19
Mientras la Guardia Civil dragaba la presa de Cervera buscando el cuerpo de su hermano, Nadia volvió a Castroviejo a buscar lo contrario: la prueba de que no estaba en aquella agua.
Entró en la casa del corral con la llave que Reme guardaba en el clavo de la cocina, y esta vez no registró como una hermana.
Registró como lo que era: la mejor abridora de casas ajenas de España.
Despacio, metódica, sin sentimiento, porque el sentimiento estorba cuando buscas.
Empezó por lo evidente —los cajones, el armario, la mesa— y siguió por donde la gente cree que nadie mira: detrás de los libros, debajo del colchón, en el doble fondo de los muebles viejos.
Lo encontró en el corral, en el cobertizo de los aperos, bajo una losa suelta que su hermano había levantado y vuelto a colocar mal. Una caja de galletas de hojalata, oxidada. La abrió conteniendo el aliento.
Arriba del todo, cromos. Cromos de fútbol de los noventa, descoloridos, con las esquinas blandas de tanto manosearlos.
Y entre ellos, una foto de dos críos: Marcos con quince años y Tomás con ocho, sentados en el suelo de una cocina —la cocina de Reme—, riéndose, los cromos extendidos delante, en pleno cambio.
Marcos había guardado los cromos del niño veinticinco años.
Nadia tuvo que sentarse en el banco del cobertizo y respirar hondo para no romperse allí mismo.
Pero debajo de los cromos, debajo de la foto, había otra cosa. Y esa otra cosa le erizó la piel.
Papeles. Recientes. Fotocopias de hemeroteca impresas en el ordenador de la biblioteca del pueblo —se veía el sello del margen—.
Recortes sobre el pantano, sobre la sequía, sobre el nivel del agua bajando todo el verano.
Una hoja con la historia de La Vega, el traslado del sesenta y nueve, el tesoro de la iglesia.
Y, en una libreta pequeña, con la letra grande y torpe de Marcos, anotaciones.
Fechas. Una lista de pueblos. Y, subrayado dos veces, un nombre y una palabra:
Saturnino Bonilla — anticuario — Cervera.
Nadia se quedó mirando el nombre. Su hermano no se había vuelto loco de culpa de un día para otro.
Marcos había visto bajar el agua todo el verano, y sabía mejor que nadie lo que iba a devolver, porque era el único vivo que había visto a Rafael Vidal en aquella iglesia.
Y en vez de huir, el borracho acabado al que todos daban por perdido se había estado preparando, a su torpe manera, en la biblioteca del pueblo.
Buscando lo único que podía salvarlo: la prueba de que Rafael saqueó La Vega.
Y la había rastreado hasta un nombre. Hasta Cervera.
Voy a arreglar lo que tenía que haber arreglado.
Veinticinco años después. No era una despedida. Era un plan.
Nadia fotografió cada papel, mandó las fotos a Quique y luego, sentada en el banco, lo llamó.
—Quique. Necesito todo lo que haya sobre un Saturnino Bonilla, anticuario en Cervera o alrededores. Ya.
Quique tardó veinte minutos. Cuando llamó, tenía la voz de cuando encontraba oro.
—Saturnino Bonilla, setenta y nueve años.
Tuvo una tienda de antigüedades en Cervera hasta hace diez años; ahora cerrada, vive en las afueras.
Y atenta, Nadia, porque esto es jugoso: en los noventa y los dos mil tu hombre estuvo en dos juicios.
Los dos sobreseídos, pero los dos por lo mismo.
Receptación y tráfico de patrimonio. Arte religioso.
Tallas, plata de iglesias, objetos «de procedencia delicada», dice un recorte.
—Hizo una pausa—. Era el hombre al que llevabas lo que no podías vender a la luz. Un perista de santos.
Un perista de santos. A sesenta kilómetros de Castroviejo.
El sitio adonde llevar el oro de las tumbas de los Vidal y la plata de La Vega que no se podía blanquear como donación piadosa.
Lo que no cabía en la placa de bronce de la iglesia, lo que tenía que desaparecer de verdad —los relicarios del panteón, los anillos de los muertos, la custodia—, había que vendérselo a alguien que no preguntara.
Y el que no preguntaba, a sesenta kilómetros, era Saturnino Bonilla.
Su hermano lo había encontrado antes que ella. Y había ido a verlo. Y junto al agua donde supuestamente se había matado estaba su furgoneta.
Nadia se metió en el coche y condujo a Cervera sin decírselo a nadie. Ni a Bruno —y notó la espina al elegir no decírselo, y prefirió no mirar lo que significaba que no se fiara—. Ni a Salcedo, que seguía dragando el agua. Sola.
La casa de Saturnino Bonilla estaba a las afueras de Cervera: una casa de campo con un cobertizo lleno de muebles tapados con sábanas y un olor a barniz y a polvo de toda una vida tratando con cosas viejas.
Le abrió un anciano pequeño, de gafas gruesas y manos finas que no paraban quietas.
En cuanto vio a Nadia en la puerta, las manos se le quedaron muertas, y la cara se le puso de un color que ella conocía bien: el de quien lleva días esperando que llamen y rezando por que no llamen.
—No quiero hablar con nadie —dijo, y empezó a cerrar.
—Mi hermano estuvo aquí —dijo Nadia, y puso la mano en la puerta—. Marcos Belmonte. Un hombre grande, de cuarenta años, gris, que vino preguntando por el tesoro de La Vega.
El viejo se quedó quieto detrás de la rendija.
—Por favor. —Nadia bajó la voz, y le salió de verdad, sin oficio—. Mi hermano ha desaparecido. Lo están buscando en el fondo de un pantano. Y yo creo que no está ahí. Creo que vino aquí. Usted es la última persona que lo vio. Se lo pido por lo que más quiera. Dígame qué pasó.
Saturnino Bonilla la miró un largo rato a través del cristal de las gafas. Y luego, despacio, como quien se rinde a algo que lleva días peleando, abrió la puerta y se apartó.
Lo contó en la penumbra del cobertizo, sentado entre los muebles tapados, con las manos temblándole sobre las rodillas.
—Vino ayer —dijo—. Un hombre grande, que olía a vino, con unos ojos de no haber dormido en años.
Se sentó donde estás tú y me dijo que sabía lo que yo había comprado en el dos mil.
La plata de La Vega. El oro del panteón de los Vidal.
Que él estaba allí la noche que lo sacaron del fondo, que era casi un crío, que vio quién lo hacía.
Y que necesitaba que yo lo dijera. Que confesara que se lo había comprado a Rafael Vidal.
Para limpiar su nombre. —Bonilla negó con la cabeza, los ojos húmedos—.
Yo le dije que se fuera. Que no había comprado nada, que no sabía de qué me hablaba, que estaba loco.
Lo de siempre. Lo que llevo veinticinco años diciendo.
Y se fue. Hecho polvo. Llorando en mi puerta. Diciendo que era su última oportunidad.
—¿Y era verdad? —Nadia se inclinó—. Lo que él decía. ¿Usted le compró la plata de La Vega a Rafael Vidal?
El viejo la miró. Y en aquella mirada de hombre acabado, con dos juicios encima y un secreto que le pesaba más que todos los muebles del cobertizo, Nadia leyó la respuesta antes de que la dijera.
—El invierno del dos mil al dos mil uno —dijo Bonilla, muy bajo, como si las paredes oyeran—.
Vino tres veces. De noche. Con el maletero lleno.
Plata de iglesia, una custodia rota, relicarios de oro, anillos antiguos, monedas, cosas sacadas de tumbas, todavía con tierra de cementerio metida en los engarces.
Légamo. Barro de fondo de pantano. —Tragó—.
Le pagué una miseria comparado con lo que valía, porque él tenía prisa por soltarlo y yo miedo de tenerlo.
Una parte la fundí. Otra la fui colocando por ahí, despacio, años.
Sé que estuvo mal. Lo sé. Pero yo no maté a nadie, señorita.
Yo solo compré plata. No sabía lo del niño.
Lo del niño me enteré después, como todos, y pensé que se había ahogado, como todos.
—Se le quebró la voz—. Hasta el martes. Hasta que vino tu hermano y me contó que había un niño debajo de aquella plata.
A Nadia se le había desbocado el pulso. Tenía un testigo vivo, dispuesto por fin, después de veinticinco años, a decir que Rafael Vidal le vendió de noche, con barro de pantano en los engarces, el tesoro robado de La Vega el mismo invierno en que mataron a Tomás.
Eso no era la palabra de un fugado. Eso era un comprador, con dos juicios por lo mismo, confesando la transacción.
Eso ataba a Rafael al fondo del pantano con una cuerda que ni don Honorio podía cortar.
—Saturnino —dijo, conteniendo el temblor—. Necesito que repita esto. Delante de quien yo le diga. Es la vida de mi hermano. Es…
—No lo entiendes. —El viejo levantó las dos manos, y ahora le temblaban de verdad—.
No lo entiendes, niña. ¿Por qué te crees que tengo este miedo?
—Se inclinó hacia ella, y bajó la voz hasta un susurro—.
Cuando tu hermano se fue el martes, llorando, me asusté.
Mucho. Porque pensé: este hombre va a remover todo, va a ir contándolo, y entonces se va a saber lo que compré yo.
Me iba a caer encima a mí. —Se le saltaron las lágrimas—.
Así que hice una cosa. La que llevo veinticinco años haciendo cada vez que tengo miedo.
Cogí el teléfono. Y llamé. Al número de siempre.
Al que me dieron en el dos mil para avisar si alguna vez preguntaba alguien por aquello.
—Cerró los ojos—. Llamé a los Vidal. les dije que Marcos Belmonte había estado aquí, vivo, preguntando por la plata.
Que iba a hablar. —Abrió los ojos, llenos de horror—.
Y esa misma noche apareció su furgoneta vacía en la presa.
Yo no sabía que iban a… Dios mío. Yo solo llamé por teléfono.