18
El pantano de Cervera, a las cuatro de la madrugada, era una lámina negra y quieta bajo un cielo sin luna, y sobre el muro de la presa había focos, coches, gente moviéndose, y la furgoneta blanca de su hermano con la puerta abierta y las llaves puestas.
Nadia llegó conduciendo como una loca los sesenta kilómetros, con Bruno detrás en el coche patrulla, y aparcó de cualquier manera y echó a correr hacia el muro. Un guardia la paró.
Más allá, en el agua, dos zodiacs con focos rastreaban la superficie negra despacio, en círculos, y un equipo de buceadores se enfundaba los trajes a la luz de los faros.
Reconoció el ruido. Reconoció el olor. Reconoció todo.
Era la misma escena del año dos mil que su madre le había contado, la misma que ella había imaginado mil veces: las linternas barriendo el agua, la gente buscando en la oscuridad a alguien que el agua se había llevado.
Solo que entonces buscaban a un niño y ella estaba en cama con paperas.
Ahora buscaban a su hermano, y estaba ella delante.
—Es mi hermano —le dijo al guardia, con la voz rota—. La furgoneta es de mi hermano. Déjeme.
No la dejaron acercarse al agua. La sentaron en un coche con una manta sobre los hombros que ella no recordaba haber pedido, y desde allí, a través del parabrisas, vio trabajar a los buceadores toda la noche, sumergirse y salir, sumergirse y salir, en una coreografía lenta y horrible que ella conocía de fuera, de haberla contado, y que ahora vivía de dentro.
Cada vez que un buceador subía a la superficie y hacía un gesto, a Nadia se le paraba el corazón.
Cada vez que el gesto era negativo, volvía a latir, entre el alivio y el horror de seguir sin saber.
A las cinco y media llegó Reme. La trajo una vecina.
Bajó del coche pequeña, encogida, con una rebeca sobre el camisón, el pelo gris suelto por primera vez en la vida de Nadia, y vino directa hacia el agua sin mirar a nadie, hasta que un guardia la detuvo, y entonces se quedó allí parada, en el borde de la luz de los focos, mirando el pantano negro donde buscaban a su hijo.
Nadia se levantó, dejó caer la manta y fue hacia ella, y se pusieron las dos juntas, madre e hija, mirando el agua, sin tocarse al principio.
—Veinticinco años —dijo Reme, sin apartar la vista del agua—.
Veinticinco años esperando esta noche. —Su voz era un hilo—.
Yo sabía que iba a acabar así. Lo supe el primer verano.
Lo supe en cuanto el niño se perdió y Marcos volvió blanco.
Una madre lo sabe. Sabe cuándo se le ha roto un hijo por dentro de una manera que no se arregla.
—Mamá…
—Déjame contarte, Nadia. Ahora. Que igual no hay otro momento.
—Reme tragó—. Aquel verano, el del dos mil, los días después de que desapareciera el niño, cuando ya lo daban por ahogado y dejaron de buscar…
tu hermano se iba al pantano. Al nuestro, al de aquí al lado.
Se escapaba de casa y yo lo encontraba en la orilla, mirando el agua, quieto, durante horas.
Una noche bajé a buscarlo y estaba metido hasta la cintura.
Vestido. Andando hacia dentro, despacio, como si fuera a buscar al niño debajo.
—Se le quebró la voz—. Lo saqué a tirones.
Lo abracé en la orilla y le dije que parara, que no era culpa suya, que aquello no se arreglaba metiéndose él también en el agua.
Y tu padre y yo, sin decirnos nada, decidimos no dejarlo nunca solo cerca del pantano.
Veinticinco años, Nadia. Veinticinco años vigilando que tu hermano no se metiera en el agua.
Y la noche que viniste tú con tu micro a removerlo todo, la primera noche que no estuve atenta… —No pudo seguir.
Y Nadia, de pie junto a su madre frente al agua negra, sintió que la culpa que llevaba dentro desde la cocina de Marcos —lo empujé yo, vine yo y lo empujé— se le hacía tan grande que apenas podía respirar. El oído le pitaba sin parar.
Pero también, debajo de la culpa, agarrándose a algo, su cabeza —la cabeza que no paraba nunca, la maldita cabeza profesional que ni en el peor momento de su vida dejaba de trabajar— registró una palabra de su madre y la guardó.
No era culpa suya. Reme lo decía como una madre.
Pero Nadia, que había oído a su hermano la otra noche, que tenía la nota en el bolso, sabía algo que su madre no terminaba de saber: que Marcos no se había roto solo por la culpa.
Se había roto por el silencio. Por veinticinco años de no poder decir lo que vio.
Por fin, cuando empezó a clarear, Reme buscó la mano de su hija y se la apretó, y se quedaron las dos así, agarradas, mirando salir el sol gris sobre el agua donde buscaban a Marcos, igual que veinticinco años atrás otra madre, Amparo, había mirado salir el sol sobre otro pantano buscando a otro hijo.
Nadia lo pensó con un escalofrío: ahora ella estaba dentro del dolor de Amparo.
Ahora ella iba a saber, quizá para siempre, lo que era no tener un cuerpo, no tener un final, vivir con un agua que no devuelve.
Los buceadores no encontraron nada.
Al amanecer, con la primera luz franca, la teniente Salcedo se acercó a ellas, despeinada, con la cara gris de la noche en vela, y les habló con una suavidad que a Nadia, viniendo de aquella mujer de piedra, le dio más miedo que la dureza.
—Vamos a suspender el rastreo del agua hasta esta tarde, que vengan más medios —dijo—. El pantano es muy grande y muy hondo. Puede llevar días. —Hizo una pausa—. Lo siento. De verdad que lo siento.
—No está ahí —dijo Nadia.
Salcedo la miró con esa lástima profesional.
—Belmonte. La furgoneta está en el muro de la presa. La puerta abierta. Las llaves puestas. La nota que me enseñaste tú misma. —Bajó la voz—. Yo he visto muchas. Esto es lo que es. Tu hermano condujo hasta aquí y… Lo siento. Hay que aceptarlo.
Y para media mañana, mientras Nadia bajaba a su madre a casa deshecha, el pueblo entero lo había aceptado.
No había atestado, no había cuerpo, no había nada cerrado en ningún papel —oficialmente seguía siendo una desaparición con el rastreo en marcha—, y aun así el relato ya estaba hecho y rodando por toda España.
Fue rapidísimo. Fue limpio. Fue, comprendió Nadia con un horror frío, la pieza que le faltaba a la máquina para cerrarse sola.
Para mediodía, contado por Vera Solís en una actualización de urgencia, repetido en cada digital, asumido por todos como se asume el clima: Marcos Belmonte, atormentado por la culpa, se ha quitado la vida en un pantano.
El asesino del niño de Castroviejo se ha hecho justicia a sí mismo.
Caso cerrado. El monstruo, muerto. El niño, vengado por el destino.
Y a un muerto no se le sienta en ningún juzgado, y a un muerto no se le pregunta qué vio en ninguna iglesia, y sobre un muerto no se investiga nada más, porque ya está todo dicho.
Era perfecto. Era tan perfecto que a Nadia, parada delante de la furgoneta vacía de su hermano a media mañana, se le heló la sangre de lo perfecto que era.
Porque era exactamente lo que necesitaban los Vidal.
Y don Honorio no había tenido ni que moverse.
No había hecho falta una mano en la oscuridad, ni un empujón, ni una amenaza.
Le había bastado con la máquina que montó hace veinticinco años: el silencio, la culpa metida a un crío en el cuerpo a base de pastillas y de callar, el pueblo entrenado para creer la versión limpia.
Eso, solo, había hecho el trabajo. Marcos llevaba veinticinco años caminando hacia esta agua.
Y ellos lo sabían. Lo habían sabido siempre.
Solo tuvieron que esperar a que el agua hiciera lo que el agua hace.
El asesino de verdad iba a salir indemne porque el hombre al que habían convertido en culpable se había roto del todo.
La verdad de Tomás Cobo iba a quedar enterrada bajo dos Belmonte: el niño que no era, y el hermano que sí parecía.
Nadia se quedó mirando la furgoneta. La puerta abierta. Las llaves puestas.
Y entonces, despacio, la cabeza profesional, la que no paraba nunca, la que hasta en el fondo del pozo seguía leyendo el mundo por debajo de lo que el mundo decía, empezó a no encajar las piezas.
Sacó la nota del bolso. La releyó por centésima vez.
Voy a arreglar lo que tenía que haber arreglado hace veinticinco años. No me busquéis.
Arreglar. No «acabar». No «descansar». No «ya no puedo más». Arreglar. Un verbo de hacer algo. Un verbo de ir a un sitio y solucionar una cosa. Eso no lo escribe quien se va a meter en un agua. Eso lo escribe quien va a una parte.
Y luego la geografía. Su hermano tenía el pantano de Castroviejo a la puerta de casa, el agua donde se ahogó el niño, el agua que conocía de toda la vida, el agua a la que su madre lo había sacado a tirones de adolescente.
Si Marcos Belmonte hubiera querido de verdad meterse en el agua, tenía la suya a quinientos metros.
¿Para qué conducir sesenta kilómetros, hasta otro pantano, hasta Cervera, un sitio donde no se le había perdido nada en la vida?
A no ser que en Cervera se le hubiera perdido algo.
A no ser que en Cervera hubiera algo que ir a arreglar.
Nadia levantó la vista de la nota y miró el agua negra del pantano de Cervera, donde todos buscaban un cuerpo que ella, de pronto, con una certeza fría que le subió desde los pies, supo que no iban a encontrar.
Su hermano no había venido a Cervera a morir.
Su hermano había venido a Cervera a buscar algo.
Y a ella le tocaba averiguar qué.