12 Tillie
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Tillie
ENTONCES
Alos niños que huyen de casa les pasan cosas malas.
Si tienes la mala suerte de cruzarte con la persona equivocada, estás muerta. En este mundo hay dos tipos de personas.
Las bondadosas por naturaleza y las que nacen malvadas.
Por suerte para mí, se me da bien calar a la gente.
«Puedo con esto» es mi nuevo mantra mientras me escondo en la parte trasera de un camión de ovejas que pasa por Dirtridge, deseando que los kilómetros vuelen.
Apenas puedo respirar durante las horas que paso tumbada entre ovejas apestosas, pero cuando el camión reduce la velocidad y me asomo a mirar, suelto un suspiro de alivio. Estoy a cien kilómetros de Dirtridge.
Quizá mi hermana tenga razón y exista un dios.
El camión entra en una estación de servicio y, cuando se detiene, me escurro por detrás. Salgo apestando, pero me da igual. La distancia entre el infierno que llamo hogar y yo me confirma que soy libre.
Corro hacia el baño y me choco con una chica que sale en ese momento, más o menos de mi edad.
—Hola, soy Sharna —dice. Un nombre bonito para ese duendecillo con la cara manchada de tierra, la nariz respingona cubierta de pecas y los ojos de un azul intenso.
Me planteo dar un nombre falso, pero al final lo estropearía, así que me decanto por la verdad.
—Soy Tillie.
Quiere charlar, lo veo en su expresión entusiasta, así que me adelanto con un:
—Tengo que usar el baño urgentemente.
—Claro.
Se aparta, pero cuando salgo, me está esperando.
Congeniamos como dos chicas de catorce años desconfiadas, hablando de los últimos grupos de K-pop y de los surfistas más guapos de Home and Away, y cuando me invita a entrar en la estación de servicio donde trabaja su padre, acepto porque espero conseguir un granizado sin tener que pagarlo.
Al doblar la esquina, un chalado en un patinete eléctrico casi arrolla a Sharna. Grito «¡Gilipollas!» y la aparto de un tirón tan brusco que se cae y se rasga los vaqueros. El susto del percance debe de haberla sacudido porque se echa a llorar.
—Oye, ¿estás bien? —Le tiendo la mano para ayudarla a levantarse y ella la acepta.
—Me has salvado. —Se sorbe la nariz—. Gracias.
Está delirando. Lo único que he hecho es insultar al capullo y tirar de ella. Aunque desde luego merece un granizado gratis, y mientras la sigo hacia la estación de servicio, empiezo a creer que mi suerte ha cambiado.
Hasta que Fitz Stephenson aparece desde detrás del mostrador.
Lo primero que me llama la atención es que se parece a mi padre, pero mientras que los ojos de mi padre suelen estar nublados por el alcohol, los de Fitz están despejados, lo cual lo hace más aterrador.
Porque me mira como si se desayunara chicas jóvenes.
—Papá, te presento a Tillie, mi nueva amiga. Me ha salvado cuando ese idiota de Max casi me atropella.
—Voy a matar a ese crío —murmura Fitz, sin apartar los ojos de mí—. ¿De dónde has salido tú, Tillie?
Lo único bueno que mi padre me enseñó es a pensar rápido. Sé mentir como una profesional y he tenido que hacerlo en muchas ocasiones. Pero hay algo en Fitz que me deja extrañamente sin palabras, de modo que cuando se acerca a mí, siento a partes iguales terror y desafío.
Me he enfrentado a tipos más repugnantes en mis catorce años en este mundo.
—Me he escapado de casa.
Le suelto la verdad a bocajarro, sabiendo que no me creerá. La mayoría de los adultos me echan un vistazo y dan por hecho que soy una chica andrajosa e inofensiva. Un error que me viene bien porque me subestiman.
Lo que no saben es que soy lista. Muy lista. Lista para los libros y lista para la calle: ese es mi poder secreto. Nunca me han hecho un test de inteligencia, pero creo que sacaría una puntuación alta. Y eso es lo que me mantendrá a salvo cuando me enfrente a tipos como Fitz en el futuro.
Mi inteligencia me mantendrá con vida.
Eso espero.
Fitz me estudia un momento más antes de echarse a reír, y suelto el aire que sin darme cuenta estaba reteniendo.
—Así que eres una chica dura, ¿eh? —Se ríe entre dientes—. Tendrías que serlo, siendo una fugitiva y todo eso.
Me encojo de hombros, como si su opinión me importara poco.
—Soy bastante dura.
—Bueno, chica dura, si has salvado a mi hija de que la atropellaran, lo menos que te debo es un poco de gratitud. —Señala las estanterías abarrotadas de la estación de servicio—. Puedes elegir cinco cosas. Lo que quieras.
Reprimo mi primer impulso, que es protestar.
Odio que me compadezcan. Pero esto es diferente.
Fitz me ha dado una oportunidad de oro. Espera que elija cinco chucherías como cualquier niña normal: golosinas, chocolatinas, patatas fritas, cola, galletas.
Pero yo estoy muy lejos de ser normal, y lo que escoja puede ayudarme a sobrevivir.
—Vale, gracias.
Sharna se pone a mi lado mientras me muevo entre las estanterías y Fitz vuelve detrás del mostrador.
—Podemos compartir algunas de esas ranas de chocolate —dice, señalando una bolsa enorme de chuches que destrozan los dientes y que nunca he probado por el precio—. Son mis preferidas.
—Tu padre te dejará coger esas. Yo necesito elegir cosas que me gusten a mí.
Me mira como si fuera un alienígena porque no quiero compartir con ella. Me da igual. En cuanto coja mi botín, me largo de aquí. Una estación de servicio es un buen sitio para encontrar mi próximo medio de transporte, porque cuanto más lejos esté de Dirtridge, mejor.
—Voy a hacerme un granizado de frambuesa, te hago uno también —dice, corriendo hacia la máquina de la pura tentación.
Solo he tomado una bebida fría una vez en mi vida, una mezcla refrescante de cola y hielo que sabía a gloria.
Tenía cuatro años, y papá había ganado en las tragaperras.
Ese día estaba contento, y nunca olvidaré estar sentada fuera de la freiduría, compartiendo una ración con mis hermanos, con la sal en los labios y el vinagre chisporroteando en la lengua.
El recuerdo de Wayne y Maribel me llena los ojos de lágrimas, y parpadeo rápidamente, necesitando concentrarme en hacer mis elecciones y salir de aquí cuanto antes.
Con Sharna entretenida en la máquina de granizados, elijo un paquete grande de carne seca, un pack de ocho barritas de proteínas, una bolsa grande de gominolas de frutas, una caja de cerillas y una lona.
Sé que los dos últimos artículos van a despertar preguntas, pero me da igual.
Puede que necesite encender un fuego y tener refugio si el tiempo se pone feo mientras busco un sitio permanente donde quedarme.
Me dirijo hacia el mostrador, donde Fitz observa los artículos que llevo en brazos con los ojos entornados.
—Vaya selección más curiosa —dice, arqueando sus pobladas cejas mientras examina mis artículos y luego me fulmina con la mirada como si los estuviera robando—. Sharna cogería todas las existencias de chocolate si le diera a elegir.
—Yo no soy Sharna. —Le sostengo la mirada, fingiendo una confianza que no siento. Algo en este hombre me hace querer darme una ducha caliente, si tuviera ese lujo.
Sus ojos se entornan ligeramente.
—¿Necesitas una bolsa o vas a meterlo todo en la mochila?
—La mochila está bien.
El orgullo me impulsa a ofrecerme a pagar, pero no me puedo permitir ese lujo. Doscientos dólares no duran mucho, y que me ofrezcan cosas gratis es un regalo que no esperaba.
—Entonces ya puedes irte. —Señala la puerta, como si tuviera prisa en deshacerse de mí, pero su hija tiene otras ideas.
—Toma, Tillie. —Sharna me tiende un granizado de frambuesa y se me hace la boca agua.
—Son seis cosas —dice Fitz con el ceño fruncido, y tengo ganas de tirarle el granizado a la cara.
—Son dos dólares, papá. Lo pago de mi paga.
Me dan ganas de abrazar a Sharna por ser tan generosa, pero cuando la mirada de Fitz se posa en su hija, veo algo que me hiela la sangre.
La mira de la misma manera en que papá mira a Maribel.
Obsesivo. Sobreprotector. Sin querer compartirla.
El tipo de mirada que no entiendo del todo, pero que siempre me da ganas de esconderme.
Después de lo que parece una eternidad, Fitz señala la puerta.
—Fuera, las dos.
Casi espero que añada «y no vuelvas» dirigiéndose a mí, pero no me quedo a escucharlo mientras meto mis inesperados tesoros en la mochila y troto hacia la puerta.
Sharna le grita «gracias, papá» por encima del hombro y, cuando salimos fuera, por fin puedo respirar de nuevo.
—Your father is intense —digo, empapándome en sudor solo de pensar en haber escapado de un monstruo para toparme con otro.
Está asustada, con los ojos muy abiertos mientras echa un vistazo por encima del hombro hacia la puerta cerrada.
—No se lo cuentes a nadie, pero no es mi padre.
—¿Cómo?
—Dice que tengo que llamarle así para no meterme en problemas.
El miedo me recorre por dentro.
—¿Por qué te meterías en problemas?
—Porque la gente no entendería cómo me salvó y me cuida. —Intenta esbozar una sonrisa que parece más bien una mueca—. Me da un montón de cosas gratis y me deja vivir en el cuarto de repuesto que hay detrás de la tienda.
—¿Cómo acabaste aquí?
—Mi madre me perdió.
—¿Qué quieres decir?
—Mi madre bebía mucho. Siempre estaba durmiendo y yo tenía que ir a la compra.
Así que un día vino conmigo, pero conducía muy mal, y cuando yo estaba dentro del supermercado, se fue.
Creo que se olvidó de mí, pero no pasó nada, porque Fitz me encontró y dijo que me cuidaría.
—Sorbe su bebida—. Y lo hace, mucho mejor que mi madre.
Atónita de que me haya contado su secuestro como si fuera la cosa más normal del mundo, digo:
—¿Cuándo pasó eso?
—Cuando era muy pequeña. —Arruga la nariz, como si estuviera pensando—. Quizá cuatro o cinco años, así que hace unos nueve años, ¿no?
La impresión me revuelve el estómago. La madre de Sharna puede haberla abandonado, pero Fitz había secuestrado a una niña.
Aunque quizá su madre no se había ido y esa es una historia que Fitz se inventó para encubrir su crimen.
No puedo preguntarle por qué, porque no me van a gustar las posibles respuestas.