13 Lauren
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Lauren
ENTONCES
Cuando la mayoría de la gente ve a personas sin hogar en la calle, evita mirarlas, como si no tener dónde vivir fuera contagioso. O eso, o les meten unas monedas en el sombrero antes de ir a gastarse cien dólares en una cena con vino.
Yo, incluso cuando por fin conseguí una vivienda estable, me tomaba el tiempo de relacionarme con ellas, de verlas de verdad.
Así es como conozco a Steve.
Volvía a casa desde mi trabajo como contable temporal en una gran promotora inmobiliaria, caminando frente a Flinders Street Station, cuando veo a un hombre con rastas encogido bajo una manta leyendo Ana Karenina.
Ese libro me encanta tanto que me paro, con mi sombra proyectándose sobre las páginas, y Steve levanta la vista.
Espero ver rabia en su mirada, recelo, irritación.
En cambio, sus ojos azul claro desprenden un destello de alegría, algo que no he visto en ninguna de las otras personas sin hogar con quienes he hablado.
—Qué historia más buena —dice—. Es mi tercera relectura y me atrapa cada vez.
—Yo también la he leído tres veces y no puedo soltarla.
—¿Tienes otras favoritas?
—No me juzgues, pero me encantó Crepúsculo.
Él arquea las cejas. —¿La de los vampiros?
—Y hombres lobo.
Se ríe, y la riqueza de su timbre me hace sonreír. —Como seguramente puedes imaginar, no tengo una gran biblioteca, pero hay una mujer que baja del tren de la línea de Glen Waverley a las 6:26 cada mañana, y cuando termina un libro, lo deja en ese banco de allí.
Señala un banco de madera de estilo antiguo. —Nunca mira hacia mí, pero supongo que me ha visto leer y quiere alimentar mi vicio.
Su sonrisa es de falsa modestia. —A diferencia de la mayoría de la gente, que me echa un vistazo y piensa que si me dan dinero, acabaré alimentando un vicio con drogas o alcohol.
—A la gente le gusta juzgar a los demás. —Hago una mueca—. Las redes sociales tienen mucho que ver en eso.
Las arrugas se le forman en las comisuras de los ojos cuando sonríe. —Eso lleva pasando mucho más tiempo que las redes sociales.
—Es verdad. —Me llevo una mano al pecho—. Soy Lauren.
—Steve. Genio de la informática al que le vinieron mal dadas y acabó aquí. —Señala hacia los famosos relojes de Flinders Street Station, sobre nosotros—. Y gracias a ellos, puedo decirte el segundo exacto en que cambió mi suerte.
No sé si intenta ser gracioso, así que no digo nada. En cambio, meto la mano en el bolso y saco el monedero. Pero antes de que pueda darle un billete de veinte dólares —todo lo que llevo en la cartera—, él levanta la mano para detenerme.
—Gracias, pero que me hables y me trates como a una persona es el mejor regalo que puedes hacerme.
Se me llenan los ojos de lágrimas y parpadeo. —¿Qué tal si te invito a comer algo?
—La comida siempre se agradece —dice con una humildad que me encoge el corazón—. Y una pequeña charla la próxima vez que pases por aquí.
Ese día le compré a Steve un bocadillo de albóndigas y rosquillas glaseadas en los puestos de comida que hay frente a la estación, y me propuse pasarme a hablar con él unas cuantas veces a la semana.
Durante nuestra tercera conversación, me reveló que había sido director de una empresa de informática que llevaba junto a su mejor amigo.
Desgraciadamente, Steve había estado tan ocupado construyendo la empresa y atendiendo a los clientes que no se dio cuenta de que su amigo, que llevaba las finanzas, había malversado millones antes de fugarse, dejando a Steve con una deuda impagable que lo llevó a la situación en que se encontraba.
Lo perdió todo: su novia, su piso, su coche, su vida.
Pero lo único que no había perdido era su orgullo, y este emanaba de él como un aura deslumbrante. Inteligente y perspicaz, mis conversaciones con Steve son mejores que cualquiera de las que tengo con mis compañeros de trabajo.
Nunca acepta dinero de mí, pero le llevo comida siempre que puedo.
Eso y libros. Gracias a mí y a la misteriosa señora de la línea de Glen Waverley, ha ido formando una biblioteca de géneros eclécticos, desde romance hasta new adult o ciencia ficción, que guarda en un cajón de plástico que le conseguí.
¿Lo mejor de alimentar el vicio lector de Steve?
En mi paseo diario desde la oficina hasta la estación, veo a otras personas sin hogar leyendo, y eso las humaniza más que ninguna otra cosa.
Espero que cuando cambie de trabajo —algo inevitable dado que no puedo quedarme mucho tiempo en un mismo sitio porque siempre voy con la mosca detrás de la oreja—, haya quien trate con un poco de dignidad a estas personas junto a las que la mayoría pasa de largo.
Llevo cuatro meses siendo amiga de Steve cuando esa persona llama.
Nunca le pido favores a nadie, pero después de darle muchas vueltas a nuestra situación, se me ocurre un plan.
Es descabellado y requerirá una buena dosis de actuación por mi parte, pero si consigo llevarlo a cabo, nuestro secreto estará a salvo.
Cualquier otro desenlace es impensable.
Lo que hicimos años atrás había sido por autoconservación, pero la policía no lo verá así. La alegación de legítima defensa que podríamos haber presentado desapareció hace tiempo, a medida que los moratones se fueron borrando, y no grabamos la confesión de culpabilidad de ese monstruo.
No me arrepiento de haber matado a ese canalla, pero ojalá hubiese actuado con más cabeza en todo lo que hice.
Porque ahora estoy metida hasta el cuello en un encubrimiento que va a necesitar mucho más que suerte para salir bien.
Y Steve es el hombre que puede ayudarme.
Anochece mientras camino por Flinders Street, preguntándome si estoy haciendo lo correcto. Consideré ignorar su súplica y dejar que esa persona resolviera este problema por su cuenta, pero hace años hicimos un pacto para mantenernos unidos y no pienso abandonarla ahora.
Yo no estaría aquí si no fuera por esa persona.
Le debo mucho, y siempre pago mis deudas.
Al llegar a la estación, Steve está apoyado contra una parete, con la cabeza inclinada y los ojos entornados mientras intenta leer con la tenue luz.
Tiene la cara limpia, lo que significa que ha hecho uso del abono semanal a la piscina municipal que le regalé.
No hay nada como una ducha caliente para reponerse, y me alegra que acepte este pequeño gesto de amabilidad de mi parte.
El orgullo deja de existir cuando vives en la calle. Al menos, así fue para mí durante el poco tiempo que tuve que hacerlo por necesidad.
Por desgracia, aquella etapa se vio truncada demasiado pronto porque el monstruo me encontró enseguida y me arrastró de vuelta al infierno que una vez llamé hogar.
—Hola, Steve. ¿Qué estás leyendo hoy?
Levanta la vista y parpadea, adaptándose a verme a mí en lugar de las letras del libro, recortada a contraluz por el sol poniente. —La comedia romántica que me diste, Did Not Finish.
—¿Qué te parece?
—Es divertida —señala el cajón lleno de libros que tiene detrás—. No es lo que suelo leer, pero gracias a ti, le doy una oportunidad a cualquier cosa.
—¿Cuál es tu personaje favorito?
—Axel, el escritor. Es muy gracioso. Aunque Mia también tiene su gracia, con la manera en que le replica.
—Mi favorito es Mr. Darcy.
Se ríe entre dientes. —¿Pero si el gato no habla?
—Ya, pero cuando terminas la historia, la autora del libro ofrece un relato corto de regalo, desde el punto de vista del gato. Es para morirse de risa.
—Eso suena genial. Tengo ganas de leerlo.
Con nuestra habitual conversación sobre libros llegando a su fin, cojo aire profundamente, preparándome para pedir un gran favor.
—Steve, ¿te apetece dar un paseo por el Yarra? Tengo algo que quiero comentarte en privado.
Él arquea las cejas. —Suena serio.
—Lo es. Puede que esté metida en un lío, y necesito tu ayuda.
—Lo que sea —dice sin desconfiar, y yo exhalo aliviada.
—Antes de que nos pongamos a caminar y hablar, tengo que decirte algo.
Acabo de recibir la llamada de una persona amiga que me ha alertado de este problema, así que me molestaría que pensaras que he estado hablando contigo y trayéndote cosas porque espero algo a cambio.
Porque no es así. Eres buena persona y mereces más de lo que la vida te ha dado, y quiero que lo sepas.
—No te preocupes, Lauren. Todo bien.
Dobla la esquina de la página y mete el libro en su biblioteca portátil. Se pone de pie despacio, como un anciano, y el corazón me duele al pensar en que este hombre pasa el día entero durmiendo porque no es lo bastante seguro cerrar los ojos por la noche.
Echa un vistazo al sin techo más cercano, su amigo Alfie.
—Oye, Alf, ¿puedes vigilar mis cosas un momento? Voy a dar un paseo.
—Claro, Steve. —Alfie le hace un gesto de aprobación con el pulgar—. Si puedes traer algo de comer al volver, no diría que no.
Alfie me ha visto traerle comida a Steve, y no me sorprendería que Steve estuviera compartiendo sus comidas con Alfie. Normalmente traigo cosas que se puedan dividir —focaccia rellena de verduras, arroz frito con ternera salteada y bolsas de plátanos y manzanas— cosas nutritivas pero ricas.
Si pudiera, daría de comer a cada persona que duerme al raso en la ciudad, pero saber que estoy ayudando al menos a una persona que se lo merece me ayuda a conciliar el sueño.
No siempre ha sido así.
Durante muchos años, las pesadillas sobre lo que hice me atormentaron. Cada vez que cerraba los ojos escuchaba el grito, el golpe sordo, y veía los ojos sin vida del monstruo que había venido a por mí.
Despertarme empapada en sudor frío cada noche acabó siendo agotador, así que probé con melatonina de alta dosis conseguida de tapadillo, y compré una máquina de ruido blanco que pronto me fue llevando a un sueño inquieto.
No recuerdo la última vez que dormí ocho horas seguidas.
La culpa tiene ese efecto.
Steve camina a mi lado en silencio mientras cruzamos el puente sobre el río Yarra y bajamos los empinados escalones hasta la orilla.
Los tentadores aromas de cebolla frita y hamburguesas a la parrilla del Arbory Bar flotan en la brisa suave, y mi estómago ruge.
Mi hambre tendrá que esperar. Esto es demasiado importante.
Steve espera a que nos hayamos alejado de los turistas y de la gente que vuelve a casa del trabajo antes de hablar.
—Cuéntame en qué lío estás metida.
No titubeo ni doy rodeos. Me lanzo de cabeza, confiando en que este buen hombre pueda ayudarme.
—Tuve una infancia muy dura. Pasaron cosas muy malas, hasta el punto en que tenía que ser libre o morir en el intento. Ahora hay posibilidades de que mi pasado vuelva para atormentarme, y no puedo permitirlo. No voy a renunciar a mi libertad por el canalla que me robó tanto.
Suelto el aire, aliviada de que Steve me mire con curiosidad en lugar de desprecio.
—Para protegerme a mí y a una persona amiga involucrada, necesito información, y la necesito rápido.
No me puedo permitir seguir los cauces habituales, porque llevaría demasiado tiempo, y el tiempo no juega a mi favor.
Así que esperaba que pudieras usar tus conocimientos informáticos para hackear algo y averiguar información vital sobre un hombre que puede ayudarme.
—Hackear es ilegal, ya sabes —dice Steve con total seriedad, antes de echarse a reír—. Por supuesto que te ayudo. Dame tu teléfono.
—No puedo arriesgarme a que esto se rastree hasta mí, por eso te he comprado esto.
Meto la mano en el bolso y saco un teléfono prepago. —Tiene una SIM de prepago que debería durarte meses.
Sus ojos se entornan levemente, evaluándome. —Si esta es tu retorcida manera de regalarme un teléfono, no hace falta que llegues a estos extremos. Si he aceptado tus libros y tu comida, también acepto un teléfono, sin problema.
Frunce el ceño. —Aunque qué haría yo con un teléfono, no tengo ni idea. Navegar por internet o curiosear los perfiles de las redes sociales de personas que antes me conocían y me traicionaron no figura entre mis prioridades.
—No intento engañarte para que aceptes un teléfono, Steve. De verdad necesito tu ayuda.
—En ese caso, dámelo.
Le doy el teléfono. —Todavía no he configurado ninguna contraseña ni nada, así que puedes hacerlo tú. Pero sí necesito que consigas toda la información que puedas sobre este hombre.
Steve me mira fijamente, con los ojos despejados, sin juzgarme. —¿Cómo se llama?
—Caleb McDougal.
—Me pongo a ello.
Los pulgares de Steve vuelan sobre el teclado del teléfono en una clara demostración de memoria muscular. Estoy a punto de ofrecerme a ir a comprar algo de comer cuando dice: —Listo.
Arqueo las cejas. —¿Tan rápido?
Su sonrisa es tímida. —¿Qué quieres que te diga? Se me da bien lo que hago.
En ese momento, me prometo en silencio ayudar a este hombre a recuperarse y encontrar trabajo. Concretamente, ganarme la confianza de Caleb McDougal e introducirme en su vida.