2 Caleb
Caleb
HACE SIETE MESES
No recuerdo la primera vez que tuve uno de mis «episodios», como los llama la abuela Esme.
¿Tendría ocho años? ¿Diez? ¿Doce? Ella dijo que se fueron haciendo menos frecuentes cuando llegué a la adolescencia. Me alegra. Porque no recuerdo lo que pasa durante ellos y ella no me lo quiere contar.
Ahora, a mis treinta y tantos años, sé que ha pasado mucho tiempo, pero volver a Ghost Gum House siempre consigue resucitar los recuerdos del niño angustiado e inseguro que fui en otro tiempo.
Aparco el coche bajo uno de los ghost gums que dan nombre a la casa y estoy a mitad del camino que lleva a la puerta principal cuando esta se abre de golpe y aparece Tillie, con su corte de pelo pixie pelirrojo erizado en todas direcciones, los ojos azules chispeantes y una sonrisa amplia y acogedora.
—¡Caleb! —grita, como si no me hubiera visto en años —cuando solo han pasado unas pocas semanas— y echa a correr hacia mí, toda piernas largas y brazos en alto.
Me preparo cuando llega a mi lado y se me lanza encima, con el tiempo justo de alzar los brazos para recibirla. Su abrazo es tan efusivo como siempre, y por un instante aplasto el destello de pesar por no poder enamorarme de ella.
Tener una mujer que me reciba así todo el tiempo, que me quiera con tanto descaro, sería maravilloso. Pero Tillie no es la mujer para mí, tal como le dije el mes pasado cuando pasamos una noche juntos, borrachos.
Por mi parte había sido un error, una equivocación enorme, porque siempre he sabido que ella siente algo más que amistad por mí.
Pero me pilló en un momento de vulnerabilidad, cuando busqué consuelo en tres cuartos de una botella de ron después de estropear un trato importante en el trabajo, y me perdí en ella.
La mañana siguiente había sido la peor de mi vida cuando me miró con los ojos llenos de ilusión, como si por fin hubiera hecho realidad todos sus sueños. Decepcionarla con tacto fue un trago amargo y, como era de esperar, dejó de dirigirme la palabra.
No sé qué le dijo la abuela Esme, pero estoy seguro de que mi abuela tuvo algo que ver en que Tillie dejara atrás su enfado y volviera a tratarme con normalidad.
Desde entonces hemos vuelto a ser amigos, pero son momentos como este, cuando ella se demora entre mis brazos después de un abrazo de amigos, cuando desearía poder ser el hombre que ella necesita.
—Hola, Till. —Me suelto de su abrazo y finjo no ver su decepción—. ¿Cómo has estado?
—Mejor ahora que estás aquí. —Pasa su mano por el hueco de mi codo—. He preparado tu favorito. Pavlova de mango.
—Gran te dijo que venía.
Es una afirmación, no una pregunta, porque, por supuesto, mi abuela le habría dicho a Tillie lo de mi visita inminente. Odiaría que su inquilina más antigua se viera pillada por sorpresa. Gran tiene ese don. Trata a todos por igual, incluidos los que no son familia de sangre.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con la abuela Esme?
Entorno los ojos, pensativo.
—¿La semana pasada? Le mandé un mensaje hace dos días diciéndole que venía. ¿Por qué? ¿Pasa algo?
Tillie vacila, y un mal presentimiento me roza la nuca.
Conozco a la abuela Esme y, si algo va mal con su salud, no se lo dirá a nadie hasta que sea demasiado tarde.
A pesar de que le he confiado toda mi vida, ella siempre ha sido estoica, una persona reservada que acoge a desconocidos en su casa y los deja quedarse, pero guarda sus propios asuntos para sí.
De pequeño escuché el rumor de que Ghost Gum House no debía su nombre a los árboles que la rodean, sino a los fantasmas que la habitan.
Me encantaba escuchar eso, porque siendo un niño de cinco años sumido en el duelo, esperaba que los fantasmas de mis padres, recientemente fallecidos, rondaran la casa donde vivía con mi abuela tras su muerte.
Por desgracia, nunca volví a ver a mis padres después de que murieran en una excursión por los Grampians; sus fantasmas se quedaron en las montañas junto con sus cuerpos, que jamás fueron recuperados.
El ceño de Tillie se frunce.
—La abuela Esme no me quiere decir qué pasa, pero creo que puede que esté enferma.
El corazón se me encoge.
—¿Qué te hace decir eso?
—Se cansa con facilidad. Se echa una cabezadita por la tarde. Se acuesta temprano. —La expresión de Tillie, lúgubre, contrasta con su habitual optimismo efervescente—. Estoy preocupada por ella.
—Me aseguraré de llegar al fondo del asunto —digo, agradecido de que Gran tenga a Tillie velando por ella—. Gracias por avisarme, Till.
—Yo te cubro las espaldas. —Me da una palmada en la espalda, un poco fuerte, un gesto que me hace dudar de si todo su resentimiento hacia mí está completamente zanjado—. ¿Qué tal la vida en la gran ciudad?
—Frenética, como siempre.
Cada vez que Tillie me pregunta por mi vida en Melbourne, me limito a dar respuestas breves.
Como alguien atrapada en Amberfield, un pequeño pueblo rural a medio camino entre Ballarat y Bendigo, sé que no le hace ninguna gracia escuchar hablar del cosmopolita Melbourne, a pesar de preguntar.
Cometí ese error una vez y acabé teniendo que defender mi vida en la ciudad, esquivando sus pullitas pasivo-agresivas.
Además, sé que solo pregunta por cortesía. En las ocasiones en que vuelvo a Amberfield —cada vez más esporádicas últimamente—, Tillie prefiere rememorar los viejos tiempos, aunque solo habla de lo que ocurrió después de que empezara a vivir aquí y nunca menciona el pasado.
A pesar de mis sutiles tanteos, no sé nada de la vida de Tillie antes de que llegará al pueblo y acabara alojándose con Gran.
Y si Gran sabe más que yo, no lo dice. Es muy buena guardando secretos.
Es lo que la convierte en la persona perfecta para llevar una casa de huéspedes informal para quienes lo necesitan.
Desde que murieron mis padres, siempre ha estado acogiendo inquilinos. De niño creí que era porque éramos pobres, pero no era así. Fui a un internado de gran prestigio y tuve lo mejor de todo. Cuando se lo pregunté una vez, Gran dijo que es buen karma devolver algo a quienes tienen menos fortuna.
Al principio, la gente de paso que entraba y salía me daba miedo; se quedaban una semana, un mes, un año, y luego se marchaban.
Pero, a medida que fui creciendo, me gustó que nuestra extraña y vieja casa tuviera algo de vida.
Porque, a pesar de que los fantasmas de mis padres nunca hicieron acto de presencia, juro que Ghost Gum House está encantada.
Gran se ríe cuando lo digo y achaca los crujidos del suelo y los portazos al asentamiento natural de una casa añosa y a las frecuentes ráfagas de viento.
Probablemente tenga razón y, en mis visitas actuales, duermo como un tronco, así que atribuyo mi sospecha de los fantasmas a la imaginación desbordante que tenía de niño.
—¿Siguen aquí los mismos de mi última visita? —le pregunto a Tillie, sintiéndome mal por no haberme puesto en contacto con Gran con más frecuencia.
Normalmente, Gran me pone al corriente de sus inquilinos de turno con toda clase de anécdotas, pero ahora que lo pienso, nuestra última conversación telefónica había sido breve porque tenía que salir corriendo a atender su repostería.
Si está enferma, como Tillie sospecha, quizá Gran no había querido alargar nuestra conversación por miedo a revelar demasiado sobre su salud.
Ese pensamiento me entristece.
—Sí, los mismos inquilinos siguen aquí. —Tillie asiente—.
Owen es la mano derecha de la abuela Esme, así que dudo que ella lo deje marcharse nunca.
Y Evelyn y Gianna son parte del mobiliario, como ya sabes.
También tenemos unos cuantos recién llegados en este momento, pero probablemente no se queden mucho tiempo.
Me río, aunque no me gusta que Owen se haga indispensable para Gran hasta el punto de que Tillie lo llame la mano derecha de mi abuela.
Siempre desconfío de los inquilinos que se acercan demasiado a Gran y se ganan un hueco en su vida, porque las personas mayores —especialmente las que pueden estar enfermas— son un blanco perfecto para los estafadores.
—Será agradable volver a ver a todo el mundo —digo con un tono despreocupado, aunque tengo la firme intención de hacerlo.
Porque, si alguien está intentando aprovecharse de mi abuela, tendrá que vérselas conmigo.