Todo lo que el agua calla 38
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Tenía la bolsa hecha y el coche en la puerta y Madrid esperándola, y en lugar de irse, Nadia subió al pantano a buscar a Bruno.

Lo encontró donde sabía que estaría, en el alto, mirando el agua subir sobre La Vega, fuera de servicio, sin el uniforme, con las manos en los bolsillos.

Llevaban dos semanas sin hablar de lo único que importaba.

Habían hablado del caso, de Marcos, de Salcedo, de los Vidal, de todo lo de fuera.

De lo de dentro, no. Y ya no quedaba nada de fuera de lo que hablar.

—Me voy mañana —dijo Nadia, parándose a su lado—. A Madrid. Hay una reunión con la plataforma, lo de la serie. Y mi vida está allí. El programa, el piso, todo.

—Lo sé. —Bruno no apartó la vista del agua—. Lo sé desde el primer día. Tú no eres de quedarse, Nadia. Tú eres de irte. Lo hiciste a los dieciocho y se te da de maravilla.

No lo dijo con rencor. Lo dijo como una constatación, y por eso dolía más.

—Eso no es justo —dijo ella.

—No, no lo es. —Se volvió por fin hacia ella—.

Pero es verdad, y tú y yo ya estamos un poco mayores para no decirnos las verdades.

—Respiró—. ¿Sabes la diferencia entre tú y yo, Nadia?

Ya te la dije. Tú te fuiste de aquí para no saber.

Y yo me quedé para saber. Te montaste una vida entera, brillante, lejísimos, dedicada a desenterrar las verdades de otros pueblos, de otras familias, de otros muertos.

Yo me quedé. Me hice guardia. Aquí. Donde estaba la verdad que de verdad nos tocaba, la nuestra, la del niño.

Y la esperé veinticinco años hasta que volviste tú a destaparla.

—Negó con la cabeza—. Te has pasado doce años metiéndote en el dolor de desconocidos, resolviendo sus tragedias, llorando sus muertos en un micrófono.

¿Y sabes por qué? Yo creo que para no tener que estar nunca quieta el tiempo suficiente como para vivir la tuya.

El dolor de otros es comodísimo. Te ocupa entera y no te cuesta nada, porque no es el tuyo.

Y cuando lo resuelves, te vas, y a por el siguiente.

—La miró—. Yo no quiero ser un caso tuyo, Nadia.

No quiero ser el pueblo al que volviste un verano, resolviste lo que había que resolver, y dejaste otra vez por el retrovisor cuando salió el siguiente reportaje. No me lo merezco, y tú tampoco.

Nadia se quedó callada, mirando el agua, con la garganta cerrada, porque era verdad.

Todo era verdad. Lo había hecho tan bien que lo había llamado vocación.

Y ahora, por primera vez en doce años, no tenía un caso detrás del que esconderse, ni un pitido en el oído que la empujara hacia la siguiente verdad enterrada, ni una promesa que cumplir.

Tenía el oído en silencio, la historia cerrada, y delante, sin nada que la tapara, su propia vida esperándola.

Y le daba un miedo atroz. Más miedo que la casona de los Vidal.

Porque era más fácil subir a un coche con un asesino que quedarse quieta a vivir.

—Tengo miedo —dijo, en voz baja, y era la cosa más verdadera que había dicho en todo el verano—. De quedarme. No de ti. De estar quieta. De no tener un muerto detrás del que esconderme. Llevo huyendo desde los dieciocho, Bruno, y se me ha olvidado cómo se hace lo otro.

—Lo otro se hace quedándote —dijo Bruno—. Es lo único que tiene. No hay truco.

—Mi vida está en Madrid.

—Pues que esté. —Se encogió de hombros—.

No te estoy pidiendo que dejes tu vida, Nadia, ni que te metas a vivir en este pueblo a hacerme la cena.

No quiero una mártir. El programa es tuyo, tu voz es tuya, eres buena y el mundo te necesita contando verdades, y yo sería un imbécil si te pidiera que renunciaras a eso.

—La miró—. Lo único que te pido es que dejes de huir.

Que esto, lo nuestro, lo tuyo, no sea un sitio del que te vas, sino un sitio al que vuelves.

Tan sencillo y tan difícil como eso. Vete a Madrid mañana.

Haz tu serie. Cuenta tus verdades. Y vuelve.

No porque haya un muerto. Porque hay un vivo.

Yo. Esperándote aquí, donde llevo toda la vida, donde voy a seguir.

—Sonrió, torcido—. Soy de los que se quedan, ya lo sabes. Es lo que mejor se me da.

Y Nadia, mirando a aquel hombre que se había puesto entre ella y una bala y que ahora le ofrecía la cosa más difícil del mundo —quedarse en su propia vida—, eligió, por una vez con los ojos abiertos y no por inercia, dejar de huir.

—No se me va a dar bien —dijo—. Lo de volver. Voy a hacerlo fatal al principio. Voy a desaparecer tres semanas detrás de un reportaje y vas a tener que recordarme que existo.

—Ya lo sé —dijo Bruno—. Llevo conociéndote desde los quince. Sé perfectamente lo difícil que eres. —La atrajo hacia él, despacio, con cuidado por el costado herido—. Lo difícil no me asusta. Lo que me asustaba era que ni lo intentaras.

Se besaron en el alto del pantano, con el embalse llenándose despacio a sus pies sobre los tejados de La Vega. Y por primera vez desde que tenía dieciocho años, Nadia Belmonte no estaba pensando en irse de aquel sitio. Estaba pensando en cómo volver.

Al día siguiente se fue a Madrid, como tenía que irse.

Pero antes de subir al coche, en la puerta de la casa de los Belmonte, hizo una cosa que no había hecho nunca al marcharse de Castroviejo en su vida: se dio la vuelta, miró el pueblo, y en lugar de sentir el alivio de siempre, el de quien escapa, sintió otra cosa, una más nueva y más honda.

Sintió que dejaba algo allí. Que, por primera vez, tenía un sitio al que volver.

Solo le quedaba una cosa por hacer antes de cerrar de verdad aquella historia. Una despedida. La del único personaje del que aún no se había despedido, el que llevaba en el fondo de todo desde el principio, debajo del agua.

La aldea.