8 Caleb
cKC
Caleb
HACE SIETE MESES
Estoy más preocupado que nunca después de ver a la abuela.
Tillie tiene razón. Mi abuela no está bien, pero no es una dolencia física. Nunca la había visto tan agotada, y su palidez, sumada a la pérdida de peso, evidencia el desgaste que le supone llevar esta casa.
Tenemos que vender Ghost Gum House cuanto antes.
Me salto la cena con los inquilinos para dedicarme a buscar precios de casas en la zona por internet y encontrar al mejor agente inmobiliario para gestionar la venta.
Cuanto más pueda hacer para ayudar a la abuela, mejor.
Está tan arraigada a esta casa y a ayudar a los demás que nunca pensé que fuera a venderla.
Teniendo en cuenta que soy propietario de la mitad —mi padre y la abuela figuran en la escritura y él me legó su parte al morir—, llevo años intentando convencerla de que venda. No porque necesite el dinero, sino para que pueda descansar después de haber dedicado toda su vida a cuidar de los demás.
El hecho de que ahora haya accedido a vender me dice más que cualquier palabra. Está agotada. Y necesita liberarse de las cargas de Ghost Gum House.
Echo un vistazo a mi dormitorio, que no ha cambiado desde que vine a vivir aquí con cinco años.
El papel pintado está desvaído, las rayas azul marino ahora palidecidas, mis premios del colegio alineados sobre la cómoda, y la estructura de madera de la cama, la mesilla y el armario todavía huelen levemente a sándalo.
Siempre estoy en paz en esta habitación.
Me reconforta. En su día fue mi refugio cuando murieron mis padres; con el tiempo se ha convertido en un símbolo de estabilidad.
Por mucho que me aleje, esta habitación es mi hogar.
Lo cual plantea la pregunta: ¿dónde llamará hogar la abuela una vez que vendamos?
Hay una residencia de ancianos en la zona donde conoce a la mayoría de los residentes, así que parece la mejor opción.
Pero no me imagino a la abuela viviendo en una casita de un dormitorio después de haber tenido toda esta casa a su disposición durante toda la vida.
La otra opción, que venga a vivir conmigo en la ciudad, es algo que ella nunca aceptaría.
Ya se lo he mencionado antes, y su respuesta habitual es:
—Nunca voy a ser un estorbo para ti.
Y eso que no tengo ningún estilo que estorbar. Llevo años sin pareja. Las mujeres me etiquetan de «majo» o de «material de amigo» antes de salir con algún imbécil chulito que inevitablemente les rompe el corazón.
Con el dinero de la venta, la abuela podría comprarse otra casa, pero dada su edad, no le veo el sentido. Quiero que los años que le quedan sean lo más tranquilos posible, así que la residencia de ancianos sigue pareciendo la mejor opción por ahora.
Unos golpecitos suaves en la puerta —tres, una pausa y otros tres— me indican que probablemente es Tillie, que me ha subido una bandeja con la cena.
No tengo hambre, pero si la ignoro le haré daño, así que cruzo la habitación y abro la puerta.
Ella sonríe, y me asalta de nuevo el pensamiento de lo mucho más fácil que sería mi vida si sintiera algo por ella.
Es dulce y sincera, con una inocencia de fondo que me atrae; como amiga.
—Pensé que igual tenías hambre —dice, tendiéndome una bandeja con un plato colmado de espaguetis a la carbonara y un vaso con algo transparente y con burbujas.
Me apetecería una cerveza, pero sé que la abuela no tiene alcohol en casa porque algunos de los inquilinos tienen problemas de adicción.
—Gracias, eres muy considerada. —Cojo la bandeja y la dejo sobre la cómoda.
Está esperando que la invite a pasar, y normalmente no lo haría, pero es quien más tiempo pasa con la abuela cuando yo no estoy y quiero saber más de lo que me contó cuando llegué.
—¿Te apetece charlar mientras como?
—Me encantaría.
Apenas me da tiempo a hacerme a un lado y ya está en mi habitación, y espero no estar cometiendo un error.
Aunque le dejé claro que nunca podremos ser más que amigos después de aquella noche de borrachera que compartimos, tengo la sensación de que Tillie sigue esperando algo más.
Por eso he mantenido las distancias desde entonces, sin visitar a la abuela tan a menudo como lo haría, y cuando lo hago, mantengo una amistad cordial en lugar de la relación de bromas descaradas que Tillie y yo hemos tenido durante años.
Me siento en la silla del escritorio, incómodo al verla sentarse en mi cama, pero no hay otro sitio para ella.
—La abuela Esme dice que mis espaguetis a la carbonara son los mejores que ha probado en su vida —dice Tillie, esperando a que yo dé un bocado.
El estómago se me revuelve de preocupación, pero cojo el tenedor, lo clavo en la pasta, la enrollo y me la llevo a la boca a la fuerza. Está buena, pero nada comparable a los auténticos platos italianos del restaurante siciliano de mi barrio en Melbourne. Aunque eso no se lo pienso decir a Tillie.
—Está buena —digo, metiéndome otro tenedor a la fuerza para reforzar mis palabras, sabiendo que tendré que aparentar que como algo antes de poder sonsacarle información—. ¿Los demás también siguen compartiendo los turnos de cocina?
—A veces, aunque la abuela y yo nos encargamos de la mayor parte. —Suelta una risita—. ¿No querrías comer pasta así todos los días?
Sonrío.
—La abuela tiene mucha suerte de tenerte.
Hago una pausa, dejándole a Tillie espacio para que hable más sobre la abuela ahora que le he dado pie.
—¿Cómo has visto a la abuela Esme? —pregunta, y me alegra que haya tomado la iniciativa para poder ir haciéndole las preguntas poco a poco.
—Tienes razón. No creo que esté bien, pero lo esconde detrás de su valentía de siempre.
La preocupación le frunce el ceño.
—¿Qué deberíamos hacer?
—Hay varias posibilidades, pero todas pasan por una misma cosa.
—¿Cuál?
—Vender esta casa.
Tillie palidece y se tambalea un poco. Entiendo su reacción. Lleva años viviendo aquí, y la idea de perder su lugar seguro debe de resultarle inconcebible.
—No te preocupes, Till, no vas a quedarte sin techo. La abuela y yo estudiaremos otras opciones de alojamiento para todos los que vivís aquí, así que no vais a acabar en la calle.
Sus ojos se entornan ligeramente y aprieta los labios.
—¿Como antes, quieres decir?
Se me cae el alma a los pies. He metido la pata antes de poder sacarle más información sobre los demás inquilinos, dado que la abuela parecía reticente antes cuando hablábamos de ellos.
—No sé nada de tu vida antes de llegar aquí, porque la abuela nunca me revela la información privada de los inquilinos. —Hablo con suavidad, intentando calmarla, ya que tiene los dedos apretados en puños y parece dispuesta a golpear algo—. Siento que estuvieras en la calle. Debió de ser muy duro.
—No tienes ni idea. —Señala la habitación con un gesto—. ¿Cómo ibas a tenerla, si siempre has vivido en un sitio tan lujoso como este?
Tiene razón. Tengo mucha suerte. ¿Quién sabe qué habría sido de mí si la abuela no me hubiera acogido cuando murieron mis padres? Me habrían metido en el sistema y me habrían enviado a una familia de acogida antes de ser dado en adopción. Podría haber acabado en cualquier parte.
—Perdona, Caleb, no quería pagarlo contigo. —Niega con la cabeza—. Es que estoy en shock, nada más. Es decir, sé que no puedo vivir aquí para siempre porque la abuela Esme se está haciendo mayor, pero no me imagino una vida más allá de aquí. Este es mi lugar seguro, ¿sabes?
—Lo sei. Yo siento lo mismo, y estaba pensando en eso justo antes de que llamaras, que por mucho que me vaya, cada vez que vuelvo aquí, estoy en casa.
Ella inclina la cabeza y me estudia.
—¿Quizás son las personas las que hacen que un lugar sea un hogar, más que la casa en sí?
Uy. ¿Está insinuando que ella es mi lugar seguro? Tengo que reconducir esta conversación cuanto antes.
—¿Puedes guardar para ti lo que te he dicho por ahora, hasta que tenga ocasión de hablar más con la abuela y mandar a valorar la casa, ese tipo de cosas?
—Claro. —Hace el gesto de cerrarse los labios con una cremallera—. Tu secreto está a salvo conmigo.
Le dedico una sonrisa forzada porque Tillie me está mirando de la forma más extraña.
Como si me hubiera convertido en su enemigo.