3 Tillie
Tillie
ENTONCES
Le puse a mi hermano y a mi hermana los apodos de Thunder y Whisper, y ellos me llaman Spinifex, porque los mechones dispersos de mi pelo castaño rojizo les recuerdan al arbusto que salpica la tierra roja del pueblo minero del outback en Nueva Gales del Sur donde vivimos.
Con catorce años, soy lo bastante mayor para saber más de lo que la gente cree, pero lo bastante joven para salirme con la mía en muchas cosas.
Como ahora, cuando me agacho detrás de un pequeño cobertizo de hojalata y observo.
Arranco distraídamente las hojas de un atriplex raquítico mientras entono los ojos, preguntándome si el calor que asciende del suelo y crea espejismos temblorosos a lo lejos está distorsionando mi visión.
Porque juro que veo a mi padre matar a otro hombre.
La expresión de papá se distorsiona; su cara enrojece hasta ponerse morada, con los dientes apretados y al descubierto mientras sus enormes manos estrangulan al hombre. No sé quién es, el tipo que ha desatado la ira de mi padre, pero me da lástima.
Normalmente somos Thunder, Whisper y yo quienes cargamos con el peso de los arrebatos de papá.
Tenemos los moratones que lo demuestran.
Un remolino de polvo cruza mi campo de visión y parpadeo varias veces.
Cuando se disipa, mi padre se aleja a zancadas del cuerpo inerte, arrastrando las botas de trabajo al patear las piedrecillas, con los puños apretados y los músculos del cuello en tensión.
Es un gigante al que no se puede derribar.
Algunos lo han intentado a lo largo de los años, normalmente después de unas cuantas cervezas de más en el único pub del pueblo, un edificio achaparrado que es el centro social de Dirtridge.
Papá acepta a todos los que le plantan cara, pero normalmente se detiene antes de matarlos.
A diferencia de hoy.
Cuando papá desaparece de mi vista, siento la tentación de ir a ver el cuerpo, pero el sentido común me frena. ¿Y si alguien me ve y cree que yo tuve algo que ver? Ya es bastante malo ser pariente de un asesino como para que encima me tomen por una.
Tengo que encontrar a Thunder y a Whisper y contarles lo que ha pasado, porque después de las peleas de papá en el pub, vuelve a casa en uno de dos estados de ánimo: eufórico y exaltado, sirviéndonos a todos una cerveza para beber con él y contando chistes horrorosos; o hirviendo de rabia y con ganas de revancha, gritándole insultos a la mujer que lo abandonó para criar a tres inútiles alborotadores, y buscándonos con ojos de venganza.
Vuelvo a casa corriendo, lanzándome por la calle Mayor como si una serpiente me persiguiera. Nuestra casa —más bien una chabola— es idéntica a las demás apiñadas al final de la calle, como una ocurrencia de última hora pegada una vez que el pueblo minero cobró vida.
Las chabolas de chapa corrugada, desgastadas por la intemperie, son pequeñas, más adecuadas para un minero soltero que para una familia, y la nuestra está especialmente deteriorada, con la pintura descascarada alrededor de los marcos de las ventanas y el tejado oxidado.
La tierra ocre que compone nuestro jardín delantero está llena de huellas de bicicleta, lo que significa que mi hermano y mi hermana están en casa.
Van a todas partes en bici —tampoco es que haya mucho adónde ir, sin ningún otro pueblo en ciento sesenta kilómetros a la redonda de Dirtridge—, pero yo prefiero ir andando.
Es más fácil escabullirse si veo algo que no debería.
No los llamo por su nombre por si papá ha llegado antes que yo. En cambio, me cuelo por la puerta trasera y suelto el aire que retenía al comprobar que no está. Papá seguramente habrá ido al pub a ahogar su culpa o a celebrar su triunfo, según cómo esté.
Aliviada de que no esté, me dirijo al salón, donde Thunder está despatarrado en nuestro sofá raído, con los ojos cerrados, tocando una batería imaginaria al ritmo de la música que retumba en sus auriculares.
Whisper está acurrucada en un sillón desgastado, hundida en él porque los muelles hace tiempo que cedieron, leyendo una novela de terror. No entiendo por qué lee ese género, teniendo en cuenta que nuestras vidas son una larga y continua historia de terror.
—Hola —digo, y Whisper apenas me dirige una mirada, mientras Thunder sigue golpeando platillos imaginarios con baquetas inexistentes.
Con dieisiete años, Thunder es todo extremidades largas y acné.
Se pone rebelde cuando papá está cerca, porque odia que papá le llame Wayne, como si fuera un nombre de pardillo.
Thunder se parece mucho a papá, con su voz fuerte y su genio rápido, pero hay una diferencia.
Thunder nunca levantarúa la mano contra Whisper ni contra mí, al contrario que papá.
Whisper tiene quince años, adora su nombre, Maribel —yo creo que es estúpido—, y es lo contrario de mí en todos los sentidos.
Yo tengo los ojos azules, el pelo rojo y estoy delgadísima, mientras que ella tiene el pelo castaño de mamá, del color del chocolate con leche, ojos avellana y curvas a pesar de su edad.
Veo cómo papá la mira con los ojos entornados y eso me aterra.
Por eso nunca me separo de su lado cuando él está en casa.
Thunder debe de percibir lo mismo, porque para ser un tío que preferiría pasarse el rato con sus amigos bebiendo cerveza junto a la poza, siempre está en casa cuando papá llega tambaleándose del pub.
Tiro del auricular que le cubre la oreja y lo suelto, lo que provoca un ceño fruncido mientras se incorpora y grita:
—¿Qué coño?
—Tengo que contaros algo —tomo aire—. Es grave.
Eso capta su atención. Wayne se quita los auriculares y Maribel se incorpora, con los ojos como platos mientras me mira fijamente.
—¿Qué ha pasado? —pregunta ella, recorriéndome con la mirada como si buscara moratones.
Como si yo fuera a salir a la calle con ellos a la vista. Detesto la lástima, sobre todo la de los perdedores de este pueblo sin futuro.
—He visto a papá matar a alguien.
Maribel palidece, con la boca abierta formando una O perfecta, mientras los puños de Wayne se cierran con fuerza.
—¿Te estás inventando gilipolleces otra vez, Till? —frunce el ceño hasta que el acné de su frente se junta como un dibujo de unir puntos—. Porque como sea así…
Es una amenaza vacía. Mi hermano es mi protector y nunca me pondría la mano encima. No se parece en nada a papá.
—Déjala hablar —susurra Maribel, haciendo honor a su apodo.
—Lo estranguló con sus propias manos. Un tipo al que no reconocí. —Me llevo una mano al corazón—. Lo juro.
—Joder —murmura Wayne, sacudiendo la cabeza—. Está empeorando.
—Sí. —Me encojo de hombros, como si no hubiera mucho que pudiéramos hacer al respecto, pero sé que esta vez es diferente.
Si nuestro padre puede matar a un cualquiera y alejarse sin mirar atrás, ¿de qué más sería capaz con nosotros?
—Su violencia va en aumento. —La mirada frenética de Maribel va de uno a otro—. ¿Qué vamos a hacer?
Antes de que yo pueda decir «qué coño sé yo», Wayne se pone de pie.
—Si nos quedamos aquí y lo detienen, acabaremos en Protección de Menores, metidos en el sistema de acogida y separados. —Cruza los brazos—. No voy a dejar que eso pase.
La sola idea de perder a mis hermanos me revuelve el estómago y trago saliva. —¿Tenemos suficiente ahorrado para irnos ya?
La preocupación nubla los ojos de mi hermano mientras intercambia una mirada con Maribel. —No, pero creo que se nos ha acabado el tiempo.
Maribel asiente. —Estoy de acuerdo. Deberíamos irnos ahora.
El miedo me hace temblar, pero saco la barbilla, desafiante. —De acuerdo. Cojamos nuestras bolsas y escabullámonos antes de que vuelva.
—Es un plan —dice Wayne, pero mientras Maribel y yo corremos a nuestra habitación y levantamos el tablón de madera roto en la parte trasera de nuestro armario donde hemos escondido nuestras bolsas preparadas para una huida rápida, oímos el rugido del ute de papá, cuyo motor diésel necesita urgentemente una puesta a punto.
Maribel emite un sonido ahogado y yo digo —Date prisa —mientras sacamos las bolsas de un tirón y corremos por el pasillo hacia la puerta trasera.
Wayne no nos está esperando cuando llegamos patinando a la cocina, y al oír el silbido desafinado de papá mientras se acerca a la puerta principal, el pánico me atenaza.
Incapaz de dejar a mi hermano atrás, grito: —¡Thunder! —y entonces es cuando veo a Wayne, de pie en el pasillo, sin su bolsa, de espaldas a la puerta principal.
—Id —dice—. Os ganaré todo el tiempo que pueda.
—No… —Los sollozos de Maribel son silenciosos y se me encoge el pecho ante la idea de nuestro hermano sacrificándose por nosotras.
—Wayne, ven con nosotras. Por favor. —Mi súplica no surte efecto mientras él niega con la cabeza, y al oír la llave en la cerradura, nos quedamos paralizadas.
—Id. —Su siseo es bajo y urgente, y entonces mi hermano nada expresivo hace algo tan impactante que nunca lo olvidaré.
Nos manda un beso.
Maribel ahoga un grito, y mientras la puerta principal se abre de par en par y Wayne se da la vuelta para encarar a papá, sé lo que tengo que hacer.
Debo asegurarme de que el sacrificio de Wayne valga la pena, y eso significa salvar a Maribel.
Y salvarme a mí misma.