26
Lo primero que pensó Nadia, viendo a Rafael Vidal en el umbral, fue que no se parecía en nada a su padre.
Don Honorio era calor, era cercanía, era una mano en el hombro.
Rafael era frío. Cincuenta años, alto como el viejo pero seco, con una cara afeitada y correcta y unos ojos pálidos que no transmitían absolutamente nada, ni hostilidad ni sorpresa ni miedo, una mirada lisa como el agua quieta del pantano antes de la sequía.
Un hombre que había pasado veinticinco años siendo intocable, y al que la impunidad, en vez de tranquilizarlo, lo había ido vaciando por dentro hasta dejar esto: un hombre correcto y hueco que miraba el mundo desde detrás de un cristal.
—La hija de la Reme —dijo, sin entonación—. Mi padre dijo que volverías. Pasa.
Y a Nadia se le erizó la nuca, porque la invitación no era de don Honorio, no era una trampa con encanto. Era la tranquilidad de un hombre al que no le preocupa en absoluto dejarte entrar en su casa. Era peor.
Pero ya estaba allí, y dentro del bolsillo de la chaqueta el teléfono grababa, tenía dos días para arrancarle la verdad a alguien, y el alguien estaba delante. Entró.
La sentó en el mismo despacho oscuro donde la había recibido el viejo, pero el ambiente era otro. Rafael no ofreció café. Se sentó enfrente, cruzó las piernas, y esperó, mirándola con aquella mirada de agua, dejándola hablar a ella, que era justo lo contrario de lo que hacía su padre.
—He venido a hablar de Tomás Cobo —dijo Nadia.
—Lo suponía.
—Tengo a Saturnino Bonilla grabado. —Lo soltó directo, para ver si lo movía—.
Antes de morirse «del corazón». Lo tengo diciendo que tú le vendiste, tres noches del invierno del dos mil, la plata de La Vega y el oro del panteón de tu familia, con barro de pantano todavía en los engarces.
Lo tengo, Rafael. A salvo. En cinco sitios.
Aunque me pase algo esta noche en esta casa, eso saldrá igual.
Algo pasó por la cara de Rafael. No miedo. Una especie de fastidio, el fastidio de quien ve una mosca que va a tener que apartar.
—El pobre Saturnino. —Negó despacio con la cabeza—.
Setenta y nueve años. Le falló el corazón.
Una pena. —La miró—. Si tienes una grabación de un perista con dos juicios por receptación diciendo no sé qué de hace veinticinco años, enhorabuena.
Tienes la palabra de un delincuente muerto.
Yo tengo apellido, no tengo antecedentes, y tengo a media provincia que firmaría que soy incapaz de matar una mosca.
¿Tú a quién crees que va a creer un juez?
Era la misma lógica de su padre, pero dicha sin un gramo de calor. Y Nadia comprendió que con Rafael no servía la voz, no servía abrir en canal, no servía la empatía, porque no había nada dentro que abrir. Con el padre se podía jugar al cariño y la culpa. Con el hijo no.
Así que cambió de arma. Tiró la única carta que él no esperaba.
—Marcos está vivo —dijo.
Y por fin, por primerísima vez, vio una grieta en el agua. Rafael no movió un músculo de la cara, pero algo en los ojos pálidos se contrajo, una pupila que se ajusta a una luz nueva.
—Mi hermano no se ahogó en la presa de Cervera —siguió Nadia, despacio, mirándolo—.
Montó el decorado y se fue andando. Está vivo, está fuera del valle, a salvo, en un sitio donde tu gente no puede llegar, con un abogado, y con todo lo que sabe puesto por escrito por si le pasa algo.
El testigo que vio a tu padre bajar de su Mercedes aquella noche.
El que entró en la iglesia detrás del niño y te encontró a ti con las manos llenas de tierra. Está vivo, Rafael. Y respira. Y habla.
El silencio en el despacho se volvió denso.
Rafael descruzó las piernas, despacio, y se inclinó un poco hacia delante, y por primera vez la miró de otra manera, ya no como a una mosca, sino como a un problema serio, real, de los que hay que resolver.
Y cuando habló, lo hizo más bajo, y en su voz lisa apareció por debajo una corriente que Nadia reconoció, porque era la misma que le había salido al viejo al final: la roca del fondo.
—¿Sabes cuál es tu problema, Nadia Belmonte?
—dijo—. Que eres lista a medias. Has averiguado muchas cosas.
La plata. El expolio. Que mi padre bajó esa noche.
Que tu hermano me vio. Has hecho un trabajo notable, de verdad.
—Sonrió, sin que los ojos sonrieran—. Y con todo eso has montado una película preciosa en la cabeza.
El niño me pilla robando, yo lo mato, mi padre me tapa.
Limpia. Redonda. La cuentas en tu radio y todos contentos.
—Se inclinó más—. El problema es que es mentira.
Te falta la mitad de la noche. Y la mitad que te falta es la que importa.
A Nadia se le aceleró el corazón. El acúfeno, que llevaba callado desde la mañana, le rozó el oído. Te falta la mitad de la noche.
—Cuéntamela tú, entonces —dijo, conteniendo el temblor—. La mitad que falta.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque llevas veinticinco años siendo el único culpable de algo, cargando tú con todo el peso, escondiéndote detrás de tu padre.
—Nadia usó lo último que le quedaba, el instinto, el palo de ciego que a veces da en el clavo—.
Y un hombre no se vacía así, Rafael, no se queda hueco como tú, por algo que hizo él. Tú no tienes cara de asesino.
Y dio en el clavo.
Lo vio en la cara de Rafael, en cómo se le tensó un músculo de la mandíbula, en cómo apartó por primera vez la mirada de agua hacia la ventana oscura, hacia el jardín.
Y durante unos segundos, en aquel despacho, Nadia tuvo delante no al hombre hueco de cincuenta años, sino al chaval de veinticinco arrodillado en el barro llamando a su padre, y vio que debajo de la roca había, después de todo, algo.
No remordimiento. Algo peor. Cansancio. El cansancio infinito de un cuarto de siglo callando una cosa.
—Yo robaba, sí —dijo Rafael, en voz muy baja, hacia la ventana, sin mirarla, igual que Reme le hablaba a la olla, igual que todos en aquel pueblo decían sus verdades de espaldas—.
La plata, el oro de las tumbas. Estaba sin un duro, tenía deudas de juego en la capital que no te imaginas, y abajo, en aquel pueblo muerto que el agua acababa de devolver, había una fortuna esperando a que alguien la cogiera.
Pero yo solo no podía. De noche, en el barro, sacando losas, cargando peso, vendiéndolo…
solo no podía. Necesitaba a alguien. A alguien que conociera el terreno, que vigilara, que tuviera estómago, y sobre todo que pudiera tapar las cosas si salían mal.
Alguien con autoridad. Y lo tuve. Bajábamos los dos.
Y la noche que el crío nos pilló, yo no estaba solo en esa iglesia, Nadia.
Éramos dos hombres. Y al niño no lo maté yo.
A Nadia se le heló la sangre.
—¿Quién? —susurró—. ¿Quién estaba contigo?
Rafael abrió la boca. Y en ese instante, la puerta del despacho se abrió a su espalda sin que llamaran, despacio, con la naturalidad del que entra en su propia casa, y una voz cálida, suave, de abuelo bueno, llenó la habitación y cortó la frase de Rafael por la mitad como un cuchillo:
—Rafael. Hijo. ¿Con quién hablas a estas horas?
Don Honorio.
El viejo entró en el despacho con su bata y sus setenta y ocho años y su sonrisa triste, y al ver a Nadia sentada frente a su hijo no se sorprendió lo más mínimo; al contrario, la sonrisa se le hizo más amplia, más cariñosa, más terrible.
—Nadia. Otra vez en mi casa. —Cerró la puerta del despacho a su espalda, y Nadia oyó, pequeño y definitivo, el clic de la llave girando en la cerradura—.
Y de noche. Y sin que nadie sepa que estás aquí, me apuesto algo, porque has venido sola, como vienes siempre, creyéndote que el sitio te pertenece.
—Avanzó despacio hacia el centro del despacho, y se colocó al lado de su hijo, los dos Vidal de pie frente a ella, el calor y el frío, el santo y el hueco—.
Mi hijo estaba a punto de contarte algo, ¿verdad?
Lo he oído desde el pasillo. —Le puso a Rafael una mano en el hombro, paternal, pesada, la mano de apretar hombros, y aunque la voz seguía siendo de terciopelo, los ojos que clavó en Nadia eran de hielo del fondo—.
Qué lástima, hija. Casi lo consigues. Casi te llevas la mitad que te falta.
—Suspiró—. Pero esa mitad lleva veinticinco años bien guardada.
Y no va a salir de esta habitación esta noche.
—Inclinó un poco la cabeza, con una cortesía espantosa—.
Ni tú tampoco, me temo, hasta que tú y yo aclaremos qué hacemos contigo.