21
Encontrar a un hombre que no quiere ser encontrado es difícil. Encontrar a tu propio hermano debería ser fácil, porque a tu hermano lo llevas dentro. Esa era la única ventaja que Nadia tenía sobre los Vidal, y se agarró a ella.
Volvió de Cervera de noche y no fue a dormir.
Se sentó en su cuarto de niña con un papel y se puso a pensar como Marcos.
¿Adónde iría un hombre de aquí, un hombre que conocía cada barranco de este monte, que no podía usar carreteras ni gasolineras ni cajeros sin que lo cazaran, que necesitaba un techo y agua y estar cerca para vigilar?
No a Madrid. No a una ciudad. Marcos no sabía moverse fuera de su valle; fuera de su valle estaría perdido y lo sabía.
Se quedaría cerca. Arriba. En el monte que era suyo.
Y entonces lo supo, con esa certeza que solo da la sangre.
El chozo del abuelo. La majada de piedra del monte de arriba, donde el abuelo Belmonte guardaba las ovejas hacía cincuenta años, abandonada desde que murió, sin camino que llegara, solo una vereda de cabras.
De críos, Marcos y ella habían subido mil veces a aquel chozo a esconderse, a jugar, a fumar a escondidas Marcos con catorce años mientras ella vigilaba.
Era el sitio de los dos. El único sitio del mundo que conocían ellos dos y nadie más.
Si Marcos estaba vivo y escondido en algún rincón de aquel monte, esperando, vigilando, era allí.
Lo habría apostado todo. Lo estaba apostando todo.
Pero saber dónde estaba era solo la mitad. La otra mitad era llegar hasta él sin llevarle a los lobos detrás. Y ahí empezaban los problemas.
El primero era su madre. Reme creía a su hijo muerto en el fondo del pantano de Cervera.
Estaba en casa, deshecha, con dos vecinas y el médico —no don Honorio, gracias a Dios, uno de la capital— que le había dado algo para el shock.
Y Nadia, su hija, sabía que no estaba muerto, y no se lo decía.
No subía a abrazarla y a decirle mamá, está vivo, respira, lo he visto en unas llaves puestas.
Porque si se lo decía, Reme no lo aguantaría dentro, se le notaría, lo soltaría sin querer a una vecina, a Amparo, a quien fuera, y en este pueblo soltar una cosa era entregarla a los Vidal.
Así que Nadia hizo lo que había venido a destruir.
Calló. Le mintió a su madre por su bien y por el de Marcos, exactamente como Reme le había mentido al pueblo veinticinco años atrás por el bien de su hijo.
Ahora lo entiendo, mamá , pensó con un nudo en la garganta.
Ahora sé por qué callaste. El silencio, a veces, es lo único que tienes para proteger a quien quieres. Y es veneno igual.
El segundo problema era el más grande. No podía hacerlo sola. Subir de noche a un monte sin camino, llegar a Marcos, sacarlo de allí, protegerlo… para eso necesitaba a alguien con un coche, con conocimiento del terreno, con armas si hacía falta. Necesitaba a Bruno.
Y ahí estaba el abismo. Porque confiar en Bruno significaba contarle que Marcos estaba vivo y dónde creía ella que estaba.
Y si Bruno era el que había filtrado —si la espina que llevaba clavada desde la noche del cura tenía razón—, entonces contárselo a Bruno era firmar la sentencia de su hermano.
Le estaría entregando a los Vidal la única cosa que ellos no tenían: la ubicación de Marcos vivo.
Nadia se pasó una hora con el teléfono en la mano, sin marcar.
Lo de los libros lo exoneraba: fue antes del frontón.
Lo del cura quedaba en el aire. Heredia podía haber filtrado mil cosas sin necesidad de Bruno.
La balanza, fría, se inclinaba hacia que Bruno no era el traidor.
Pero «se inclinaba» no era «era seguro», y lo que ponía en la balanza era la vida de su hermano, y con la vida de su hermano no se juega a las probabilidades.
Y entonces, en mitad del cálculo, Nadia hizo una cosa que no hacía nunca: dejó de calcular.
Cerró los ojos y se acordó del banco del frontón.
De la frase. Tú te fuiste para no saber, yo me quedé para saber.
Se acordó del beso. Se acordó de cómo, en aquel minuto, el acúfeno había desaparecido, su detector de mentiras se había callado, porque por una vez no había nada falso delante.
El cuerpo lo sabía aunque la cabeza no se fiara.
Y decidió, por una vez en su vida, hacerle caso al cuerpo y no a la cabeza.
Decidió confiar. No porque estuviera segura.
Precisamente porque no lo estaba, y porque había llegado a un punto en que estar sola le iba a costar a Marcos más que arriesgarse a equivocarse con Bruno.
Lo llamó. Quedaron en el frontón, otra vez, a las dos de la madrugada.
Se lo contó todo. La furgoneta puesta como un decorado.
La cartera y el móvil que faltaban. Bonilla, la plata, la grabación a salvo en cinco sitios.
Y la conclusión: Marcos estaba vivo, escondido, y ella creía saber dónde.
Le habló mirándole la cara en la penumbra, vigilando cada músculo con todo lo que sabía de leer a la gente, jugándose en esa lectura la vida de su hermano.
Y lo que vio en la cara de Bruno Carranza no fue cálculo, ni alarma de quien recibe una información que va a vender. Fue otra cosa. Fue alivio. Un alivio puro, físico, de hombre al que le quitan un peso. Cerró los ojos un segundo y soltó el aire, y susurró:
—Está vivo. Joder. Está vivo. —Y la miró—. Gracias por contármelo, Nadia. Sé lo que te ha costado fiarte. Sé lo que te juegas. No te vas a arrepentir.
El acúfeno no le pitó. Nadia decidió, definitivamente, creerle.
—Necesito llegar a él —dijo—. Y hay un problema con el móvil.
Si Marcos lleva el teléfono encendido, lo puede localizar cualquiera con medios.
Yo, para avisarle de que voy. Pero también ellos.
Y Heredia, desde el cuartel, tiene acceso a pedir un rastreo.
Si yo le escribo, igual le enciendo una bombilla encima a mi hermano que ve todo el mundo.
Bruno pensó deprisa.
—El rastreo oficial tarda y deja rastro; si Heredia lo pide, yo me entero, te lo juro.
Eso nos da margen. —La miró—. Escríbele.
Pero no le digas dónde estás ni dónde está él.
Nada que sirva a quien lea por encima del hombro.
Dile solo lo justo para que sepa que eres tú y que vas.
Tu hermano es listo. Lo ha demostrado. Entenderá lo que no digas.
Nadia sacó el teléfono. Escribió, borró, volvió a escribir. Y al final mandó un solo mensaje al número de su hermano, sin nombres, sin sitios, una cosa que solo entendería un Belmonte:
El tercer escalón cruje. Lo sé todo. Estoy sola y de tu lado. Voy a donde nos escondíamos del abuelo. No te muevas. N.
Le dio a enviar. El mensaje se quedó un rato en «enviado» , sin entregar, y a Nadia se le hizo eterno, porque «no entregado» podía querer decir teléfono apagado, o sin cobertura en el monte, o cosas peores.
Bruno y ella esperaron en el banco del frontón, en silencio, mirando la pantalla, como si tuvieran otra vez dieciocho años, con un hermano vivo entre los dos.
A las dos y cuarenta, la pantalla cambió. Entregado. Y un minuto después, Leído. Y luego, despacio, los tres puntos suspensivos de alguien que escribe al otro lado. Aparecían, desaparecían, volvían a aparecer. Nadia dejó de respirar. Bruno le apretó la rodilla.
Llegó la respuesta. Una línea. La letra de Marcos, viva, al otro lado de la noche:
Sube sola. Ven por la vereda de las cabras, no por la pista. Y date prisa, Nadia. No soy el único que conoce el chozo del abuelo.
Nadia se quedó helada mirando la pantalla. No soy el único que conoce el chozo del abuelo.
—Vamos —dijo, levantándose de golpe—. Ya. Está vivo y está allí, pero algo le pasa, alguien anda cerca…
Subieron al todoterreno de Bruno y salieron del pueblo por la parte de arriba, con las luces apagadas hasta dejar las últimas casas, y enfilaron la pista de tierra que subía al monte, la que moría a un kilómetro del chozo, donde empezaba la vereda de cabras.
Bruno conducía deprisa, en silencio, con los faros barriendo la noche y los baches lanzándolos contra el techo.
Nadia iba agarrada al asidero, con el corazón en la boca, repitiéndose está vivo, está vivo, llego, llego.
Y entonces, al coronar una curva de la pista, los dos lo vieron a la vez, y Bruno frenó en seco y apagó las luces.
Arriba, más adelante en la oscuridad, a media ladera, subiendo por la misma pista hacia el monte, hacia el chozo, había otras luces. Dos faros. Un vehículo que ellos no eran, subiendo despacio, decidido, sin prisa, como sube quien sabe perfectamente adónde va.
Alguien más subía esa noche al chozo del abuelo.
Por un segundo, Nadia se agarró a la única explicación que no dolía: el móvil. Su propio mensaje. Acababa de encender el teléfono de Marcos para todo el que lo rastreara, ella misma, con sus manos, para salvarlo. Podía ser eso. Tenía que ser eso.
Pero debajo, fría, la espina que se había sacado del pecho hacía una hora volvió a clavársele entera, con una pregunta a la que no quería ni mirar la cara: esos faros de ahí delante, ese vehículo que subía sin dudar, derecho al único sitio que ella creía secreto.
¿Quién sabía que íbamos a subir esta noche, y adónde?
Marcos. Yo. Y el hombre que tengo al lado.