Todo lo que el agua calla 39
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Nadia volvió en diciembre, y eso, en sí mismo, fue lo más extraordinario que hizo en toda su vida.

No volvió por un caso. No volvió por un muerto.

No había ningún reportaje en Castroviejo, ninguna verdad enterrada, ningún micrófono que justificara el viaje.

Volvió porque había un hombre esperándola y porque se lo había prometido a sí misma, y cuando enfiló la carretera del valle y vio aparecer el pueblo entre la niebla de diciembre, esperó por costumbre el nudo de siempre, el de los malos recuerdos, y no llegó.

En su lugar había algo parecido a llegar a casa.

El embalse estaba lleno. Las lluvias del otoño y un invierno generoso lo habían devuelto a su nivel, y el agua cubría otra vez, por completo, la aldea de La Vega: la iglesia, las calles, el cementerio viejo, el camarín vacío de la Virgen. Todo abajo, otra vez, bajo metros de agua quieta y gris.

La aldea sumergida había vuelto a sumergirse. Solo que esta vez Nadia podía mirarla sin que le doliera, porque sabía lo que el agua tapaba y lo que no. Tapaba piedra. Tapaba calles vacías. No tapaba ningún secreto. El secreto estaba arriba ya, dicho, a la luz, donde no se podía volver a ahogar.

El pueblo seguía vivo, malherido pero vivo, curándose despacio como se curan los pueblos, que es a regañadientes y nunca del todo.

Había casas que no se hablaban y que a lo mejor no se hablarían ya nunca.

Pero había también, aquí y allá, pequeños deshielos.

Nadia, paseando aquella tarde con Bruno por el pueblo, los fue viendo, como quien repasa los hilos de una historia que por fin puede soltar.

Vio a Amparo Cobo subir al cementerio con un ramo de flores.

Iba sola, despacio, con la cabeza alta, y por la calle la gente la saludaba, le preguntaba, la trataba como a lo que era: una madre que había perdido a un hijo, no la loca de las contraventanas cerradas.

Le habían devuelto el luto, y con el luto la habían devuelto al mundo.

Ponía flores frescas a Tomasín cada semana.

Era una tristeza limpia ya, una tristeza que se podía vivir.

Vio a Elías Mansilla bajar del pantano y cruzar la plaza con su perra y comprar el pan, sin que nadie bajara la vista a su paso, sereno, dueño otra vez de lo único que le habían robado: que su palabra valiera.

No era amigo de nadie. Seguía siendo el del pantano.

Pero ya no era el monstruo. Era, simplemente, un hombre al que aquel pueblo le debía veinticinco años de perdón y había empezado, torpemente, a pagárselos.

Y supo, porque se lo contó Bruno aquella tarde, que don Honorio Vidal había muerto.

Tres semanas antes, en su casa, en su cama, de viejo y de roto, sin haber pisado un juzgado, atendido solo por una enfermera de pago porque ni su mujer entraba ya en su cuarto.

La ley no llegó a tiempo, como Salcedo había predicho.

Se murió en su cama, como tantos poderosos.

Pero se murió sabiendo. Sabiendo lo que hizo, sabiendo que todos lo sabían, sabiendo que su apellido, el que enterró a un niño por proteger, había quedado para siempre, en el valle y en el país, atado a aquella historia.

Murió teniendo, por fin, lo único que se había pasado la vida evitando: el saber.

Y a su entierro, dijo Bruno, no fue casi nadie.

El santo de Castroviejo, el hombre más querido de la comarca, se fue a la tumba más solo que Elías.

Esa fue su condena. La de verdad. La que no dictó ningún juez.

Reme y Marcos seguían en la casa de los Belmonte, aprendiendo, a los sesenta y a los cuarenta, a ser madre e hijo sin una losa entre los dos. Marcos había empezado a sonreír otra vez. Poco. Pero había empezado.

Al atardecer, Nadia subió sola al alto del pantano, a despedirse. Bruno la dejó ir; entendía que aquello tenía que hacerlo ella sola.

Se quedó de pie en el alto, en el frío de diciembre, mirando el agua que cubría La Vega, la aldea donde había nacido y de la que había huido y a la que había vuelto a desenterrarlo todo.

Y le habló, en voz baja, como se habla a los muertos y a los sitios.

Le dio las gracias. Por haberle devuelto al niño aquel verano de sequía y haberle obligado, con ello, a volver.

Por haberla puesto delante de todo lo que llevaba dieciocho años huyendo.

Por haberla curado, a su manera terrible, abriéndola en canal.

La aldea sumergida le había arruinado la infancia con su silencio y le había devuelto la vida con su secreto. Estaban en paz.

Su oído seguía en silencio. Ningún pitido. Ya no quedaba nada enterrado que la llamara, ni allí ni dentro de ella.

Y sabía que volvería a su trabajo, a su micrófono, a El Fondo , porque eso era lo que sabía hacer y lo que el mundo necesitaba que hiciera.

Habría más casos. Habría más Amparos pidiéndole lo imposible, y ella volvería a bajar a buscarlos.

Pero ya no para huir de su vida. Ahora tenía una.

Ahora bajaría al fondo de las cosas y luego, al terminar, subiría a respirar, a un pueblo del valle, a una casa con un hombre dentro, a la superficie.

Esa era toda la diferencia. Y era, había aprendido, la única que importaba.

Se quedó mirando el agua hasta que oscureció.

El verano que la sequía devolvió la aldea, devolvió también al niño que todos creían ahogado.

Y el invierno que el agua volvió a llevarse la aldea, ya no se llevó a nadie con ella: Tomás se había quedado arriba, en el pueblo, con su nombre grabado en una piedra y su madre poniéndole flores.

Abajo, muy abajo, bajo metros de agua quieta, dormían las calles y la iglesia, vacías por fin, sin nada que esconder.

Y la verdad, la que tanto había costado, se había quedado fuera, a la luz, donde ningún silencio, ninguna losa y ninguna agua del mundo podrían volver a hundirla.