9 Tillie
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Tillie
ENTONCES
Corro a toda velocidad el kilómetro entero hasta donde tengo escondida la mochila.
Es el sitio perfecto, en las afueras del pueblo, en un bosquecillo ralo plantado por los urbanistas en tiempos mejores.
Habría que ser un genio para pensar que meter unos cuantos plantones en la tierra iba a crear una vegetación exuberante. Pues no.
Pero los árboles ofrecen cierta cobertura, y mientras me cuelo entre los troncos que se alzan sobre mí, me siento más segura a cada minuto. Cuando diviso mi árbol, acelero un poco más: la seguridad en forma de ropa, comida y dinero me llama desde allí.
Sin embargo, en el momento en que meto el brazo en el hueco del tronco y engancho la correa de la mochila para sacarla de un tirón, una mano se cierra sobre mi hombro y pego un grito.
—Déjate de eso —dice una voz que reconozco—. Me has reventado el tímpano.
—Vete a la mierda, Mattie. —Me deslizo hacia atrás con la mochila bien aferrada en el puño—. Me has dado un susto de muerte.
Mattie, lo más parecido a un mejor amigo que tengo, señala la mochila con el dedo.
—¿Qué llevas ahí?
—No es asunto tuyo. —Aprieto la mochila contra el pecho como si fuera un talismán, deseando que tuviera el poder de ahuyentar a los malos como mi padre.
Me mira fijamente la mochila, luego me estudia la cara y la comprensión le hace arquear las cejas.
—¿Te estás escapando?
—Qué va, me voy de vacaciones —lo digo sin inmutarme, y la confusión le frunce el ceño de tal modo que no puedo evitar reírme.
—¿Puedo ir yo también?
Lo último que me falta: un crío con la pierna fastidiada por una mala fractura después de caerse de las barras de mono siguiéndome los pasos y haciéndome ir más despacio.
—No. —Me cuelgo la mochila sobre el hombro derecho—. Y cierra ese bocazas, ¿vale? No quiero que nadie sepa que me he ido hasta que me echen de menos.
Se le frunce el ceño aún más.
—¿Y Wayne y Maribel? ¿Ellos no te van a echar de menos enseguida?
No puedo decirle la verdad —que mi hermano y mi hermana están ocupados luchando por sus vidas o, peor aún, muertos—, así que me encojo de hombros.
—Ya tienen edad para valerse solos.
Se queda un momento en silencio antes de decir:
—Tu padre va a ponerse hecho una fiera.
—Mi padre es un imbécil, y por eso me largo.
—Pero si solo tienes catorce años.
—¿Y qué?
—¿Dónde vas a vivir? ¿Tienes dinero? Eres demasiado joven para trabajar. Acabarás en The River.
Los niños de nuestro pueblo siempre escriben The River con mayúsculas porque nos enseñan desde pequeños a no acercarnos a él. En realidad, a causa de la sequía interminable, hoy en día es más bien una poza seca, pero el estigma que lo rodea basta para asustar a la mayoría de los críos, aun así.
Si alguien desaparece en Dirtridge, es que se lo ha tragado The River.
Una leyenda estúpida que ha ido creciendo con los años y que ha llegado a tal extremo que casi todos los lugareños creen que el sitio está encantado.
Mentecatos. Los fantasmas no existen. No cuando los humanos de carne y hueso son mucho más aterradores que cualquier cosa que no podamos ver.
—Deja ya de hacer tantas preguntas —mascullo, deseando no haberme cruzado con Mattie.
Porque ver a mi mejor amigo, que me bombardee a preguntas, me está haciendo dudar.
Tiene razón. ¿Qué haré cuando se me acabe el dinero?
Y tampoco es tanto, poco más de doscientos dólares.
No me importa dormir bajo las estrellas, pero eso era cuando mis hermanos estaban conmigo.
¿Tengo valor suficiente para acampar sola al aire libre?
¿Me atacarán los dingos mientras duermo?
¿Y las arañas? Las arañas cazadoras me dan un pavor tremendo, y Wayne siempre se asegura de sacarlas fuera cuando se meten en mi habitación.
—No tienes muy buena cara —Mattie ladea la cabeza y me observa—. ¿A lo mejor deberías venir a quedarte en mi casa una temporada?
—Seguro que a tu madre le hace una ilusión tremenda —le digo, bien consciente de lo que piensa la señora Moon de mí.
Cree que soy una mala influencia para su hijo y que debería mantenerse alejado de mí.
La oí hablar con nuestra profesora un día, cuando Mattie no se había agachado lo bastante rápido para esquivar un frisbee que yo había lanzado por accidente, y su madre me había echado la culpa a mí.
Desde ese día, dejé de frecuentar la casa de Mattie.
Nos paseamos en bici por el pueblo o él viene a mi casa a jugar al cricket en el erial polvoriento del jardín delantero.
Me cuela bocadillos de Vegemite de más y comparte conmigo su vodka de contrabando.
Los niños del colegio se meten con él por la cojera y, como yo, no tiene muchos amigos.
Pero nos tenemos el uno al otro, y eso es lo único que importa.
Qué curioso que no me haya dado cuenta hasta ahora de que, si me escapo, no volveré a ver a Mattie.
—Por favor, quédate conmigo —dice, con un tono tan lastimero que me entran ganas de abrazarle.
En cambio, le digo:
—Deja de llorar como un bebé —y lo aparto de un empujón.
Se le abre la boca de la sorpresa y yo aprovecho su momentánea confusión para echar a correr.
—Tillie, vuelve —grita, pero yo no me detengo.
No miro atrás.
No puedo.
Porque si lo hago, nunca escaparé de este lugar, y ese tiene que ser mi objetivo número uno.
Mi supervivencia depende de ello.