6 Tillie
Tillie
ENTONCES
Llegamos hasta la valla del fondo cuando oímos el rugido. Es primario, visceral, cargado de agonía.
Maribel se detiene y yo choco contra su espalda.
—¿Qué haces? Tenemos que irnos —grito, con la sangre latiéndome tan fuerte en los oídos que no puedo ni oírme pensar.
—No puedo —dice ella, volviéndose para mirarme. Las lágrimas le corren por la cara y está más pálida que la pared jaspeada color crema de nuestro dormitorio—. No puedo dejar a Wayne.
—Nos dijo que corriéramos —digo, echando un vistazo por encima del hombro, casi esperando que la mano de papá surja de la nada, se cierre sobre mi hombro y me arrastre de vuelta al interior—. Está intentando salvarnos.
—Pero ¿quién va a salvarlo a él?
Maribel tiene razón. Lo sé. Pero la sola idea de volver a entrar en esa casa y enfrentarme a nuestro padre… la bilis me sube por la garganta y vomito, doblada sobre mí misma, agarrándome el estómago hasta que no queda nada.
Cuando levanto la vista, Maribel ha desaparecido.
—No… —El dolor me atenaza las cuerdas vocales al verla trotar hacia la puerta trasera.
—¡Maribel! —grito, confiando en que el uso de su nombre real —algo que raramente hago— la detenga.
No lo hace, y cuando ella entra en la casa, mi miedo se condensa en un nudo duro en las entrañas.
No sé qué hacer.
¿Vuelvo también, acepto el castigo que papá me va a dar, o me salvo yo sola?
Llevo años preparándome para este día. Además de la bolsa pequeña que he cogido del fondo de nuestro viejo armario, tengo escondida una mochila en el hueco de un árbol alcanzado por un rayo, y he ido metiendo ropa y comida en lata cada vez que he podido sacar algo a escondidas.
Nunca tenemos dinero de sobra, así que he tenido que ser lista: cogiendo cosas que no se echarán en falta si desaparecen.
Una lata de alubias con tomate aquí, unos vaqueros viejos allá.
En cuanto al dinero, llevo dieciocho meses reciclando botellas y latas; resulta que el alcoholismo de papá se ha convertido en una pequeña mina de oro para mí.
No tengo mucho, pero tengo suficiente para ser libre.
¿Y luego qué? Una chica de catorce años huyendo no durará mucho antes de caer en manos de los servicios de protección y acabar posiblemente peor que ahora.
Estoy atrapada, dividida entre el tirón de alejarme todo lo posible de este desastre y no dejar atrás a mi hermano y mi hermana.
Mi vacilación me pasa factura, porque mi padre aparece en la puerta trasera con sangre goteando de sus puños apretados.
—Vuelve aquí, pequeña zorra. —Su bramido retumba en nuestro patio trasero desolado y, por un instante esperanzador, deseo que nuestra cotilla vecina, la señora Crabb, meta las narices en nuestros asuntos y llame a la policía.
Aunque claro, ¿de qué serviría? Ya los ha llamado antes: la noche en que papá le partió el pómulo a Wayne de tal golpe que se lo astilló y tuvo que ir al hospital, donde usó el viejo truco de «me caí por las escaleras» y ellos fingieron creérselo.
O la noche en que persiguió a Maribel por el patio trasero lanzándole botellas de cerveza a la cabeza hasta que su pésima puntería finalmente dio en el blanco y ella se hizo un corte de unos trece centímetros en el cuero cabelludo que necesitó puntos.
La señora Crabb llamó a la policía las dos veces, pero cuando llegaron parecían aburridos, hacían las mismas preguntas de siempre, apuntaban vete a saber qué respuestas y no hacían nada.
En un pueblo minero como Dirtridge, la violencia doméstica es algo habitual cuando el aburrimiento se alimenta de las horas muertas en el pub.
Nadie es inmune, y los vecinos son reacios a meterse por miedo a las represalias.
Me gusta pensar que la señora Crabb nos protege.
De vez en cuando nos deja una tarta de manzana y unos hojaldres de salchicha en el escalón de la entrada cuando sabe que papá no está en casa.
Para darle las gracias, le lavo el coche con agua reciclada.
Hablamos poco. No hace falta. Ella conoce nuestra situación y yo creo conocer la suya: una anciana que aparenta cien años, cuyo marido murió hace años, y que está demasiado cansada o es demasiado tonta para marcharse de este pueblo sin futuro.
—¿Me has oído? —vocifera papá—. Vuelve adentro antes de que te retuerza ese pescuezo de pollo.
Si vuelvo, probablemente cumpla esa amenaza. Dado el silencio que viene de la casa, me pregunto por un momento si habrá matado a mis hermanos, y solo de pensarlo se me revuelven las tripas.
No hay nada que pueda hacer por mi hermano y mi hermana, ya no.
No puedo volver.
No voy a hacerlo.
Si están muertos, han sacrificado sus vidas por mí.
Tengo que empezar a vivirla.
—Que te den, monstruo —son las últimas palabras que le lanzo a mi padre antes de salir disparada hacia el agujero en la valla trasera y colarme por él sin mirar atrás.