Todo lo que enterramos 10 Lauren
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ENTONCES

Todavía estoy conmocionada por el encontronazo con la policía y dándole vueltas a si me he estado acostando con un asesino de esposas cuando mi mal día se tuerce aún más.

Hace más de un año que no tengo noticias de mi mejor amiga. Mantenemos el contacto de forma esporádica, pero nuestras conversaciones son forzadas e incómodas mientras esquivamos el asunto que nos une.

El acto atroz que cometimos hace doce años.

En su momento fue una necesidad, pero quitarle la vida a un ser humano no es fácil, digan lo que digan las series policíacas de la televisión.

No somos malas personas.

No hacemos cosas malas.

Salvo una vez, y ya no podemos deshacerlo.

Pensé que me atormentaría, pero resulta que matar a una persona repugnante sí te permite dormir por las noches.

No es que me libre por completo de la culpa. Tengo algún que otro flashback, alguna pesadilla ocasional. Pero en general he pasado página de aquella noche horrible en que todo se fue al garete; sin embargo, cada vez que oigo su voz, me veo catapultada a una época que preferiría olvidar.

Mientras el teléfono sigue sonando con su nombre en la pantalla, me planteo no contestar. Pero nos prometimos que siempre cogeríamos el teléfono por si la otra persona tenía una emergencia, así que me armo de valor y deslizo el botón.

—Hola. ¿Cómo estás?

Un saludo tópico y manido cuando nuestra amistad no tiene nada de ordinaria.

—Bien. —Se oye con claridad cómo traga saliva—. ¿Y tú?

Se me cae el alma a los pies al percibir que su tono roza el pánico. Está perdiendo los nervios, y eso solo puede significar una cosa.

Nuestro secreto corre el riesgo de salir a la luz.

—He estado mejor. ¿Qué pasa?

Hay una larga pausa antes de que diga:

—Me conoces mejor de lo que me conozco yo misma.

—Se nota en tu voz. Y teniendo en cuenta todo lo que hemos vivido juntas, desde luego que te conozco.

Suspira.

—Por eso te llamo. Tenemos un problema.

Ya lo sabía.

—¿Qué tipo de problema?

—Podríamos correr el riesgo de que nos descubran.

Mierda.

No es el peor escenario posible, pero es suficientemente malo.

Cuando hicimos lo que tuvimos que hacer, ninguna de las dos sabía gran cosa sobre ADN, análisis forense o procesamiento judicial. Y aunque desde entonces lo he investigado, no quiero arriesgarme a que ninguna de las dos sea relacionada con una persona desaparecida.

—¿Estás segura?

—Sí —dice—. Estoy preocupada.

—¿Qué quieres hacer?

Su gemido bajo no me infunde precisamente confianza.

—No lo sé, pero en cuanto me enteré tuve que llamarte, porque tú siempre sabes qué hacer.

Es verdad. Soy la de las ideas en nuestra amistad.

Desde el principio, yo controlé nuestra narrativa.

Con qué frecuencia quedábamos, qué nos poníamos, adónde íbamos, a quién más invitábamos a nuestro círculo.

Ella se remitía a mí para todo, y en aquel entonces me gustaba ser la fuerte, la que llevaba las riendas, porque en mi vida había pocas cosas que pudiera controlar.

Pero son momentos como este los que me hacen desear que tuviera más carácter y fuera capaz de tomar decisiones. Si así fuera, no estaríamos en este aprieto. Ella no me habría contactado entonces, yo no habría acudido en su ayuda, y no habríamos hecho lo impensable.

En aquel momento no tuvimos ningún escrúpulo. Los monstruos tienen que ser erradicados. De lo contrario, siguen haciendo daño y atormentando a víctimas inocentes.

Pero no me necesitaba para hacerlo. Ella también tenía el poder.

Al fin y al cabo, estaba a punto de convertirse en otra de sus víctimas si no hubiéramos actuado.

—Necesito más información antes de decidir qué hacer —digo, preparándome para una perorata interminable. Nunca es capaz de ceñirse a los hechos. Cuando cuenta algo, lo adorna tanto que acabo gritándole «¡ve al grano!»

Para mi sorpresa, resume los acontecimientos con concisión, y mientras habla, un plan vago empieza a tomar forma en mi cabeza.

Es factible, pero requiere jugar a largo plazo, con un tiempo del que no estoy segura de disponer.

—¿Cuánto crees que tardará en desencadenarse todo esto?

—De seis a nueve meses como máximo —dice—. ¿Qué te parece?

—Creo que tenemos que hacer lo que sea necesario para mantener nuestro secreto a salvo.

—Esperaba que dijeras eso. —Su alivio es audible—. ¿Qué vas a hacer?

Procedo a contarle mi plan, confiando en no llegar demasiado tarde.

Nuestra libertad depende de ello.