Todo lo que el agua calla 22
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—Por la pista no llegamos antes que ellos —dijo Bruno, parando el todoterreno detrás de unas carrascas, fuera de la vista—.

Pero ellos van por la pista, que da toda la vuelta al monte.

La vereda de las cabras corta recto por el barranco.

A pie. Si subimos corriendo, llegamos al chozo diez minutos antes que esos faros.

—La miró en la oscuridad—. ¿Puedes correr monte arriba a oscuras?

—Puedo.

—Pues vamos.

Dejaron el coche y echaron a subir por la vereda, una línea de tierra apenas marcada entre las jaras, en plena noche, sin linternas para no delatarse, guiándose por la mancha más clara del cielo sobre la cresta.

Bruno iba delante, abriendo paso, y Nadia detrás, jadeando, con las piernas ardiendo y las jaras arañándole los brazos.

Y mientras subía, una parte fría de su cabeza tomaba nota de cada cosa: de que Bruno conocía aquella vereda de memoria, de que la subía por ella, de que un hombre que la estuviera entregando a los lobos no rompería el cuerpo trepando un barranco a oscuras para llegar antes.

Cada paso de Bruno monte arriba era una respuesta a la espina.

Para cuando coronaron la cresta, sin aliento, la espina ya casi no estaba.

El chozo del abuelo apareció en una vaguada, una construcción baja de piedra seca con el techo de losas medio hundido, negra contra el monte.

No había luz. No había humo. Nadia sintió un vuelco de miedo —y si me he equivocado, y si no está — y entonces, de la oscuridad de la entrada, salió una voz baja, ronca, temblando:

—¿Nadia?

Y Marcos salió del chozo, y Nadia corrió y lo abrazó, y por primera vez en dieciocho años, por primera vez desde que eran críos, los dos hermanos Belmonte se abrazaron de verdad, fuerte, en mitad de un monte a oscuras, ella llorando contra el pecho de él que olía a sudor y a miedo y a dos días sin lavarse, y él agarrándola con sus brazos grandes y temblando entero.

—Estás vivo —dijo Nadia—. Cabrón. Estás vivo. Te creía en el fondo de la presa, mamá te llora muerto, y tú…

—Tenía que desaparecer del todo. —Marcos hablaba deprisa, atropellado, con los ojos saltándole por todas partes—.

Era la única forma. Bonilla me asustó, Nadia.

Me di cuenta de que en cuanto fui a verlo, ya estaba muerto.

Que iban a venir a por mí. Y pensé: si me buscan vivo, me encuentran.

Pero si me creen muerto… Dejé la furgoneta en la presa de Cervera y volví campo a través, de noche, por el monte, para que nadie me viera.

Llevo aquí desde ayer. Bajo de noche a la fuente.

Vigilo el pueblo desde la cresta. —Miró a Bruno, alarmado—. ¿Y este qué hace aquí?

—Está conmigo —dijo Nadia—. Confía en él.

Marcos miró a Bruno un segundo, decidió fiarse de su hermana, y la agarró de los brazos, urgente.

—Escúchame, que no hay tiempo. Tengo que contarte una cosa.

La que no te conté la otra noche. La que no le he contado a nadie nunca, ni a mamá, porque es la peor de todas y porque es la que me ha tenido callado veinticinco años más que ninguna otra.

—Le clavó los ojos—. Lo del hueco de memoria, lo de que no recuerdo salir de la iglesia.

Es verdad. Pero hay una cosa que sí recuerdo, y que enterré porque era imposible, porque no se podía ni pensar.

—Subí la cuesta corriendo, pero a media cuesta ya no podía, me faltaba el aire, me paré, vomité, me quedé un rato doblado sin poder con mi alma.

Tardé. No sé cuánto, pero tardé. Y cuando ya llegaba arriba, casi al pueblo, me volví.

Una vez. A mirar atrás, hacia el pantano.

Y vi llegar un coche al alto, al otro lado, por la pista.

Un Mercedes blanco. Y vi bajar de él a un hombre, a oscuras, deprisa, hacia abajo, hacia la iglesia donde yo había dejado a Rafael con las manos llenas de tierra y donde el niño no aparecía.

—La voz se le rompió—. Era don Honorio, Nadia.

El padre. Aquella noche, a la hora a la que mataron a Tomás, don Honorio bajó a esa iglesia.

No vino al día siguiente a taparlo. Estuvo allí. Esa noche. Con su hijo. Yo lo vi.

Nadia se quedó sin respiración.

Y en su cabeza, en un segundo, todas las piezas que llevaba semanas moviendo giraron y encajaron con un chasquido perfecto, terrible, definitivo.

Don Honorio no era el médico bueno que veinticinco años después tapó por amor el crimen de un hijo descarriado.

Don Honorio había estado allí. Aquella noche.

En la iglesia. El santo del pueblo, el hombre que trajo al mundo a Tomás Cobo, había bajado en su Mercedes blanco a la aldea hundida, en la oscuridad, y entre padre e hijo habían silenciado a un niño de ocho años que vio demasiado, y lo habían atado, y lo habían metido bajo una losa, y habían subido a dormir.

No era un encubrimiento. Era el crimen. Padre e hijo. Juntos. A sangre fría.

Ya lo tengo, pensó Nadia, con un escalofrío que era espanto y triunfo a la vez. Ya lo tengo entero. No era solo Rafael. Era el médico. El asesino de verdad es don Honorio Vidal.

No sabía aún —no podía saber— que a aquella certeza que acababa de encajarle tan limpia, tan redonda, le faltaba una pieza. Que había vuelto a hacer lo que mejor sabía: coger lo que veía y montar con ello la historia que mejor encajaba. Pero eso sería después.

—Bruno —dijo, girándose, con la voz acelerada—. Esto lo cambia todo. Don Honorio estuvo en la…

—Calla. —Bruno no la miraba a ella. Miraba ladera abajo, hacia la noche, muy quieto, con esa quietud de animal que ha oído algo—. Apagad. Todo. El móvil. —Se volvió hacia Marcos—. Tu teléfono. ¿Lo has tenido encendido?

—Solo para contestarle a ella —dijo Marcos, palideciendo—. Hace media hora.

—Media hora. —Bruno cerró los ojos un segundo—.

Joder. Lo han rastreado. Y no por el conducto oficial, que yo lo habría visto venir: han tirado de algo más rápido y más sucio.

La respuesta que le mandaste a Nadia le ha dado tu posición.

—Señaló abajo—. Esos son los faros. Han dejado el coche y suben a pie. Mira.

Nadia miró. Y los vio. Tres luces pequeñas, linternas, subiendo por la ladera del otro lado, por la pista, ordenadas, separándose en abanico, peinando el monte.

Subían hacia el chozo. Y en el silencio de la noche les llegó, lejano, un sonido que a Nadia le heló la sangre: el ladrido entrecortado de un perro de rastro tirando de una correa.

—Nos buscan con perro —dijo Bruno, ya en movimiento, empujándolos hacia la vereda por la que habían subido—. Marcos, tira el móvil aquí, déjalo encendido bajo una piedra, que sigan al teléfono mientras nosotros bajamos por el otro lado. Vamos. En silencio. Pisad donde yo pise.

Marcos metió el teléfono debajo de una losa del chozo y los tres se descolgaron por la vereda de las cabras, barranco abajo, en la oscuridad, deprisa, pegados al suelo.

Detrás, arriba, las linternas convergían sobre el chozo; oyeron una voz dar una orden, el perro ladrar más fuerte al llegar al teléfono escondido, la confusión de los hombres al encontrar la majada vacía. Habían ganado dos minutos. Quizá tres.

No fueron suficientes.

A mitad del barranco, en un claro de jaras donde la vereda cruzaba un rellano descubierto, una de las linternas de arriba barrió la ladera en un arco amplio, al azar, y los pilló a los tres en mitad del claro, sin cobertura, tres siluetas negras recortadas un segundo contra la tierra clara.

—¡Ahí! ¡Abajo, en el claro! —gritó una voz arriba—. ¡Quietos! ¡Guardia Civil!

—Corred —dijo Bruno entre dientes, empujando a los hermanos hacia las jaras del otro lado—. Hacia el coche. Corred y no miréis atrás.

Nadia agarró a Marcos de la mano y corrió, monte abajo, ciega, con las jaras azotándole la cara, con el corazón reventándole, con la voz de arriba gritando otra vez ¡quietos!

y las linternas saltando enloquecidas por la ladera detrás de ellos.

Corrió tirando de su hermano, con dieciocho años de no tocarlo apretados en una mano sudada, hacia la mancha oscura de las carrascas donde esperaba el todoterreno, casi, casi, ya casi.

Y entonces, a su espalda, rasgando la noche del monte, sonó el disparo.