Todo lo que enterramos 4 Lauren
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Lauren

ENTONCES

Avanzo a grandes zancadas por Collins Street y me detengo el tiempo justo para comprobar mi pintalabios en el escaparate de una tienda de bolsos de diseño, antes de seguir hacia mi destino.

Hoy es la primera vez.

Comer con mi novio en público.

Mi novio casado.

Llego a la trattoria italiana encajada en un callejón y entro; lo localizo al instante.

Incluso sentado, es enorme. Hombros anchos.

Un metro noventa y tres. Un rostro memorable antes que guapo.

La nariz un poco demasiado grande, unos ojos castaños enmarcados por unas pestañas que en un hombre son un desperdicio y una boca demasiado apetecible.

Él también lo sabe; se le nota en cómo echa los hombros hacia atrás, en cómo se sienta, rígido y erguido, como un hombre que lo tiene todo bajo control.

En todos los aspectos de su vida.

El sexo es fenomenal, uno de los principales motivos por los que acallo mi conciencia cada vez que quedamos.

Hasta ahora, nuestra relación ha estado confinada a habitaciones de hotel.

Tardes robadas y alguna que otra mañana de fin de semana que él puede justificar ante su mujer como reuniones de negocios.

No sé nada de ella, y no quiero saberlo.

Además, no se merece a alguien como él.

No es que yo sea tan ingenua como para creer que yo sí me lo merezco, pero últimamente ha habido momentos, cuando estamos tendidos el uno en brazos del otro en ese estado de languidez tras el sexo, en que me mira de una manera que sugiere que quiere algo más.

Más de lo que yo estoy dispuesta a darle.

No puedo pertenecer a ningún hombre. Las relaciones exigen intimidad y compartir secretos.

Algo que yo no puedo hacer.

Ahora, mientras me abro paso entre las mesas para llegar hasta él, me pregunto qué pensaría si supiera la verdad sobre mí.

Lo que he hecho en mi pasado.

Las mentiras que he contado.

La gente a la que he hecho daño.

Se le borraría esa arrogancia pagada de sí misma de la cara, eso seguro, y por un instante irracional siento la tentación de dejarle entrever a la verdadera yo, de recuperar el poder en esta retorcida relación nuestra.

Pero para eso hay tiempo de sobra.

Por ahora, lo que mi engreído amante no sabe no puede hacerle daño.

Cuando llego a la mesa, se pone de pie y alarga las manos hacia mí. —Estás preciosa, como siempre, Chéri.

Me besa en la mejilla y yo me aprieto contra él fingiendo que no detesto el estúpido «querida» en francés que añade a su saludo.

Vimos una película francesa en blanco y negro acurrucados en la cama durante nuestra primera «cita» en un hotel, y desde entonces no deja de intercalar frases en francés en nuestras conversaciones.

Debo de disimular bien mi repulsión, porque todavía no se ha cansado de mí, que es precisamente el objetivo de esta relación. Ando escasa de dinero, y a los hombres engreídos como él les encanta presumir, lo que se traduce en caros regalos que van llegando.

Regalos que pienso empeñar en cuanto lo deje.

Lo irónico es que él cree que soy rica. He pasado los últimos años cultivando meticulosamente mi guardarropa, rastreando tiendas de segunda mano de categoría en barrios pudientes para comprar ropa elegante, bolsos, zapatos y joyas.

Me asombra de qué son capaces de deshacerse las mujeres adineradas; su basura es mi tesoro.

Seré rica si mi próximo plan llega a buen puerto. Ser una estafadora es agotador, pero el posible beneficio merece la pena.

—¿Qué te parece este sitio?

Irradia orgullo, como si él mismo hubiera construido el edificio ladrillo a ladrillo.

—Es precioso. —Le sonrío en señal de agradecimiento mientras aparta mi silla, y me siento ocultando mi verdadera reacción ante su estupidez: una mueca de disgusto.

—He pedido una fuente de marisco para compartir y una botella de su mejor chianti.

Cómo no. Capullo presuntuoso.

—Suena genial.

Su sonrisa tiene algo de tímida. —Te estarás preguntando por qué te he invitado a comer aquí, ¿verdad?

Un poco, sí. Que nos vean en público es lo último que ha querido durante nuestra breve relación, así que mi curiosidad no tiene límites.

—Es un sitio discreto, así que supuse que no te vería nadie que te conozca.

Su sonrisa es amplia y pomposa. —Va más allá de eso.

Un destello de aprensión me recorre por dentro. No me gustan las sorpresas a menos que impliquen quilates.

—¿Ah, sí?

—Ajá. —Asiente y me sujeta la barbilla con los dedos para mirarme a los ojos—. Tengo grandes noticias, nena. Enormes.

Fuerzo una sonrisa, sin que me guste el brillo maníaco en sus ojos.

—¿Quieres una pista?

Niego con la cabeza y le aparto la mano de la barbilla. —Dímelo directamente.

Se recuesta en la silla y se cruza de brazos. —Voy a dejar a mi mujer.

La impresión me sacude de golpe.

Seguida de inmediato por: «Joder, espero que no lo haya hecho por mí».

—¿Puedo preguntarte por qué ahora? —Intento elegir las palabras con cuidado para no ponerlo en mi contra—. Quiero decir, me has dicho que lleváis mucho tiempo con problemas, que supongo que es el motivo por el que estás conmigo.

Suelto una risita con falsa modestia. —Y ya sabes lo mucho que disfruto pasando tiempo contigo, lo bien que nos lo pasamos. Pero una separación es algo muy serio. ¿Estás seguro?

La confusión visible en su rostro me dice que mi reacción no es la que esperaba.

—Me gustas, Lauren. Estamos bien juntos, y estoy harto de andar a escondidas todo el tiempo. —Frunce el ceño—. Es agotador, joder. ¿A ti no te cansa también?

Mierda.

Yo soy el motivo por el que va a dejar a su mujer.

Esto no es bueno.

Pero necesito calmarlo, halagar su ego, sacarme de encima esta situación que se complica por momentos.

—Tienes razón. —Estiro el brazo para cogerle la mano—. Claro que tienes razón. El subterfugio nunca es fácil. Pero…

Le llevo la mano a la boca y le paso la lengua por los espacios entre los nudillos, un gesto asqueroso que nunca he hecho antes, pero estoy desesperada.

Sus ojos, muy abiertos, están clavados en mi lengua, que es exactamente lo que busco.

Después de lamerle la base del pulgar, levanto la mirada hacia la suya y digo: —Pero esconderse también tiene su encanto, ¿no?

No sé tú, pero a mí lo de andar a escondidas me aumenta la emoción.

Me inclino hacia él y presiono mi pecho contra su brazo. —Me excita.

Su mano se cuela bajo mi falda y reprimo una sonrisa de triunfo. Los hombres son tan predecibles.

—Eres una traviesa. —Su voz es baja, apenas por encima de un gruñendo, mientras juguetea con el encaje de mis bragas—. ¿O sea que quieres mantener el statu quo de nuestra relación?

—Si eso es lo que tú quieres, cariño.

Uf. Nunca le llamo «cariño», pero necesito exagerar mi sumisión, porque sé que a él le gusta sentirse dominante.

Ja.

Está engañado, y es completamente ajeno a cómo lo estoy utilizando.

Pienso mantenerlo así.

—De acuerdo. —Me acaricia el cuello con la nariz y yo hago todos los sonidos apropiados mientras me odio por dentro.

No quiero esto. Nada de esto.

Este hombre.

Esta aventura.

Esta vida.

Pero por ahora debo hacer lo que sea necesario para garantizar mi estabilidad económica, porque sé que la frágil existencia que me he construido puede derrumbarse en cualquier momento.