17
El cuartelillo de Castroviejo era una casa cuartel de los años setenta con una bandera descolorida y un mostrador de formica, y a las dos de la madrugada olía a café recalentado y a sueño.
Nadia entró detrás del coche patrulla, antes de que cerraran la puerta, y plantó las dos manos sobre el mostrador.
—¿Con qué cargo retienen a Elías Mansilla? —dijo.
El cabo Heredia, que estaba acompañando al viejo por el pasillo hacia el fondo, se giró sin prisa. De cerca era un hombre corpulento, de bigote gris, con una calma de funcionario que lo había visto todo.
—Con ninguno, señorita. Ya se lo he dicho en su casa. El señor Mansilla colabora voluntariamente. —Sonrió, paternal—. Y usted no pinta nada aquí a estas horas. Váyase a dormir. Esto es cosa de la Guardia Civil.
—Tiene sesenta y cinco años y lo han sacado de la cama en pijama. Eso de voluntario tiene poco.
—Eso lo decide él. —Heredia hizo un gesto a otro guardia—. Acompañe a la señorita a la puerta.
—No hace falta que me acompañe nadie. —Una voz nueva, de mujer, seca, cansada, salió de un despacho lateral—. Déjala, Heredia. Que pase.
En el umbral del despacho había una mujer de unos cuarenta y cinco años, de paisano, con vaqueros y una camisa arrugada de llevar dos días puesta, el pelo recogido a tirones y unas ojeras de no dormir.
La teniente Salcedo. La que había bajado de la capital con el grupo de homicidios.
Miró a Nadia de arriba abajo, sin simpatía y sin hostilidad, con la indiferencia profesional del que clasifica.
—La hermana —dijo—. Pasa. Tú y yo tenemos que hablar igualmente.
El despacho era pequeño, con una mesa llena de carpetas y un plano del pantano clavado en la pared con chinchetas. Salcedo se sentó, le señaló una silla a Nadia y fue al grano, sin rodeos, como quien lleva cuarenta y ocho horas sin tiempo para nada.
—Te voy a ahorrar el numerito —dijo—. Sé quién eres.
Sé a qué te dedicas. Y sé lo que estás haciendo estos días por el pueblo, preguntando, grabando.
—Juntó las manos sobre la mesa—. Y te entiendo, ¿eh?
Es tu hermano. Yo en tu sitio movería cielo y tierra.
Pero te voy a decir cómo lo veo yo, que llevo veinte años en esto, para que no perdamos el tiempo las dos.
Tengo a un niño asesinado hace veinticinco años.
Tengo al último que lo vio con vida, que es tu hermano.
Tengo a un testigo, Quintín Lázaro, que dice que tu hermano bajó detrás del crío a la iglesia donde apareció el cuerpo.
Tengo una mentira de veinticinco años de tu familia sobre dónde estaba Marcos esa tarde.
Y tengo a tu hermano fugado desde anteanoche con una nota de despedida.
—Levantó las cejas—. Dime tú, con la mano en el corazón, como profesional que eres, qué pensarías si te llegara este caso a ti.
Nadia tragó. Porque era verdad. Puesto así, frío, encima de aquella mesa, era impecable. Era exactamente lo que ella habría pensado.
—Pensaría que es perfecto —dijo despacio—.
Demasiado. Pensaría: ¿quién me ha montado un caso tan redondo, tan a tiempo, tan fácil?
—Se inclinó—. Teniente, le voy a hacer una pregunta y le pido que me la conteste como profesional.
Ese caso tan limpio que tiene usted, ¿lo ha construido usted desde cero, o se lo han ido sirviendo?
El testigo que aparece justo cuando hace falta y que cobra de un programa de radio.
El cabo que esta noche, sin decírselo a usted me juego algo, saca de la cama a otro testigo, al único que vio cosas en el dos mil, y lo trae aquí para mancharlo.
—Sostuvo la mirada de Salcedo—. ¿Quién le está dando a usted las piezas, teniente?
Porque alguien se las está colocando en el orden exacto para que usted vea lo que quieren que vea.
Y usted es buena. Demasiado buena para no haberlo notado.
Salcedo no contestó enseguida. Algo se movió en sus ojos cansados, una chispa de irritación que Nadia no supo si era hacia ella o hacia otra cosa.
—Lo de traer a Mansilla esta noche no lo he ordenado yo —dijo al fin, en voz más baja, casi para sí.
Y luego, recomponiéndose—: Pero eso no significa nada.
Heredia conoce el pueblo, yo no. Si él cree que hay que mirar al hombre que encontró el cuerpo, tiene su lógica.
Es raro que lo encontrara precisamente él.
—Es raro que lo encontrara precisamente él —repitió Nadia, despacio—.
¿Sabe quién dijo esa misma frase, con esas mismas palabras, hace veinticinco años, para echarle a Elías Mansilla encima la desaparición de un niño que él no tocó?
—Se le había acelerado el pulso—. Teniente, ¿usted ha mirado el expediente del año dos mil?
El de la desaparición. ¿Quién lo instruyó?
¿Quién tomó declaración a la madre, a Amparo Cobo, cuando ella fue a decir que su hijo había visto a un hombre en la iglesia, y lo archivó como delirio de una madre histérica?
¿Quién decidió en aquel cuartel que aquello era un ahogamiento y no había nada que investigar?
Salcedo la miró un momento. Luego, despacio, alargó la mano hacia una de las carpetas de la mesa, una vieja, con la goma reseca, la abrió y pasó hojas amarillas hasta la primera.
Leyó en silencio. Y Nadia vio cómo la teniente se quedaba quieta sobre una línea, y cómo levantaba muy despacio la vista de la carpeta hacia la puerta del despacho, hacia el pasillo por donde, en ese momento, el cabo Heredia acompañaba a Elías Mansilla a una sala.
—Instructor del atestado de la desaparición —leyó Salcedo en voz baja, sin entonación—. Año dos mil. Guardia primero… —Se calló.
—Heredia —terminó Nadia—. ¿Verdad?
Salcedo cerró la carpeta. No dijo que sí.
No le hizo falta. La cara se lo dijo: el mismo hombre que esta noche había ido a buscar a Elías para mancharlo era el mismo que veinticinco años atrás había instruido la desaparición, había desestimado a la madre, había firmado que aquello era un accidente y había dejado que el pueblo cargara a Elías.
El encubrimiento no era una cosa del pasado que ella venía a desenterrar.
Era una cosa viva, que seguía operando, con las mismas manos, dentro del mismo cuartel, esa misma madrugada. La continuidad tenía nombre y galones.
Por un segundo, Nadia creyó que la había convencido. Que la teniente, honrada, iba a tirar del hilo. Pero Salcedo era buena, y ser buena, allí, era justo el problema: una investigadora honrada va adonde la llevan las pruebas, y a Salcedo le habían colocado las pruebas con primor.
—Te voy a decir lo que veo, Belmonte —dijo la teniente, y volvió a ser de piedra—.
Veo a una periodista lista, muy lista, que en diez minutos me ha contado una historia preciosa de cabos corruptos y curas y tesoros para apartarme de su hermano.
Y a lo mejor tienes parte de razón, no te digo que no.
A lo mejor en este cuartel hay cosas que huelen.
Lo voy a mirar, porque es mi trabajo. —Se levantó, dando por terminada la reunión—.
Pero nada de lo que me has dicho cambia lo único que importa ahora mismo, que es dónde está tu hermano.
Lo demás, los tesoros, el médico, lo de hace veinticinco años, todo eso son ramas.
La raíz es Marcos. Y Marcos ha huido. Tráemelo tú, o lo traigo yo.
Y cuando lo tengamos delante y nos cuente qué pasó en esa iglesia, hablamos de lo demás.
—Abrió la puerta—. A Mansilla lo suelto en una hora, no tengo nada para retenerlo, esto ha sido una tontería de Heredia. Tú vete a casa.
Nadia salió al pasillo con la sensación de haber empujado un muro y haberlo movido un milímetro: lo justo para saber que había muro, no lo justo para tirarlo.
En el pasillo se cruzó con Bruno, de uniforme, que llegaba con dos cafés.
Sus ojos se encontraron un segundo. Y delante de Heredia, delante de la puerta abierta del despacho de Salcedo, Bruno no le dijo nada.
No le sostuvo la mirada. La saludó con un movimiento mínimo de cabeza, profesional, frío, de sargento a civil, y siguió de largo con sus dos cafés.
A Nadia se le clavó. Sabía por qué lo hacía —no podía mostrarse de su lado delante de Heredia, era lo prudente, lo único listo—, lo sabía con la cabeza.
Pero el cuerpo, el cuerpo que aún se acordaba del beso del frontón, no entendió de prudencias, y la espina pequeña que había decidido no mirar dos veces volvió a moverse en el sitio donde la tenía guardada.
Qué fácil le sale a este hombre estar de los dos lados a la vez.
Salió a la calle de madrugada, agotada, vencida a medias, y se quedó un momento apoyada en el coche respirando el aire fresco. Iba a esperar a Elías, a llevarlo a casa, a no dejarlo solo esa noche. Sacó el teléfono para avisar a Quique de que la prueba seguía a salvo.
Y entonces, por la puerta del cuartel, salió Salcedo a paso rápido, con el móvil pegado a la oreja y la cara cambiada, una cara que Nadia no le había visto en toda la noche, la cara de quien recibe una noticia que lo reordena todo.
La teniente le hizo una seña brusca a un agente, gritó algo hacia dentro — ¡moveos!
—, y al pasar junto a Nadia hacia los coches se paró en seco, un instante, y la miró.
Y por primera vez en toda la noche, en los ojos de la teniente Salcedo, junto a la urgencia, Nadia vio otra cosa dirigida a ella, algo parecido a la lástima.
—Han encontrado la furgoneta de tu hermano —dijo Salcedo—. La Nissan blanca. —Tragó—. En el pantano de Cervera, a sesenta kilómetros. Parada en el muro de la presa. Con la puerta abierta y las llaves puestas. —Hizo una pausa que duró un siglo—. Sin él dentro.