25
Nadia montó el episodio del tirón, sin pegar ojo, encerrada en su cuarto de niña con los cascos puestos y la rabia por combustible.
Lo tenía todo. La grabación de Bonilla nombrando a Rafael, a salvo en cinco sitios, ahora más valiosa que nunca porque el hombre estaba muerto y los muertos no se desdicen.
La fotocopia del libro de fábrica. El testimonio de su hermano.
El expolio, la donación, la placa de bronce, el Mercedes blanco bajando de noche.
Lo describió como sabía describirlo, con su voz de terciopelo, con sus silencios calculados, con la estructura que enganchaba y no soltaba.
Un episodio de El Fondo que iba a caer sobre la provincia como una bomba: el santo de Castroviejo no encubrió un crimen.
El santo de Castroviejo, con sus propias manos, ayudó a su hijo a matar y a enterrar a un niño de ocho años. Tres millones de oídos. Imborrable.
Se sentó delante del micrófono a grabar la voz, eufórica, con el dedo en el botón de REC, con la sensación de tener por fin al monstruo cogido por el cuello.
Y entonces empezó. Grabó la primera parte sin problema: el pueblo, el agua, el niño, el hallazgo.
Pero al llegar a la acusación, al corazón del episodio, a la frase por la que existía todo lo demás, abrió la boca para decir aquella noche, padre e hijo bajaron juntos a la iglesia y entre los dos acabaron con la vida de Tomás Cobo, y el oído derecho se le llenó de golpe del pitido.
Agudo. Insistente. El acúfeno. El de cuando mentía.
El de cuando se acercaba demasiado a algo verdadero.
Y por primera vez en su vida, Nadia no supo cuál de las dos cosas le estaba gritando, porque las dos parecían imposibles: ella no estaba mintiendo, ella creía aquello a pies juntillas.
Paró la grabación. Repitió la toma. El pitido volvió, más fuerte, justo en la palabra juntos.
La repitió otra vez. Otra vez el pitido, clavado en la palabra padre.
Su propio cuerpo, el instrumento que llevaba doce años afinando, su detector, el que no fallaba, le estaba diciendo que algo en esa frase no era verdad.
Se quitó los cascos. Le temblaban las manos. Y se obligó a hacer lo que mejor sabía hacer y lo que más miedo le daba en ese momento: mirar su propia historia por debajo, como si fuera la de otro. Buscar la pieza que no encajaba.
La encontró enseguida, y se le heló la sangre, porque estaba en el testimonio de su propio hermano, en sus propias notas, delante de ella desde el principio.
Vi llegar un coche al alto. Un Mercedes blanco. Y vi bajar de él a un hombre.
Llegar. Bajar. Marcos, subiendo la cuesta, había visto el Mercedes de don Honorio llegar al alto y al médico bajar de él hacia la iglesia.
Es decir: cuando Marcos ya subía, cuando el niño ya estaba dentro con Rafael, don Honorio todavía estaba aparcando arriba.
Acababa de llegar. No estaba en la iglesia cuando Tomás entró.
No estaba cuando pasó lo que pasó entre el niño y Rafael.
Llegó después. Bajó después. Don Honorio no había bajado a matar.
Había bajado a algo que ya había ocurrido.
Nadia se quedó mirando la pared del cuarto, con el episodio entero a medio grabar en la pantalla, y sintió cómo la certeza limpia y redonda que había construido en el monte se le agrietaba por el centro.
Su historia decía padre e hijo mataron juntos.
Su propia cronología decía el padre llegó cuando el hijo ya estaba solo con el niño.
No cuadraba. Don Honorio podía ser mil cosas —el que encubrió, el que dirigió el entierro, el que montó la mentira, el que sedó al pueblo veinticinco años—, pero la frase por la que existía su episodio, con sus propias manos ayudó a matar, esa frase, su cuerpo lo sabía antes que su cabeza, era falsa.
Y Bruno se lo había dicho. Asegúrate de que no te falta ninguna pieza. Estar allí no es matar. Una certeza tuya no es una prueba.
Llamó a Bruno. Le contó lo del pitido, lo de la cronología, lo del Mercedes llegando. Hubo un silencio al otro lado, y luego la voz de él, suave, sin un asomo de te lo dije:
—Entonces ya lo ves tú sola —dijo Bruno—.
Don Honorio llegó después. Es lo que yo intuía y no sabía decir.
El médico es el que tapó. El que mató es el otro.
Es Rafael. Siempre fue Rafael. Tú te habías ido a por el padre porque el padre es el premio gordo, el santo, el titular.
Pero el titular no es el asesino, Nadia.
El asesino es el hijo. Y de cómo lo hizo, de qué pasó de verdad en esa iglesia, no sabes nada.
Solo sabes lo que Bonilla te contó de oídas y lo que tu hermano vio de reojo.
La verdad de esa habitación solo la tienen dos personas.
Una está muerta, debajo de una losa. Y la otra es Rafael Vidal.
Nadia cerró los ojos. El pitido se había callado. Bruno tenía razón, y el silencio en su oído se lo confirmaba.
Y ahí, en su cuarto de niña, con el episodio a medio grabar, Nadia Belmonte se encontró de frente con la peor versión de sí misma, la que llevaba doce años fingiendo que no existía.
Porque una parte de ella, fuerte, rabiosa, le decía: publícalo igual.
Quita la palabra juntos, quita lo del padre matando, déjalo en algo más vago, en los Vidal acabaron con el niño, y emite.
¿Qué más da el detalle? Don Honorio enterró a un niño y arruinó a tu familia y mató a Bonilla y sedó a Amparo veinticinco años.
Es culpable. Es un monstruo. Que caiga. La gente no necesita la verdad exacta; necesita la historia que aguanta. Y esta aguanta.
La verdad aproximada de un monstruo real era suficiente para hundirlo, y Nadia tenía el botón, y el dedo encima, y a un hombre muerto por su culpa pesándole en el pecho que pedía justicia a gritos.
Era Vera. Era exactamente Vera Solís.
No eres mejor que yo, Nadia. Eres yo con mala concienci a.
La voz de Vera en la calle de las Eras volvió a sonarle dentro, y por primera vez Nadia entendió que la frase no había sido un insulto.
Había sido una profecía. Aquel era el momento.
El momento en que se decidía si tenía razón Vera o no.
Si la única diferencia entre las dos era de verdad la diferencia, o solo era el pitido de un oído que ella podía aprender a ignorar.
Apartó el dedo del botón. Borró la toma. Borró el episodio entero.
No porque don Honorio no lo mereciera. Lo merecía.
Sino porque si lo emitía con una mentira dentro, por pequeña que fuera, por buena que fuera la causa, dejaba de ser ella.
Y porque —y esto fue lo que la decidió, lo que la salvó— una mentira dentro del episodio era exactamente lo que los Vidal necesitaban.
Bruno lo había clavado la noche del frontón: si se le escapaba un detalle, uno solo, le daban la vuelta y la convertían en la loca que inventó un monstruo para salvar al asesino de su familia.
Si decía don Honorio mató y don Honorio no había matado, le bastaba al viejo con probar que esa noche estaba aparcando, llegando, no matando, para tumbar el episodio entero, y con él la grabación de Bonilla, y con todo, y salir indemne él y su hijo, y enterrar a Marcos para siempre.
La verdad aproximada no hundía a los Vidal. Los salvaba. Solo la verdad exacta los hundía.
Necesitaba la verdad exacta. La de la habitación. La que solo tenían un muerto y Rafael Vidal.
Y la necesitaba ya, porque el tiempo se acababa.
Esa misma tarde le llegaron dos avisos a la vez, como dos manecillas cerrándose.
El primero, de Quique: Vera Solís anunciaba para el día siguiente el episodio final de su serie sobre el caso, el cierre, el que sellaba para la historia la versión limpia —el hermano asesino que se suicidó, caso resuelto, descansen todos—.
Si eso salía, la mentira quedaba grabada en la cabeza de millones de personas con un lazo encima, y desenterrar después la verdad sería imposible.
El segundo aviso, de Bruno: la teniente Salcedo recogía.
Con el principal sospechoso «muerto», el caso se cerraba solo; Salcedo volvía a la capital en dos días.
La única investigadora honrada del asunto se iba, y con ella la última posibilidad de que alguien oficial mirara hacia la casa grande.
Dos días. Quizá uno. Para conseguir la verdad exacta de lo que pasó en aquella iglesia. Y solo la tenía una persona viva.
Nadia se levantó. Se lavó la cara. Se miró en el espejo moteado de su cuarto de niña, la misma cara con dieciocho años más, y tomó la decisión más peligrosa de su vida, la que Bruno le iba a suplicar que no tomara, la que ningún profesional con dos dedos de frente tomaría: no iba a ir a por Rafael, todavía no, porque a Rafael no lo conocía, no tenía por dónde cogerlo.
Iba a ir a por el único que sí sabía toda la verdad y al que sí sabía cómo abrir.
Iba a ir a por el eslabón débil. Iba a ir a por el padre.
Iba a sentarse delante de don Honorio Vidal, sola, con la grabación de Bonilla en el bolsillo y la noticia de que Marcos estaba vivo en la recámara, y le iba a arrancar al santo, con su propia arma, con la voz, con la única cosa que un hombre que ha elegido durante veinticinco años no saber no puede soportar que le digan a la cara, la verdad entera de lo que su hijo hizo aquella noche.
Cogió las llaves. Eran las ocho de la tarde. Subió calle arriba, hacia la parte alta del pueblo, hacia la casona de piedra con escudo en la puerta y la placa descolorida de CONSULTA. DR. H. VIDAL, con el corazón golpeándole y el oído, por una vez, en un silencio absoluto y terrible.
Llamó al timbre.
Y esta vez, cuando se abrió la puerta, no estaba don Honorio detrás.
Estaba Rafael.