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En octubre, por fin, llovió.
Llovió sobre Castroviejo después de dos años de sequía, una lluvia mansa y constante de varios días que la tierra cuarteada se bebió entera, y luego otra, y otra, y el embalse de Castroviejo empezó, muy despacio, a recuperar el agua que había perdido.
El lecho seco volvió a humedecerse. Los muros pelados de La Vega, la iglesia, el cementerio viejo, empezaron a hundirse otra vez bajo una lámina de agua que subía cada semana un poco más.
Nadia bajó una tarde a verlo, sola, con el chubasquero calado y las botas en el barro, hasta donde el agua nueva lamía ya los primeros muros.
El pantano se llenaba. La aldea volvía al fondo.
Solo que esta vez no se llevaba ningún secreto con ella: el niño ya estaba arriba, en su tumba, con su nombre, y la verdad ya estaba dicha.
Esta vez el agua tapaba unas ruinas vacías.
Y de pie en aquella orilla que crecía, mirando desaparecer despacio la iglesia donde había muerto Tomás, Nadia hizo las cuentas del verano, las de verdad, las que no salían en ningún episodio.
La justicia fue más lenta y más sucia que el agua.
Lo había sabido siempre, pero verlo de cerca le dolió igual.
Rafael Vidal estaba imputado y a la espera de juicio, en libertad bajo fianza.
El expolio del panteón y de la iglesia de La Vega estaba probado, negro sobre blanco, gracias a la grabación de Bonilla; eso no se lo quitaba nadie, y por eso caería.
Pero lo demás, lo gordo, era más resbaladizo.
La muerte de Bonilla, la de Heredia, firmadas como infarto y suicidio por el propio don Honorio, exigían exhumaciones, informes, peritos, y aunque Salcedo las había pedido todas y peleaba como una leona desde la capital, probar que los Vidal habían ordenado aquellas muertes, sin un testigo vivo, era una cuesta muy empinada.
La máquina, al caer, se había llevado por delante a sus propias bocas.
Hasta muerta seguía protegiéndolos un poco.
Y lo del niño, lo de hacía veinticinco años, era lo más amargo de todo.
El que mató a Tomás, Heredia, estaba muerto.
Muchos de los delitos de aquel verano habían prescrito.
Y don Honorio Vidal, el cerebro de todo, el que enterró al niño, fabricó la mentira, sedó a Amparo, eligió a Elías y firmó certificados falsos durante un cuarto de siglo, se enfrentaba sobre el papel a la falsedad documental, al encubrimiento, a un puñado de cargos que sus abogados de la capital iban desmenuzando uno a uno, alegando prescripción, alegando su edad, alegando su estado.
Tenía setenta y ocho años y una salud que se desmoronaba a ojos vista.
Lo más probable, le había dicho Salcedo sin rodeos, era que don Honorio Vidal se muriera de viejo en su cama antes de pisar un juzgado.
Que la ley, al final, le diera mucho menos de lo que merecía.
—¿Y para esto ha servido todo? —le había preguntado Nadia, amarga, aquella tarde en el cuartel—. ¿Para que un viejo se muera tranquilo en su cama sin que lo juzgue nadie?
Salcedo la miró un rato. Era una mujer dura, veinte años en homicidios, que no regalaba consuelos.
—La ley no es lo único que juzga, Belmonte —dijo—.
Yo llevo media vida viendo a gente salir de los juzgados absuelta y vivir condenada, y a gente entrar en la cárcel y salir limpia.
—Señaló con la barbilla hacia la parte alta, hacia la casona—.
Mira a tu santo. La ley a lo mejor no llega a tiempo.
Pero ¿tú sabes cómo vive ahora don Honorio Vidal?
No sale de casa. Las pocas veces que asoma, la gente que le besaba la mano cambia de acera para no cruzarse con él.
Sus nietos se han cambiado el apellido en la capital.
Su mujer no le habla. Y todas las noches, antes de dormir, ese hombre sabe que el valle entero, el que lo adoró durante años, sabe ahora exactamente lo que hizo.
Lo sabe España entera. Lo sabrán sus bisnietos.
Lo enterró todo para que su apellido siguiera siendo sagrado, y tú le has dejado el apellido para siempre clavado al lado de la palabra «niño» .
—Negó con la cabeza—. No es la justicia que merecía.
Pero no me digas que no ha servido de nada.
Le has quitado lo único que ese hombre quería de verdad, que era no saber, y que no supieran. Y eso no hay fianza que lo pague.
Tenía razón. La justicia de los juzgados sería parcial, lenta, decepcionante, comprada a medias.
Pero la otra justicia, la que Nadia había traído, la de la verdad sabida, esa era total y no se podía recurrir.
El dinero de los Vidal seguía ahí; el apellido, no.
Lo habían cambiado por la verdad. Y ese cambio era para siempre.
El precio, sin embargo, no lo pagaron solo los culpables.
Esa era la otra cara, la que a Nadia le costaba más mirar, y allí, en la orilla, se obligó a mirarla.
El pueblo había quedado partido, y no se recompuso del todo.
Había casas que no volverían a hablarse.
Había gente que, en el fondo, nunca le perdonaría haberle quitado a su santo, porque hay personas que prefieren una mentira que las abrigue a una verdad que las deje a la intemperie, y tenían derecho a preferirlo, y la miraban por la calle con un reproche callado que Nadia aprendió a sostener sin bajar la cabeza.
Había sacado la verdad de debajo del agua, sí.
Pero la verdad, al salir, había mojado a inocentes y a culpables por igual, y eso no se secaba con una sentencia.
Eso era el precio. Y lo pagaba, en parte, ella.
Vera Solís, cómo no, había caído de pie.
En cuanto la verdad estalló, borró su episodio de cierre, el de la mentira reconfigurada, como si nunca lo hubiera publicado, y a la semana siguiente sacó uno nuevo, indignadísimo, sobre la corrupción de las élites rurales y el coraje del periodismo independiente, sin mencionar que doce horas antes había publicado justo lo contrario.
Y lo más raro de todo fue lo que Nadia sintió al verlo: nada.
Ni rabia ni ganas de desmentirla. Había dejado de medirse con Vera sin darse cuenta de cuándo, y esa indiferencia era, quizá, la victoria más callada del verano: ya no necesitaba demostrarle al mundo, ni demostrarse a sí misma, que ella no era Vera.
Sencillamente no lo era, y le bastaba con saberlo.
Porque el episodio de El Fondo , el de las tres voces sonando en una iglesia, había sido lo más escuchado de la historia del programa, y lo más premiado, y lo que convirtió a Nadia Belmonte de una podcaster de nicho en una voz nacional.
Le llovieron las ofertas. Cadenas, productoras, una plataforma que quería una serie.
Pero por primera vez en doce años, Nadia no sintió el tirón de la siguiente historia, el hambre del siguiente caso, la necesidad de meterse en el dolor ajeno para tener algo que contar.
Sentía otra cosa. Sentía el silencio de su oído, limpio, sin pitidos.
Sentía las ganas, nuevas y extrañas, de parar.
Y, sobre todo, sentía la mano de Bruno Carranza, que llevaba todo el verano buscándole la suya, y a la que ella, ocupada en desenterrar muertos, no le había contestado todavía la única pregunta que de verdad le quedaba por contestar.
La lluvia caía sobre el agua. El embalse subía sobre La Vega, y la iglesia donde había empezado todo desaparecía ya, palmo a palmo, bajo la lámina gris.
Nadia se quedó mirándola hundirse hasta que se le empapó el pelo, libre por fin de promesas, de muertos y de máquinas, y supo que se había quedado en aquel pueblo dos semanas más de la cuenta no por el caso, que ya estaba cerrado, sino por un hombre con una cicatriz en el costado al que tenía que decirle, de una vez, si se quedaba o se iba.