20
—Saturnino, escúcheme. —Nadia se arrodilló delante del viejo, que temblaba entre los muebles tapados—.
Lo que acaba de contarme no se lo va a volver a contar a nadie si no quiere.
Pero necesito una cosa, una sola, y luego me voy y lo dejo en paz.
Necesito que me lo repita aquí, ahora, mirando a esto.
—Sacó el móvil, abrió la grabadora, la puso sobre la mesa entre los dos—.
Sin nombres si no quiere. Solo lo que compró, de quién, y cuándo. Una vez. Para que no se pierda.
—¿Estás loca? Si eso sale…
—Si eso sale, usted está protegido, no en peligro.
—Nadia le sostuvo la mirada, y usó la voz, la de verdad, no la de cazar—.
Saturnino, llevo doce años haciendo esto.
Y le digo una cosa que sé mejor que nadie en el mundo: lo único que protege a un testigo es que su testimonio ya no esté solo en su cabeza.
Mientras lo que usted sabe viva solo dentro de usted, es usted un problema que se borra borrándolo a usted.
Pero si lo que usted sabe está grabado, mandado, copiado en cinco sitios, fuera de su casa, fuera de su mano…
entonces ya no sirve de nada hacerle daño.
Lo hecho, hecho está. La única manera de que esto lo proteja en vez de matarlo es soltarlo.
Hágame caso. Es lo contrario de lo que le dice el miedo, y por eso el miedo lleva veinticinco años matando gente en este valle.
El viejo la miró un largo rato. Y luego, despacio, con las manos temblándole sobre las rodillas, miró a la grabadora y habló.
Lo contó otra vez, entero: la plata de La Vega, el oro del panteón de los Vidal, las tres noches del invierno del dos mil al dos mil uno, el barro de fondo de pantano en los engarces, el maletero del coche, el hombre que se lo trajo.
Y al final, con la voz rota, dijo el nombre, voluntariamente, por primera vez en un cuarto de siglo:
—Me lo vendió Rafael Vidal. El hijo del médico de Castroviejo. Con sus propias manos. Que Dios me perdone por habérselo comprado.
Nadia paró la grabación. Mandó el archivo a Quique antes de levantarse del suelo, con un mensaje: Otra más.
Cinco copias. Lo mismo de antes. La respuesta llegó en segundos: Hecho.
Nadia, esto ya es una bomba. ¿Cuándo lo soltamos?
No contestó. Todavía no. Una bomba sin Marcos era una bomba que mataba a su hermano en vez de salvarlo.
Intentó llevarse a Bonilla. Le ofreció sacarlo de Cervera esa misma noche, a casa de un amigo en Madrid, a un abogado, a donde fuera.
El viejo se negó en redondo, aterrado, agarrado a su butaca y a sus muebles tapados como un náufrago a una tabla.
Aquí me quedo. Si me muevo es peor. Si me muevo saben que voy a hablar.
Nadia no pudo convencerlo. Se fue con un nudo en el estómago, sabiendo que dejaba atrás a un hombre frágil y solo, pero con su testimonio ya a salvo en cinco sitios, fuera del valle, fuera del alcance de cualquiera.
Había aprendido. El testigo podía caer. La verdad, ya no.
Pero quedaba lo otro. Lo que de verdad le quemaba.
Y esa misma noche apareció su furgoneta vacía en la presa. Bonilla había llamado a los Vidal ayer por la tarde, diciéndoles que Marcos estaba vivo y preguntando. Y la furgoneta apareció unas horas después. Entre una cosa y otra había una tarde. Y en esa tarde estaba su hermano.
En vez de volver a Castroviejo, Nadia condujo hasta la presa de Cervera.
A media tarde, el operativo seguía allí, más pequeño: una zódiac rastreando despacio, un par de guardias, la furgoneta blanca de Marcos todavía precintada en el muro, a la espera de la grúa.
Nadia aparcó lejos y se acercó andando, y un guardia joven, que no la conocía, la dejó acercarse al precinto cuando ella le dijo que era la hermana, con esa torpeza compasiva de la gente buena ante el dolor ajeno.
Y Nadia hizo lo que sabía hacer. Dejó de sentir y miró. Miró la furgoneta como si fuera el caso de otro.
La puerta del conductor, abierta de par en par. Las llaves, puestas en el contacto. El asiento, en su sitio. Y se quedó mirando aquello mucho rato, porque algo no le encajaba, y tardó en saber qué, hasta que lo supo, y cuando lo supo se le aceleró el corazón.
Estaba demasiado bien puesto.
Un hombre que conduce sesenta kilómetros para tirarse a un pantano no deja la puerta abierta de par en par y las llaves en el contacto.
Eso no lo hace la desesperación. La desesperación cierra el coche por costumbre, o lo deja con el motor en marcha, o tira las llaves al agua.
Esto no era el caos de un hombre que se rompe.
Esto era un decorado. Una puerta abierta y unas llaves a la vista son una flecha de neón que dice mira aquí, aquí pasó algo, piensa lo peor.
Estaba puesto para que lo encontraran y para que lo leyeran de una sola manera.
Y luego estaba lo que no había.
—Perdone —le dijo Nadia al guardia joven, con cuidado—. ¿Encontraron el móvil de mi hermano en la furgoneta? ¿O la cartera?
El chaval consultó una libreta, dudó, decidió que la pobre mujer tenía derecho.
—No, señora. En el vehículo no había efectos personales. Ni teléfono, ni cartera, ni documentación. Nada. —Bajó la voz—. Es… bueno, no es raro del todo, a veces la gente, antes de… se deshace de las cosas. Las tira al agua.
—Ya —dijo Nadia.
Pero no se las tiró al agua. Lo supo con una certeza fría que le subió desde los pies hasta la coronilla y le borró de golpe veinticuatro horas de duelo.
Un hombre que se va a tirar a un pantano no se lleva la cartera y el móvil al fondo.
No los necesita en el fondo. Los deja en el coche, encima del asiento, en la orilla, como una despedida.
Por un momento se obligó a pensar lo contrario —que se los hubiera metido en el bolsillo sin darse cuenta, que se hubiera ido al agua con ellos encima—, pero la furgoneta lo desmentía: un hombre que coloca la puerta y las llaves para que lo lean de una sola manera no hace nada sin pensar.
Allí todo estaba pensado. Y si todo estaba pensado, la cartera y el móvil también.
Su hermano se había llevado la cartera y el móvil consigo. Se los había llevado porque iba a necesitarlos. Porque no se metió en el agua.
Marcos había dejado la furgoneta en el muro de la presa, con la puerta abierta y las llaves puestas, para que todo el mundo —la Guardia Civil, el pueblo, España entera, los Vidal— pensara exactamente lo que habían pensado: que el asesino atormentado se había quitado la vida.
Y mientras todos miraban el agua, mientras los buceadores se sumergían y salían buscando un cuerpo que no estaba, Marcos Belmonte había cogido su cartera y su teléfono y se había ido andando por el monte, vivo, a esconderse.
Su hermano estaba vivo.
Nadia tuvo que apoyarse en el precinto para no caerse. La alegría le subió tan brutal, tan de golpe, después de un día creyéndolo muerto, que durante un segundo no pudo respirar, no pudo pensar, solo sentir aquello, está vivo, está vivo, el muy cabrón está vivo.
Su hermano había hecho lo más inteligente y lo más desesperado que se le había ocurrido a un hombre acorralado: morirse para que dejaran de buscarlo. Fingir su final para tener un principio.
Voy a arreglar yo lo que tenía que haber arreglado.
Fue a Cervera a por la prueba, Bonilla lo asustó, comprendió que los Vidal ya sabían que estaba vivo y preguntando, y entonces, en mitad del pánico, hizo lo único que podía hacer para ganar tiempo: desaparecer.
Quitarse del mundo de los vivos para que el mundo de los vivos dejara de cazarlo.
Y entonces, tan deprisa como había subido, la alegría se le heló dentro.
Porque si ella lo había deducido —ella, con dos horas y un guardia joven y unas llaves puestas—, entonces lo podían deducir otros.
Lo iban a deducir otros. Los Vidal no eran tontos.
Los Vidal sabían, por la llamada de Bonilla, que Marcos había estado vivo en Cervera preguntando por la plata.
Sabían que el hombre que podía hundirlos no se había ahogado por casualidad justo después de encontrar al perista.
Esa coincidencia, que medio España se había tragado encantada porque cerraba la historia, a los Vidal no les valía, porque ellos sabían demasiado.
Ellos sabían que Marcos había ido a por ellos.
Y un hombre que finge su muerte para escapar no descansa hasta que está muerto de verdad.
Mientras la Guardia Civil dragaba un pantano buscando un cadáver que no existía, y mientras toda España daba el caso por cerrado, había en algún lugar de aquel monte un hombre vivo, solo, sin dormir, con una cartera, un móvil y la verdad encima.
Y había otra gente buscándolo. Gente que no rastreaba el fondo del agua. Gente que sabía, como Nadia, que Marcos Belmonte estaba andando por ahí arriba, respirando.
La carrera ya no era por encontrar la prueba. La prueba la tenía, grabada, en cinco sitios. La carrera era por encontrar a su hermano vivo antes de que lo encontraran ellos.
Y los Vidal le llevaban un día de ventaja.