Todo lo que enterramos 5 Caleb
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Caleb

HACE SIETE MESES

Mientras Tillie prepara una tetera, subo la desvencijada escalera hasta el segundo piso.

La casa entera necesita una reforma completa, pero la abuela dice que le gusta así.

Ese estilo descuidado con encanto, vivido, un hogar; y eso es exactamente lo que ha sido para mucha gente a lo largo de los años.

Mi abuela es generosa y gasta su herencia en los demás.

Me prodigó amor más que posesiones, y atesoro cada lección de vida que me enseñó.

La abuela rara vez se resfría, y mucho menos le pasa algo peor, así que si Tillie cree que está mal, estoy preocupado.

Al llegar a lo alto de la escalera hay un salón de planta abierta con bajos sofás de ante del color de las ciruelas maduras, una mesa de centro de fabricación local con juegos y novelas de bolsillo muy manoseadas en el estante inferior y un televisor de pantalla panorámica que es el único electrodoméstico moderno de la habitación.

Un pasillo al fondo lleva a ocho dormitorios; el mío y el de la abuela están al final, con vistas al jardín trasero, el estanque y los prados que se extienden hasta la valla del vecino más cercano, a un kilómetro de distancia.

Inhalo al entrar en el pasillo y saboreo el olor familiar del hogar: una mezcla de naranja, canela y clavo, una combinación que la abuela hierve en el fogón durante una hora para luego empapar bolas de algodón y colocarlas estratégicamente por toda la casa.

Es también el olor de la Navidad, y recuerdo la primera vez que preparó una olla cuando yo tenía diez años.

Después, nos zampamos sus mince pies caseros y bebimos batidos de chocolate.

Más tarde aquella noche me dolió el estómago, pero no me importó.

Nadie cocina como mi abuela y ella consigue que hasta los caprichos más sencillos sepan a gloria.

Llego a su puerta y llamo antes de abrirla. El hecho de que esté descansando por la tarde es una señal de alarma inequívoca de que algo no va bien. Aunque, claro, tiene ochenta y cuatro años y quizás las siestas de abuela le ayudan a llevar el día.

Está sentada en un sillón reclinable de cuero agrietado junto a la ventana, con los pies en alto y un libro en el regazo.

La cabeza le cae hacia un lado mientras ronca suavemente, y me resisto a despertarla.

Pero al dar un paso atrás, piso una tabla que cruje y ella abre los ojos de golpe.

Está alerta al instante, con los dedos clavados en los reposabrazos, y, lo más extraño, parece asustada.

—Solo soy yo, abuela.

Se relaja visiblemente y baja el reposapiés para poder levantarse.

—Qué alegría verte, mi nieto favorito.

—Soy tu único nieto —me río mientras cruzo el dormitorio y la envuelvo en un abrazo; el levísimo aroma a rosas de la crema de cara que lleva usando toda la vida me cosquillea en la nariz—. ¿Cómo estás?

Se aparta de mí.

—Nunca he estado mejor. ¿Y tú?

—Sin quejas.

Sé que no le gustará que le haga preguntas sobre su salud, pero ahora que estoy más cerca, veo lo que ve Tillie.

La abuela está pálida, lo que acentúa las sombras bajo sus ojos.

Y hay algo en su mirada… un atisbo de vulnerabilidad que nunca había visto.

Puede que no sea más que la vejez alcanzando a mi incansable abuela, pero el instinto me insiste en que es algo más.

—Pareces un poco cansada, abuela. ¿Va todo bien?

Ella me hace un gesto para que no me preocupe.

—No te preocupes tanto.

But su mirada se desliza hacia la puerta, como si esperara que alguien fuera a aparecer.

—Abuela, sé que algo pasa. Nunca descansas por la tarde y tienes cara de cansancio.

—Si así es como hablas con las chicas que te gustan, no me extraña que estés soltero —murmura, haciéndome sonreír—. Nunca le digas a una mujer que no tiene buen aspecto.

—Solo hay sitio para una mujer en mi vida, y esa eres tú.

—Anda ya —dice, con un brillo de diversión en los ojos—. Estamos casi al completo, así que ya sabes lo ocupada que está la casa.

Tengo ganas de decirle que deje de acoger inquilinos.

Que deje de ayudar a cada alma perdida. Que deje de desgastarse en el proceso.

Pero lo intenté hace unos años y no acabó bien.

La abuela es terca y durante semanas no respondió a mis mensajes ni a mis llamadas.

No tolera sugerencias sobre Ghost Gum House, por muy bien intencionadas que sean, y aprendí a guardarme mis opiniones.

Pero si está enferma, necesito asegurarme de que cuida de sí misma.

—¿Cómo son los nuevos inquilinos?

Si consigo que hable de una de sus pasiones —ayudar a los menos afortunados—, podré ir introduciendo poco a poco la pregunta que de verdad quiero hacerle: ¿estás mal porque te estás exigiendo demasiado?

—Bastante agradables.

Una respuesta evasiva, muy distinta a su reacción habitual, cuando me da un repaso pormenorizado de la historia de cada uno.

—Abuela, ¿qué pasa?

No dice «nada», como esperaba. En cambio, baja la mirada hacia sus manos entrelazadas y le tiembla el labio inferior.

Le rodeo la cintura con el brazo y la llevo hasta la cama con dosel que lleva dos generaciones en su familia, y nos sentamos.

—Puedes contármelo.

—Creo que me estoy haciendo demasiado mayor para esto —su suspiro es sincero—. Quizás ha llegado el momento de vender y mudarme a una residencia de ancianos.

Me quedo boquiabierto y ella se ríe, aliviando la tensión que sentía por si me estaba ocultando algo sobre su salud.

—Lo sé, lo sé, nunca pensaste que llegaría el día en que me fuera de aquí, pero estoy agotada, Caleb. No puedo seguir haciendo esto mucho más tiempo.

—¿Ha pasado algo?

Duda, lo que indica que sí ha pasado algo, antes de negar con la cabeza.

—No es una sola cosa. Cada persona que ha cruzado estas puertas arrastra problemas.

Huyen de algo o de alguien y yo he tenido el temple para lidiar con ello.

Pero últimamente… —se interrumpe y niega con la cabeza—.

Quién sabe, quizás me estoy ablandando con los años, pero cuando los inquilinos me cuentan lo que han vivido, me duele.

Se lleva una mano al corazón.

—Aquí dentro. Y cuando duermo, tengo pesadillas y revivo su dolor. Por mucho que lo intente, no consigo desconectar.

Consternado por lo que ha estado pasando, digo:

—¿Necesitas hablar con alguien?

—¿Un loquero? —arruga la nariz—. Ya es un poco tarde para que algún profesional a precio de oro me diga lo que ya sé —se hace círculos en la sien—. Ya sé que estoy loca.

Nos reímos y apoyo la cabeza en su hombro.

—Eres la persona más fuerte que conozco, abuela, así que si ya has tenido suficiente, es hora de vender, y haré todo lo que haga falta para ayudarte a preparar esta casa.

—Gracias —dice, aunque los dos sabemos que no será fácil.

Poner la casa en condiciones es una cosa.

Desalojar a los residentes que llevan aquí toda la vida, otra muy distinta.