cosas —si hay algo más detrás de esta necesidad repentina de vender, si tiene algún problema de salud que no me está contando, si alguien la está presionando—, pero me callo mientras la ayudo a bajar del coche y caminamos hacia la inmobiliaria, M.J.

Cerri and Son. Al hijo de Morty Cerri lo conozco demasiado bien.

Sam Cerri me amargó la vida en el internado; era uno de esos niños ricos insoportables a los que todos adulan con la esperanza de conseguir una invitación para bañarse en su piscina olímpica durante el verano.

Sam paseaba por los pasillos de Loston Grammar como si fuera el dueño del lugar y, por alguna razón, me tenía manía.

Aguanté de todo, desde insultos hasta empujones contra las taquillas.

Cuanto más lo ignoraba, más me tomaba como blanco, y mientras nos detenemos ante la puerta, una pequeña parte de mí espera poder restregarle mi éxito en la cara ahora.

Estamos a punto de entrar cuando un anuncio en el escaparate llama la atención de la abuela.

—No entiendo por qué siguen poniendo esa propiedad en venta —dice, meneando la cabeza—. Nadie la va a comprar.

—¿Cuál?

—La antigua casa de los Ulverstone.

Es curioso que la abuela la llame así y no la casa de los vecinos. Aunque tampoco es que tuviéramos mucho trato con ellos. Nos evitaban, y nosotros a ellos. No supe por qué hasta mucho después.

—Esa casa está maldita —murmura la abuela, con un leve cabeceo.

Yo no creo en las maldiciones; creo en la maldad de las personas, pero ahora no es el momento de alterar a la abuela, justo cuando está a punto de poner en venta el único hogar que ha conocido.

—En esa casa pasaron cosas inexplicables y…

—Señora McDougal, pase, por favor. —Morty Cerri sujeta la puerta y nos hace señas para que entremos—. Me alegra verle, Caleb.

No miento diciendo «igualmente». En cambio, esbozo una sonrisa forzada y guío a la abuela al interior, preguntándome qué iba a decir sobre los Ulverstone.

Mientras Morty nos lleva a su despacho, un cubículo acristalado que huele a un ambientador floral demasiado cargado, no sé si sentirme aliviado o molesto por que Sam no esté aquí.

Morty nos abruma con su labia de vendedor: cuánto vale Ghost Gum House, los posibles compradores, las ventajas de sacarla a subasta y cómo contratar a un interiorista para preparar la casa puede añadir decenas de miles al precio de venta.

Puede que la abuela se deje impresionar por el discurso de Morty, pero yo no. Todo es humo y espejos, así que voy al grano con la pregunta difícil.

—¿De cuánto es vuestra comisión por la venta?

Los ojos de Morty se entornan ligeramente mientras me lanza una mirada hostil que borra con un parpadeo. —Eso siempre es negociable, así que primero fijemos cuándo creéis que estaréis listos para vender.

Me abstengo de poner los ojos en blanco ante su evasiva, y estoy a punto de presionarle más cuando me vibra el móvil. Lo saco del bolsillo y miro la pantalla. Es un mensaje de socorro del trabajo.

—Perdonad, tengo que hacer una llamada —digo, inclinándome hacia la abuela para susurrarle al oído—: No firmes nada hasta que lo hablemos luego —antes de levantarme y salir fuera.

Llamo a Derrick, mi jefe, que descuelga al primer tono.

—Vuelve a Sydney cagando leches, McDougal. Te necesito.

Me trago mi primera respuesta, «hola a ti también», y digo: —¿Qué pasa?

—Estamos a punto de perder a nuestro mayor puto cliente, así que deja de hacer preguntas estúpidas y coge el primer vuelo de vuelta.

—De acuerdo, intentaré estar de vuelta esta noche…

La señal de llamada cortada zumba en mi oído y mascullo una maldición. Derrick no podría haber elegido peor momento. La abuela me necesita para ayudarla a vender la casa, y con Tillie y Owen expresando sus preocupaciones, la abuela me necesita y punto.

Maldita sea.

Estoy a punto de volver a entrar en la inmobiliaria cuando la abuela abre la puerta y le dice adiós con la mano a Morty. Le da la espalda, así que solo yo veo el asco reflejado en su cara antes de que se cierre la puerta.

—¿Qué ha pasado ahí dentro?

La abuela se estremece. —Esa víbora me da ganas de meterme en la ducha.

Me río ante su acertada descripción. —Es más viscoso que una babosa.

El hecho de que no me riña por mi vocabulario muestra a las claras lo distraída que está con los tejemanejes de Morty.

—Ojalá tuviéramos otra opción para vender —dice con tono melancólico—. Preferiría darle la comisión a cualquier otro antes que a él.

Y a su repugnante hijo, me entran ganas de añadir, pero me callo.

—Podríamos intentar una venta privada. Tengo un amigo en Sydney que es intermediario y ya lo ha hecho antes.

La expresión de la abuela se ilumina. —¿De verdad? He oído hablar de las ventas privadas, pero no sabría por dónde empezar. —Arruga la nariz—. Además, yo sola no podría hacer algo así. Seguro que me timaba algún estafador.

Lamentablemente, creo que la abuela corre el riesgo de que la estafen desde dentro de su propia casa, pero me guardo ese pensamiento.

—Lo investigaré cuando vuelva a Sydney y te cuento. Si los grandes promotores están interesados en el terreno, debería ser fácil gestionar una venta privada.

La tristeza le tuerce el gesto. —¿Te vas tan pronto?

Asiento. —Lo siento, abuela. Era mi jefe, y me ha exigido que vuelva cuanto antes por un desastre inminente con un cliente.

—Lo entiendo. —Se apoya en mí y recuesta la cabeza en mi hombro—. Pero algún día espero que te quedes más tiempo. No me estoy haciendo más joven, ya sabes.

—Vas a llegar a los cien años y a recibir una carta del rey, cuento con ello.

Suelta un gracioso resoplido. —Tendré suerte si llego a mi próximo cumpleaños.

Llevamos intercambiendo bromas así desde que cumplió ochenta años, hace cuatro, y espero que mi profecía se haga realidad. No me imagino un mundo sin la abuela.

Le abro la puerta del copiloto. —Volveré en cuanto pueda. Te lo prometo.

Y espero que, mientras tanto, lo que sea que aqueja a mi abuela no vaya a peor.